Barrabás: Enemigo público Nro. 1

Rafael Serrano Toro Barrabás

La mañana del viernes 7 de abril de 1967 estuvo movida para los periodistas de la crónica roja; ese día estaba pautada la audiencia de Pedro Rafael Serrano Toro, peligroso criminal conocido como Barrabás y calificado de enemigo público número 1. Se le acusaba de homicidio, robo, resistencia a la autoridad y porte ilícito de armas de guerra.

Llegó escoltado con guardia cerrada por su conocida rebeldía, luciendo en el oscuro rostro la sonrisa amarga del que odia a la humanidad. Vestía con tal corrección que, en otras circunstancias, cualquier desprevenido lo habría tomado por un obrero que iba de camino a la fábrica; pero Barrabás no estaba solo, lo acompañaban sus compinches de las últimas correrías: Rodrigo Salomón Ávila, Ángel Rosendo González y Lorenzo Capelán Lizardi, quienes como él venían a ser impuestos de la sentencia.

La sede del Tribunal Octavo Penal carecía de la dignidad que se espera de un lugar como ése; era tan sólo un viejo local con piso de granito deslucido y sucio; mal dividido con feas paredes de metal y vidrio estriado y con el mobiliario propio de  las oficinas públicas de cualquier lugar del mundo. La luz parpadeante competía en vano con los fogonazos que escupían las cámaras de los reporteros gráficos, afanados en captar algún rasgo humano en los rostros de aquellos cuatro delincuentes.

Les tocó esperar en la antesala a que comenzara el acto, Barrabás era el único que mantenía el torso erguido en la silla mientras daba nerviosas chupadas a un cigarrillo. Miró en torno suyo como el animal entrampado que en vano busca una última salida; hasta que una voz impersonal les indicó que debían entrar a la audiencia.

El magistrado fue sobrio en su exposición, la dignidad de su cargo lo alejaba del show que tenía montado la prensa y como dicta el protocolo llamó a cada uno de los acusados por su nombre completo. A Rodrigo Salomón Ávila le tocaban 12 años, 7 meses y un día, Ángel Rosendo González debía cumplir condena de 2 años y 16 días y Lorenzo Capelán Lizardi, a pesar de haber matado a un hombre en la cárcel en el tiempo que llevaba detenido fue absuelto de los cargos. Cuando tocó el turno a Pedro Rafael Serrano Toro el juez lo miró por encima de los lentes y procedió a leer su veredicto: 28 años de presidio, dos años menos de la pena máxima que se aplica en Venezuela. El reo más allá de apretar los labios no exteriorizó sentimiento alguno pues para él, aunque severo, sólo era  un castigo más de los muchos que había recibido desde niño.

Los agentes de custodia fueron sacando de la sala a cada uno de los hombres. Pedro que fue el último en salir tuvo que atravesar un bosque de reporteros que le herían las retinas con el flash de sus cámaras hasta que irritado les arrojó la colilla del cigarrillo que fumaba. Un cronista, testigo de la escena, narró para su periódico que lo que más les impresionó fue la profunda tristeza en la mirada de aquel hombre que en lo externo solo traslucía dureza y agresividad. Barrabás había sido capturado el 3 de mayo de 1961 cuando se dirigía a robar un banco y en los casi seis años que esperó la condena se dedicó a volcar en las hojas de un viejo cuaderno su tortuosa biografía. Esta crónica recoge los aspectos esenciales de esa historia, escrita hace medio siglo en la oscura soledad de una celda.

Rafael Serrano Toro Barrabás detenido

Pedro nos cuenta que nació en Caucagua el 29 de abril de 1937 en el seno del matrimonio formado por Héctor Serrano y Ángela María Toro. Nunca conoció a su padre quien abandonó el hogar estando él recién nacido; cuatro años después el puesto de papá estaba ocupado y Ángela María otra vez embarazada, el nuevo marido la convenció de emigrar a Caracas, sólo para abandonarla al poco tiempo de llegar. La impresión del niño ante la urbe fue tan grande que no dudó en aventurarse por sus calles. «Caracas era un mar inmenso y bullicioso que no conocía y que cada vez me hacía sentir más curiosidad. Esta ciudad testimoniaría más adelante mi desgracia social. A la edad de 8 años mi curiosidad se había incrementado y convertido en un desafío. Yo quería empaparme de todo, meterme en el centro y entretenerme con el movimiento de la metrópoli. Un día tomé la decisión y cuando mi mamá salió de compras me largué».

La curiosidad, natural en cualquier niño, le abrió a éste las puertas del infierno. Comenzó a frecuentar los linderos de la Hacienda San Bernardino, pródiga en árboles frutales, hasta que un día se envolvió en una reyerta con otros chicos, capturado por la policía fue llevado hasta su casa, donde atolondrado y herido como iba recibió una buena paliza de su madre.

«Días más tarde oí hablar a mi mamá de un colegio para mi hermanita y para mí, me agradó mucho la idea y al poco tiempo fui matriculado en la escuela federal José Martí. Estaba muy contento pues tenía muchas ganas de aprender y a pesar de que ingresé tarde pasé al segundo grado con excelentes calificaciones. Sin embargo la rutina del colegio comenzó a cansar mi temperamento inquieto y me dio por evadirme. En la mañana me despedía de mamá pero no iba a la escuela, escondía el morral y los útiles escolares y me lanzaba en caminatas por la ciudad que se prolongaban hasta caer la noche. Esas escapadas no pasaron desapercibidas para mi madre pues el director del plantel la citó para informarle, ella me recriminó y me amenazó con internarme si reincidía en mi conducta»

Esas amenazas no mellaron la curiosidad del niño quien siguió en las andanzas, Ángela María prematuramente envejecida trataba de sostener la familia con trabajos de costura. Pedro y su hermanita, angustiados por la desesperación que veían en el rostro de su madre, salían inocentemente a la calle a ver si encontraban a su papá.

«Tenía ya 10 años cuando vine a darme cuenta de que el dinero era factor principal en un mundo plagado de egoísmo y miseria. Con el tiempo nuestra situación económica empeoró y mi mamá me dijo que no quería deshacerse de mí pero que se veía en la obligación de internarme, me pidió que me portara bien en mi nuevo colegio y prometió que me visitaría siempre. Me invadió una infinita tristeza al pensar que debía separarme de mi madre»

En este punto del relato Barrabás recuerda que lo que motivó en Ángela María la decisión de internarlo fue el deseo de salvar su educación y alejarlo de las malas juntas. «Que equivocada estaba mi madre, lo que nunca supo fue que me había matriculado en la escuela del crimen».

«El día para internarme llegó. Cuando arribamos a la Casa de Observación para Menores Rafael Vegas mi madre tocó el timbre y una señora nos hizo pasar. Al rato llamaron a mi madre por su nombre. Cuando regresó a mi lado me dijo que allí me debía quedar y que me portara bien. Yo empecé a llorar y a gritos le pedía que no me dejara, que me llevara con ella, mi madre también empezó a llorar pero ya no había nada que hacer. Cuando mi mamá se marchó me llevaron a un cuarto donde me despojaron de la ropa y me entregaron un pijama, me asignaron una habitación donde debía pasar los 8 primeros días mientras me efectuaban exámenes médicos para al final incorporarme al grupo».

Solo un mes permaneció el niño en ese sitio, en la primera oportunidad que tuvo se fugó y regresó a casa; la madre sorprendida y enojada no dudó en devolverlo al internado. El castigo impuesto por la evasión fue una inyección de trementina que lo mantuvo postrado por varios días. Cuando Pedro cumplió once años, las autoridades del internado notificaron a la madre que debía ser trasladado a un albergue para niños de mayor edad. La pobre mujer, ignorante de las consecuencias,  accedió a firmar los papeles sin saber que enviaba  a su hijo a un reformatorio, en el que tendría que lidiar con verdaderos delincuentes.

De aquel lugar recuerda dos cosas; la brutal bienvenida de sus nuevos compañeros y que dejó de tener nombre para pasar a ser un número: el 129. Abandonado de Dios en un clima de hostilidad perenne, fraguó cuatro fugas, todas fallidas. Pedro supo que para sobrevivir debía ganarse el respeto y que para ello tenía que pelear y pelear bien; allí aceró su odio, aprendió a delinquir y se adiestró en la fabricación de filosas cuchillas que le servían para la defensa. «Mi adolescencia sucumbía irremediablemente en aquel ambiente putrefacto, elementos de pésima conducta social llegaban cada día. Traían consigo nuevas experiencias y de continuo se jactaban de haber aprendido con los mejores profesores del hampa. Esos seres de aire rebelde me causaron una gran impresión, confieso que a los pocos días sus maneras de hablar y de actuar habían calado en mí y pronto me vi pensando y actuando como ellos.»

En la tercera fuga, con trece años cumplidos, aprendió a robar bicicletas y se dedicó al asalto de quintas; su delgada estampa se hizo tan conocida en el mundo del vicio que cuando lo devolvían al internado, sus compañeros lo saludaban con respeto.

Rafael Serrano Toro Barrabás

A los quince años, en el intervalo de su cuarta fuga, obtuvo 15.200 bolívares de un atraco; toda una fortuna en 1952. Ese día experimentó su primera borrachera y la sensación de estar enamorado; en la casa que le servía de refugio conoció a Nelly, una prostituta de 17 años, de cuyos placeres quedó prendado. No pasó mucho tiempo para que la policía allanara aquel lugar frecuentado por ladrones y meretrices. Pedro y otros tres evadidos fueron llevados de vuelta al reformatorio. Cuando llegó los internos lo recibieron como al héroe de una campaña militar victoriosa; el chico que por fuera se mostraba jovial, ocultaba tras la máscara de falso júbilo el temor por la sanción que le impondrían. 

«Nuestros educadores habían inventado un nuevo castigo que consistía en remover pilas de piedra de regular tamaño de un punto a otro sin cesar durante los días de la condena. Al cuarto día de estar cargando lajas de un lado a otro tenía las manos convertidas en crucifijos de callos sangrantes. Creí que los educadores se condolerían momentáneamente de mí. Me equivoqué rotundamente, aquella gente tenía el corazón tan duro como las piedras que teníamos que cargar […] Mientras cumplía mi sanción denigraba de todo, hasta de la civilización. ¿Era ese un castigo para menores de edad? ¿Era esa la fórmula para orientar socialmente nuestra desviación? Solo parábamos media hora para comer, nosotros esperábamos esa hora como una fiesta. ¡Y se acababa tan pronto! Durante 25 amargos días estuve agachándome y levantándome amarrado a las piedras, en ese tiempo solo me llené de odio y deseos de venganza para los que causaban dolores tan salvajes.»

Al terminar el castigo con las piedras, no fue devuelto al grupo, lo enviaron a la sección de aislamiento por considerarlo un individuo peligroso; le asignaron uno de los 3 calabozos destinados a los internos de peor conducta. Allí debía vestir uniforme de tela delgada y sencilla, esa indumentaria tenía el objetivo de hacerle padecer los rigores del intenso frío. La rutina en aquel lugar consistía en levantarse a las 3 de la madrugada para barrer y fregar los patios, a las 5 tocaba trote y calistenia y después de un muy frugal desayuno pasaba a las aulas donde recibía clases toda la mañana. Después del almuerzo lo ponían en labores agrícolas que se extendían hasta terminar la tarde; de allí a las duchas y de nuevo a clases. A las ocho luego de cenar lo devolvían a la celda.

«En ese pequeño infierno la fuga se convirtió en una obsesión, no era fácil hacerlo porque los rectores vigilaban todos mis movimientos. A los once días encontré la forma de evadirme. El plan consistía en burlar la vigilancia de uno de los educadores que se quedaba en el dormitorio. Había desechado las ventanas pues tenían barrotes, debíamos usar la puerta a un metro de la cual dormía el vigilante de guardia. La puerta quedaba cerrada con un pasador, nuestra tarea consistiría en abrirla sin despertar al vigilante. Luego de controlar la actividad del hombre me di cuenta de que no sería difícil pues tenía el sueño pesado…»

«Llegó la noche fijada para la fuga, no podíamos fallar. Carlos, uno de mis compañeros, dormía al otro extremo de la habitación. Como a las dos de la madrugada fui hasta su cama y lo desperté; le hice señas para que me siguiera sin hacer ruido. El vigilante roncaba como un aserradero; estuve cinco minutos tratando de abrir con la frente empapada de sudor. Al fin salimos y nos dirigimos a los baños desde cuyas ventanas saltamos al vacío. Abajo nos internamos por una franja de gamelote hasta que llegamos a la línea del tren que iba para Caracas; seguimos por allí hasta el puente más cercano. Debíamos poner el máximo de tierra por medio antes de que notaran nuestra ausencia. Por la línea férrea hubiese sido más ligero pero habríamos corrido el riesgo de que nos interceptaran antes de llegar a nuestro destino, debíamos franquear el cerro antes del alba para evitar ser vistos desde el internado. Cuando lo conseguimos nos pusimos en camino hacia la población de Carrizales.»

«Nos preocupaba la indumentaria que llevábamos, short, franelas y alpargatas. De ser más niños se hubiesen notado menos pero yo pasaba de los 15 años y mi amigo se acercaba a los 17 así que se me ocurrió la siguiente idea: Al pasar por la alcabala, para no despertar sospechas, trotaríamos y haríamos movimientos coordinados para simular que ejercitábamos.»

«Ahora teníamos que conseguir ropa ¿Cómo? Mientras lo pensaba oculto en el matorral oteábamos el pueblo. Creí hallar la solución en una casa que construían. Tendríamos que esperar hasta la hora de almuerzo y de descanso de los trabajadores y ver si conseguíamos allí algo que sirviera para camuflarnos. Al mediodía le dije a Carlos que estuviera ‘mosca’ por si me descubrían. Como lo había previsto la casa estaba sola, al único que divisé dentro dormía la siesta. Me acerqué al espacio destinado a la ropa y tome un haz. Luego le hice señas a mi compañero para que me siguiera; lejos del sitio revisamos las ropas y nos pusimos las que nos quedaban menos grandes. Dentro de los bolsillos conseguimos un total de 52 bolívares. Ya vestidos salimos a la carretera San Antonio-San Diego y abordamos el autobús que llegaba a La Cortada de Guayabo, desde donde seguiríamos a Caracas.»

En la capital Pedro sintió el deseo de ver a Nelly, así que propuso a Carlos ir hasta la casa donde la chica vivía con la abuela y con sus hermanos Ramón y Freddy, este último un rapazuelo al que apodaban «El Loco», y que acompañó a Pedro en la anterior fuga. En el rancho sólo estaba la vieja pues Nelly había ido a visitar a sus hermanos en la Seguridad Nacional, donde estaban detenidos por intento de robo.

Cuando supo que Pedro y su amigo estaban fugados, la anciana preparó comida y les consiguió ropa. Nelly llegó cuando los muchachos comían y con ella se informaron del caso de Freddy y Ramón; la policía – dijo Nelly – pide 800 bolívares para dejarlos salir. La mente de Pedro comenzó a fraguar un plan para liberar a sus camaradas.

Al rato expuso la idea. Carlos y él aprovecharían que al otro día sería domingo para meterse a robar en alguna quinta solitaria. El problema – decía Pedro – es que no tenemos un carro que nos lleve y nos saque de la zona. La abuela ofreció dinero para pagar taxis, propuesta a la que se opuso Nelly por considerarla riesgosa y pidió a Pedro que abandonara el proyecto; éste hizo caso omiso solicitando que le entregaran los hierros necesarios para hacer el trabajo; la chica siguió negándose hasta que la terca resolución del muchacho la doblegó.  

A la mañana siguiente Nelly le pidió por última vez que desistiera; Pedro volvió a negarse, el sentido de lealtad entre los miembros del hampa era más fuerte que cualquier otra consideración. La chica lo despidió con lágrimas y el corazón oprimido por un mal augurio. 

En la avenida abordaron un taxi tomando rumbo a La Florida, barrio de clase media alta al este de Caracas. Al llegar caminaron un rato para escoger la casa en la que entrarían. Estaban nerviosos porque eran novatos en esas lides y no contaban con un vehículo que los pudiera sacar de allí en caso de apuros; un presagio les azotó el ánimo como el batir de las alas de un cuervo y estuvieron a punto de abortar la operación. Sobreponiéndose al temor decidieron seguir adelante. Al ver una casa vacía, se acercaron a una de las ventanas y la violentaron con las herramientas que traían.

Cuando estaban en pleno saqueo oyeron el sonido de un motor, se asomaron con sigilo para ver de qué se trataba y lo que vieron los heló. De una camioneta de la Seguridad Nacional descendieron varios agentes armados y los conminaron a entregarse, resultó que al momento de entrar a la casa un transeúnte los vio y avisó a la policía que no tardó en llegar.

En la División de Menores, ubicada en Puente Junín, pasaron varias horas entre interrogatorios y papeleos. Casi a medianoche un agente los llevó a la celda y cuando estuvieron solos les habló una voz amiga; era Ramón quien les informó que Nelly ya estaba en conocimiento de lo que había pasado y que iría al día siguiente a llevarles desayuno.

A las nueve recibieron comida y una nota de Nelly en la que les decía que Pedro sería pasado al Reten de Menores de Los Dos caminos; Carlos retornaría al reformatorio de Los Teques.

«El reten de Los Dos Caminos era diferente a los otros. Su aspecto exterior era el de una casa colonial. Al entrar supe que sería difícil fugarse de ese sitio […] Entre los que allí estábamos el mayor tenía 16 años y el menor 10, cuando quede solo me puse a pensar en las consecuencias de la vida que estaba llevando. Mi pensamiento era un maremágnum de contradicciones. Tal vez otros a esa edad, al margen de la ley, ya se sentían rendidos. Yo no; experimentaba una emoción peculiar al saberme perseguido y acosado, creo que me gustaba el juego. Me obsesionaba el deseo de escalar posiciones en el ambiente en el que me desenvolvía. No podía echar pie atrás.»

«Al día siguiente recibí la grata visita de Nelly, quien me dijo que a “El Loco” lo iban a soltar pero a Ramón lo tenían en lista para las Colonias Móviles de El Dorado. A mi pensaban enviarme al Instituto de Readaptación de la Isla de Tacarigua.»

«Al marcharse Nelly no podía coordinar mis pensamientos. ¡La fuga, imposible! Necesitaba desahogarme de alguna manera, pensar en que sería enviado a Tacarigua me ponía furioso. Prefería ser enviado de vuelta al reformatorio.»

«Al cuarto día de estar en el reten comencé a llamarme “Barrabás”, que ha sido el apodo que me ha acompañado toda la vida. Un sargento de policía me designó Cabo de Presos, encargo que solo se daba a los muchachos respetados por el grupo. […] Este mismo sargento le dijo a otro guardia: – Este es un Barrabás – y como le sonó bien me siguió llamando así. En el papel de cabo yo lo miraba todo, el detalle, el resquicio para darme a la fuga. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, menos ir a la Isla de Tacarigua.»

«Al sexto día me anunciaron que tenía visitas. Eran Nelly y Ramón. “El Loco” era al que iban a mandar a El Dorado. Nelly me trajo noticias de mi madre, me anunció que tenía un quinto hermanito. Mi madre sabía que me había fugado del reformatorio pero no sabía dónde me hallaba. Nelly no se lo dijo. Después hablamos de mi situación. Tenía dos caminos: o fugarme o confesar que era un evadido del Instituto de Pre-orientación de Los Teques. Tenía una semana para planear la fuga antes de que los trámites para mi traslado a la Isla de Tacarigua terminaran. Si todo fallaba mi madre sería notificada de mi situación para que me devolvieran al reformatorio. ¡Qué irónica es la vida! Por primera vez quería ir al reformatorio.»

Rafael Serrano Toro Barrabás en Miraflores

«El ser cabo de presos me permitió llegar hasta el despacho del encargado. La calle quedaba a escasos metros, solo que para salir tenía que pasar una barrera de seis policías de guardia en la prevención. Mi fama de malo hacía que los policías se fijaran en mí. El apodo de Barrabás también me individualizaba.»

«Salir por la puerta era casi imposible. Solo había una solución si Ramón y Nelly la aprobaban, al día siguiente cuando fueron a visitarme se los dije: Necesitaba un carro cerca que me esperara a mediodía con el motor encendido. A esa hora la guardia se reducía a cuatro agentes. Como el despacho del jefe de menores quedaba cerca de la puerta principal yo podía acercarme a la prevención pues ya lo había hecho antes. Me acercaría a la puerta y le pediría a alguien de afuera que me hiciera el favor de comprarme un suplemento. En el momento menos esperado echaría a correr a lo que me dieran las piernas. Nelly se asombró del plan y me dijo que podía ser blanco fácil de las balas. Le respondí que correría el albur. Ser menor de edad me daba confianza: No tirarían al cuerpo sino al aire. Ramón aprobó el plan y me felicitó. Al día siguiente vendría en el carro de alquiler de un amigo. Nelly se encargaría de venir un poco antes para avisarme si el carro estaba o no.»

«Ante esa perspectiva me puse de un humor excelente. Sabía que me enfrentaba a una situación muy peligrosa pero estaba dispuesto a afrontarla.»

Nelly no acudió al otro día como habían previsto sino que mandó a un niño de 10 años a llevar el almuerzo y la razón del carro. En una corta esquela Ramón le indicaba a Pedro el lugar y la hora en que estaría esperándolo. El niño se despidió con una sonrisa picara.

«Eran las 11 de la mañana. Me quedaba una hora; tenía que actuar a como diera lugar. Regresé al interior del reten y en los calabozos llamé a uno de los que se había ganado mi confianza en los días de estar allí. Comimos juntos y le expliqué los pormenores de lo que iba a hacer, su opinión me importaba un bledo. Se lo conté porque necesitaba exteriorizar las emociones que en esos momentos me asaltaban y él era de fiar.»

«Pregunté la hora y supe que faltaba un cuarto para las doce. Tomé serenamente el corredor que conducía a la prevención. El sargento que me había bautizado como Barrabás me preguntó:

– ¿Pa´donde vas, Barra?

– A comprar unos suplementos, mi sarge.

Él sabía que siempre me acercaba a la prevención para mandarlos a buscar desde allí. Mi llegada a la prevención coincidió con la ida a almorzar de dos de los policías. El corazón se me agitaba tan frenéticamente que sentía que se iba a salir de su sitio. Estaba nervioso como todo ser humano que sabe que va a realizar algo peligroso. Exteriormente, sin embargo, estaba súper sereno. Como de costumbre llamé a uno de los chicos que se encontraban en la parte de afuera. Luego de darle el dinero me puse a conversar con uno de los policías. Le pregunté la hora: faltaban dos minutos para las 12. Tenía que actuar rápidamente, el mejor momento sería cuando el muchacho me entregara el suplemento. Entonces me inclinaría hacia el pretil que separaba la puerta del interior al exterior. Esa era mi decisión y ya no podía echarme atrás. La llegada del niño coincidió con la llegada de dos visitantes. En el preciso momento que atravesaban la puerta me confundí con ellos haciendo el gesto del que va a coger algo y arranqué a correr.»

«Dos policías y otras personas comenzaron a correr detrás de mí. La gente a los gritos de la policía se sumaba a la persecución. Alcancé a ver el carro y a Ramón que me hacía señas. Sentí que uno de los transeúntes estaba a punto de darme alcance. Lamentablemente el auto no estaba en la misma dirección que yo llevaba y acercarme al mismo sería delatar a Ramón. Seguí de largo con los perseguidores pisándome los talones. Los policías habían disparado más de una vez pero no al cuerpo. Deje de correr, vi que el auto se fue, Ramón había comprendido. Me sentí derrotado, todo había sido un riesgo inútil.»

El 12 de agosto de 1952 Barrabás estaba de vuelta en el reformatorio de Los Teques, recibió la visita de su madre quien ahogada en llanto le pidió rectificar, verla en ese trance lo conmovió al punto de que decidió no intentar una nueva fuga. Cumplió de buen modo el tiempo que le quedaba en la institución, al salir llevaba un título de bachiller y una beca para estudiar dibujo en una escuela técnica pero también un diploma no impreso como alumno aventajado del delito.

La madre solicitó su libertad para que la ayudara a sostener el hogar de cinco hijos, él era el mayor de los varones y por lo tanto el llamado a trabajar. Una vez en la calle Barrabás se asoció con un amigo de la familia quien le propuso la idea de vender naranjas en el mercado de Quinta Crespo. El muchacho que sinceramente quería enmendarse aceptó y se fajó día y noche a trabajar. Un mal día un policía al que apodaban Veneno se acercó hasta el puesto y de manera tosca les exigió el permiso para vender, como no lo tenían les decomisó la mercancía y los detuvo. Fueron enviados por tres días a la cárcel de El Obispo, al verse de nuevo en una celda, Barrabás rompió a llorar. No entendía que hacía allí si lo único que para ese momento quería era ganarse la vida de forma honrada. Al cumplirse la pena, los dos chicos salieron a la calle desanimados, solo pudieron rescatar los aperos de trabajo pues la mercancía se la habían comido los policías. Pese a ello decidieron comenzar de nuevo. Al siguiente día bien temprano estaban de nuevo voceando su mercancía, durante tres días trabajaron tranquilos hasta que Veneno se apareció nuevamente para apresarlos esta vez por seis días por reincidentes. Al salir no contaban ni con las herramientas pues los policías se las habían robado, intentaron una tercera vez con un permiso que les tramitó un amable funcionario pero igual no les sirvió de nada pues con permiso y todo terminaron otra vez en la cárcel.

Cansado de la injusticia Barrabás decidió volver al mundo del crimen; pero ya no como el mozalbete inseguro e inexperto sino con toda la fuerza que el odio anidado en su corazón fuera capaz de darle. Fue así como desarrolló la carrera delictiva que lo llevó a las primeras planas de los periódicos en los años 50. A comienzos de la siguiente década se había ganado a pulso el título de enemigo público número 1.

Su amplio prontuario llevó al juez a imponerlo de 28 años, pero en la vida que hasta ese entonces había llevado; entre delincuentes y policías, entre el odio y la violencia, logró subsistir de manera tímida su deseo de ser una buena persona. Ya estando preso en 1961 cuando intentó atracar un banco, Pedro se ganó en una rifa una máquina de escribir con la que se dedicó a redactar impresiones sobre su propia vida. En la cárcel el tiempo se le iba en leer a los clásicos. El Quijote de Cervantes fue uno de sus muchos compañeros en las horas muertas de la prisión, cuando fue condenado ya tenía listas un buen número de cuartillas. Decidió entregarlas al periodista Víctor Manuel Reinoso quien las publicó en la revista Elite.

Gracias a esto conoció a la que sería su futura esposa, Hilda Ascanio. Esta noble mujer al leer el artículo comenzó a cartearse con Pedro, interesándose por su vida y aconsejándolo. Sobre este episodio Barrabás recuerda: «Al principio yo le escribía una hoja o dos, pero luego le escribía un block entero. Ella me conocía por la prensa y, una vez, le pedí que me mandara una foto. Cuando me llegó la saqué poco a poco como cuando se liga jugando cartas. Vi su frente tersa y sus ojos verdes y dije: el negro se sacó la lotería. Ahí me entregué todo a los libros. Comencé a portarme bien y hasta cancelé un plan de fuga que tenía en mente.»

Rafael Serrano Toro Barrabás

Pedro e Hilda se casaron en la cárcel Modelo de Caracas, teniendo como padrino al periodista Víctor Manuel Reinoso. Por esa misma época comenzó a visitarlo el escritor Miguel Otero Silva quien andaba en búsqueda de un modelo real para el personaje Victorino Pérez de su libro «Cuando quiero llorar no lloro». La amistad de un hombre tan admirado por él sirvió a Pedro para seguir adelante como escritor. «La culpa de todo esto la tiene Miguel Otero Silva. Me metió en este paquete involuntariamente. A mí me gustaba mucho leer y ya me había leído varios de sus libros Cada vez que él me visitaba yo me sentía chiquitico porque tenía delante de mí a tremendo escritor.»

Sobre estas visitas de Otero Silva a Barrabás hay una simpática anécdota relatada en un foro por el penitenciarista Elio Gómez Grillo:

«Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta? ¿Por qué cada vez que escribe un libro nuevo le pone una palabra más? ‘Fiebre’, una palabra; ‘Casas muertas’, dos palabras; ‘Oficina número uno’, tres palabras; ‘La muerte de Honorio’, cuatro palabras y; ‘Cuando quiero llorar no lloro’, cinco palabras”, le preguntó Serrano a Miguel Otero Silva.

El escritor, sorprendido ante tal comentario, se quedó sin palabras; sólo volteó y dijo: « ¡Qué vaina, este negrito me supo joder!»

De la sentencia original de veintiocho años cumplió dieciséis; un indulto presidencial lo puso en la calle el 9 de enero de 1977. «Si te acercas te mato», «Al rojo vivo», «Oficios del hampa», «Los asaltantes» y «Memorias de la casa grande» fueron las cinco obras que fraguó a lo largo de su carrera como escritor. En 2007 le fue conferido el Premio Mara Internacional y en 2009 se sentó ante las cámaras del director Giuliano Salvatore, para contar sus vivencias en un excelente documental.

Desde que obtuvo la libertad se radicó con Hilda en San Juan de los Morros, donde desarrolló una encomiable labor en el campo de la cultura, ganándose con ello el aprecio y reconocimiento de los sanjuaneros.

Aquejado por la diabetes Pedro Rafael Serrano Toro falleció al mediodía del domingo 13 de agosto de 2017, en una de las salas del hospital Israel Ranuárez Balza.

En una de las muchas entrevistas que concedió dijo: «Cuando salí libre me hinqué de rodillas, miré al cielo y le dije a Dios: le voy a pagar a mi país todo el daño que le hice. Con todo lo que estoy haciendo, siento que le estoy pagando; pero todavía le debo. Y es que vale la pena deberle a Venezuela.»

Publicado el 21 de mayo de 2011

Actualizado el 19 de enero de 2018

©2011 Prohibida la reproducción – Registrado en el SAPI

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Referencias:

Serrano Toro, Pedro Rafael. «Si te acercas te mato». Publicaciones Seleven, Caracas 1979

«Barrabás el malo anuncia que volverá» Revista Venezuela Gráfica, Cadena Capriles. 13 de mayo de 1961, páginas 8 y 9.

Reinoso, Víctor Manuel. «Barrabás: Cómo me hice delincuente» Revista Élite, Cadena Capriles. 22 de abril de 1967, páginas 40 a 45.

Reinoso, Víctor Manuel. «Me llaman Barrabás» Revista Élite, Cadena Capriles. 29 de abril de 1967, páginas 38 a 42.

Suárez, Wilmer. «Barrabás se reivindica ante la sociedad y en un libro demuestra que no todo está perdido» Últimas Noticias 18 de febrero de 1980, página 15.

Campos Suárez, José. «Dios y los médicos me salvaron cuando Barrabás y su gente me cayeron a tiros». Entrevista al comisario Gonzalo Girón. 2001. 20 de junio de 1990, página 5.

JEMD Films (Productor). Salvatore, Giuliano (Director). (2009). «Barrabás». Disponible en Youtube

Prensa consultada:

El Mundo, Últimas Noticias, La República, La Esfera y 2001


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4 comentarios en “Barrabás: Enemigo público Nro. 1

  1. No se como lo hacen, pero lo hacen! sus historias me eclipsan de principio a fin. Por otra parte, me hubiese gustado saber que hizo Barrabas para terminar en la cárcel, ya que solo se menciona la parte del reformatorio. Para finalizar, me alegra muchísimo que sigan actualizando esta pagina aun en el 2018! Sigan con el buen trabajo desde Buenos Aires, Argentina.

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    • Saludos Richard,
      Gracias por tus palabras, son de estímulo a nuestro humilde pero sin duda apasionante trabajo de investigación. El 12 de febrero de 1961 Barrabás dio muerte al sastre Aldo Di Martino cuando éste opuso resistencia al robo que el delincuente pretendía llevar a cabo en su negocio; la intención era robar como lo hacía siempre pero al ver que Di Martino se le encimó con unas tijeras Barrabás disparó el arma que llevaba. Al poco tiempo fue detenido y recluído en el Retén de La Planta, cárcel de la que se fugó el 28 de abril del mismo año; apenas salir fue a ver a su concubina y la apuñaleó por no irle a visitar en la cárcel, luego armó una banda y efectuó una serie de robos relámpago; la PTJ decidió entonces montarle una trampa, usando a un confidente, éste habló a Barrabás de la posibilidad de asaltar una agencia bancaria en el este de Caracas y ofreció aportar un vehículo, que en realidad le entregó la misma PTJ- La mañana del 3 de mayo de 1961 el grupo salió a efectuar el atraco sin saber que estaban siendo seguidos por funcionarios de la PTJ, Barrabás sin embargo se percató del seguimiento y ordenó al chofer regresar al centro, a la altura del cruce de la avenida Roosevelt con la Nueva Granada fueron interceptados y apresados luego de una intensa balacera. Abrazos.

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  2. Soy Abogado penalista de la ciudad de Valencia su página me cautiva. Son los mejores, tengo muchas historias de delincuentes anónimos que he tenido que defender las cuales son muy interesantes. Me gustaría algun día aprender a escribir como ustedes y publicar un libro.

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    • Estimado José, gracias por los conceptos que emites sobre nuestra labor como cronistas, anímate a dar vida a esas historias. A tu favor tienes el hecho de ser abogado y manejar la información de primera mano, también el conocer personalmente a los protagonistas lo que te ayuda mucho a bosquejarlos. Adelante y cuéntanos cómo te va. Te enviamos un abrazo.

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