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Me llaman Barrabás

Pedro Rafael Serrano Toro alias Barrabás

En medio de un sordo rumor y fuertemente custodiado el hombre fue llevado ante el juez octavo en lo penal Dr. Francisco Cumare Navas, era la mañana del viernes 2 de abril de 1967 día fijado para la lectura de la sentencia. En Caracas una ola de calor intenso había cobrado 19 víctimas mortales mas la temperatura no fue impedimento para que los curiosos se arremolinaran en las cercanías del tribunal.

Uno no sabe cuales aspectos del delincuente atraen al hombre honrado; esto es materia para sicólogos y sociólogos como estudiosos de la conducta humana. El caso concreto es que en diferentes épocas y sociedades han surgido notables malhechores que suscitaron un vivo interés en la ciudadanía convirtiendo sus nombres en mitos.

Hoy día se tiene la certeza de que el legendario Robin Hood de las antiguas baladas inglesas pudo haber tenido origen en algún personaje histórico del siglo XII; de la era de la depresión en Estados Unidos quedaron los nombres de Bonnie Parker y Clyde Barrow la famosa pareja de forajidos Bonnie & Clyde, en la España franquista destacó por sus hazañas de bandidaje Eleuterio Sánchez conocido como “El Lute” y estamos seguros de que en cada uno de los países a los que llegamos nuestros amables lectores recordarán al momento de examinar estas líneas  a sujetos que hicieron historia en el sórdido mundo del crimen.

Es este el caso del hombre que aquel caluroso día de abril era esperado con expectación por el público caraqueño; se había ganado a pulso el mote de enemigo público número uno. Era reo de los delitos de homicidio, atraco, resistencia a la autoridad y porte ilícito de armas de guerra. Cuando fue aprehendido por la policía después de una espectacular persecución aseguró, no sin cierto cinismo, que en toda su vida había cometido 400 atracos. Su nombre era Pedro Rafael Serrano Toro mejor conocido como “Barrabás”, apodo con el que le bautizó un agente policial cuando apenas era un crío y daba sus primeros pasos como delincuente.

Al ser bajado de la patrulla aquellos que lo esperaban pudieron contemplar a un varón de mediana estatura, de rostro cetrino con labios gruesos apretados por la ira y vestido de manera modesta pero limpia. Los agentes apartando al enjambre de curiosos y periodistas lo subieron a la sede del juzgado, una sala con paredes blancas manchadas de tinta y con el mobiliario de las oficinas públicas de cualquier lugar del mundo. Pero Barrabás no venía solo; junto a él traían a sus compinches de las últimas correrías, Rodrigo Salomón Ávila, Ángel Rosendo González y Lorenzo Capelán Lizardi quienes como él venían a ser impuestos de la sentencia.

El juez fue sobrio en su exposición, la dignidad de su cargo lo alejaba sin dudas del show que afuera tenía montado la prensa y como dicta el protocolo fue llamando a cada uno de los acusados por su nombre completo. A Rodrigo Salomón Ávila le tocaban 12 años, 7 meses y un día, Ángel Rosendo González debía cumplir condena de 2 años y 16 días y Lorenzo Capelán Lizardi, a pesar de haber matado a un hombre en la cárcel en el tiempo que llevaba detenido fue absuelto de los cargos. Cuando tocó el turno a Pedro Rafael Serrano Toro el juez lo miro por encima de los lentes y procedió a leer su veredicto: 28 años de presidio, dos años menos de la pena máxima que en Venezuela se aplica a un delincuente. El imputado más allá de apretar los labios no exteriorizó sentimiento alguno pues quizás para él, aunque severo, solo se trataba de un castigo más de los muchos que había recibido desde niño.

Los agentes de custodia fueron sacando de la sala a cada uno de los hombres. Pedro fu

e el último en abandonarla, ya en el pasillo cuando sintió el flash de las cámaras miró irritado a los reporteros y les arrojó la colilla del cigarro que se estaba fumando. Las personas que allí estuvieron contarían luego que lo que más les impresionó fue la profunda tristeza en la mirada de aquel hombre que en lo externo solo traslucía dureza y agresividad. Barrabás fue capturado el 3 de mayo de 1961 cuando se dirigía a robar un banco y en los casi 6 años que esperó la condena se dedicó a escribir. Con paciencia de artesano fue reconstruyendo su vida rescatando de la memoria los más lejanos recuerdos para volcarlos con dolor en las hojas de un viejo cuaderno. El resultado fue casi medio centenar de cuartillas tan bien compuestas que parecían salidas de la mano de un escritor profesional. 

¿Cómo nace un delincuente? ¿Qué lleva a un ser humano a cometer  infracciones? Estas preguntas tienen indudablemente muchas respuestas, desde las tesis de Rousseau hasta las de Lombroso y cada uno de nosotros seguramente posee una opinión formada sobre el tema, pero nunca está de más asomarse a la fuente primigenia que hay en el relato de un protagonista del crimen. En este artículo vamos a conocer parte de esa historia escrita hace medio siglo en la oscura soledad de una celda.

Lo primero que nos cuenta Pedro Rafael Serrano es que nació en Caucagua el 29 de abril de 1937 en el seno del matrimonio formado por Héctor Serrano y Ángela María Toro, nunca conoció a su padre pues aquel abandonó el hogar estando él recién nacido, cuatro años después el puesto de su papá ya estaba ocupado y Ángela María otra vez embarazada, su nuevo marido pronto la convenció de irse a vivir para Caracas solo para abandonarla al poco tiempo de haber llegado a la capital. La impresión del niño ante la urbe fue grande al punto de tentarlo a aventurarse en sus calles “Caracas era un mar inmenso y bullicioso que no conocía y que cada vez me hacía sentir más curiosidad. Esta ciudad testimoniaría más adelante mi desgracia social. A la edad de 8 años mi curiosidad se había incrementado y convertido en un desafío. Yo quería empaparme de todo, meterme en el centro y entretenerme con el movimiento de la metrópoli. Un día tome la decisión, a las 8 de la mañana cuando mi mamá salió de compras me largué”

La curiosidad natural en cualquier niño le abrió a este las puertas del infierno, pronto comenzó a frecuentar los linderos de la Hacienda San Bernardino pródiga en árboles frutales hasta que un día participó con otros chicos en una reyerta de palos y piedras y fue llevado por la policía hasta su casa a la que llegó atolondrado y herido solo para recibir una nueva paliza. “Días más tarde oí hablar a mi mamá de un colegio para mi hermanita y para mí, me agradó mucho la idea y al poco tiempo fui matriculado en la escuela federal José Martí. Estaba muy contento pues tenía muchas ganas de aprender y a pesar de que ingresé tarde pasé al segundo grado con excelentes calificaciones. Sin embargo la rutina del colegio comenzó a cansar mi temperamento inquieto y me dio por evadirme. En la mañana me despedía de mamá pero no iba a la escuela, escondía el morral y los útiles escolares y me lanzaba en caminatas por la ciudad que se prolongaban hasta la llegada de la noche. Esas escapadas no pasaron desapercibidas para mi madre pues el director del plantel se lo había informado, ella me recriminó y me amenazó con internarme si reincidía en mi conducta”

Esas amenazas no mellaron la curiosidad del niño quien siguió en las andanzas, Ángela María prematuramente envejecida trataba de sostener la familia con trabajos de costura que le suministraban algunas fábricas. Pedro y su hermanita angustiados por la desesperación que veían en el rostro de su madre salían inocentemente a la calle a ver si encontraban a su papá.

“Tenía ya 10 años cuando vine a darme cuenta de que el dinero era factor principal en un mundo plagado de egoísmo y miseria. Con el tiempo nuestra situación económica empeoró y mi mamá me dijo que no quería deshacerse de mí pero que se veía en la obligación de internarme, me pidió que me portara bien en mi nuevo colegio y que ella me iría a visitar siempre. Me invadió una infinita tristeza al pensar que debía separarme de mi madre”

En este punto del relato Barrabás recuerda que lo que motivó en su madre la decisión de internarlo fue el deseo de salvar su educación y alejarlo de las malas juntas que podía tener en el barrio “Que equivocada estaba mi madre, lo que nunca supo fue que me había matriculado en la escuela del crimen”.

“El día que me internaron llegó, cuando arribamos a la Casa de Observación para Menores Rafael Vegas mi madre tocó el timbre y una señora nos hizo pasar. Al rato llamaron a mi madre por su nombre. Cuando regresó a mi lado me dijo que allí me debía quedar y que me portara bien. Yo empecé a llorar y a gritos le pedía que no me dejara, que me llevara con ella, mi madre también empezó a llorar pero ya no había nada que hacer. Cuando mi mamá se marchó me llevaron a un cuarto donde me despojaron de la ropa y me entregaron un pijama, me asignaron una habitación donde debía pasar los 8 primeros días mientras me efectuaban exámenes médicos para al final incorporarme al grupo”.

Solo un mes permaneció el niño en ese sitio, a la primera oportunidad que tuvo se fugó y se fue de nuevo a su casa, la madre al verlo se sorprendió y sin pensarlo dos veces lo regresó al internado. El castigo que le impusieron por haberse fugado fue una inyección de trementina, el dolor que le produjo esa inyección lo postró varios días en la cama sin poder caminar. A los pocos meses, cuando el chico cumplió once años, la madre fue informada de que debía ser conducido a otro internado para niños de mayor edad, ella firmó los papeles sin enterarse de las consecuencias de ese traslado. En realidad al chico lo pasaban a un reformatorio de adolescentes ubicado en la ciudad de Los Teques. De ese día recuerda el brutal recibimiento por parte de sus nuevos compañeros y que de allí en adelante dejaría de llamarse Pedro Rafael Serrano Toro para pasar a ser simplemente el número 129.

De aquel sitio donde permaneció 6 años solo recuerda la hostilidad perenne en el rostro de sus compañeros y las tres o cuatro fugas fallidas que llegó a ejecutar. Allí pronto aprendió que para ser respetado debía pelear y pelear bien, aprendió a odiar y a delinquir y se hizo maestro en la fabricación de delgados y filosos cuchillos que le servían para defenderse de los ataques.

“Mi adolescencia estaba sucumbiendo irremediablemente en aquel ambiente putrefacto, elementos de pésima conducta social llegaban cada día. Traían consigo nuevas experiencias y de continuo se jactaban de haber aprendido con los mejores profesores del hampa. Esos seres de aire rebelde me causaron una gran impresión, confieso que a los pocos días sus maneras de hablar y de actuar habían calado en mí y pronto me vi pensando y actuando como ellos.”

En la tercera fuga Pedro Rafael con trece años cumplidos aprendió a robar bicicletas y pronto estaba asaltando quintas y apartamentos, salía y entraba de diferentes retenes policiales antes de ser devuelto al internado y comenzaba a ser conocido en el mundo del vicio. Los otros presos al verlo lo saludaban ya con respeto y camaradería. A los quince años en el intervalo de su cuarta fuga coronó con éxito un atraco de donde obtuvo 15.200 bolívares toda una fortuna en 1952, ese día cogió su primera gran borrachera y tuvo conciencia de estar enamorado; en la casa que le servía de refugio había conocido a Nelly una chica de 17 años que se dedicaba a la prostitución y desde que lo conoció en la tercera fuga lo trataba con mucha simpatía. No pasó mucho tiempo para que la policía allanara aquella casa frecuentada por ladrones y meretrices. A Pedro y otros tres evadidos los llevaron de vuelta al internado, a su llegada fue recibido como un héroe por sus compañeros mas él intuía que el castigo que le esperaba era duro pero no sabía hasta que punto.

“Nuestros educadores habían inventado un nuevo castigo que consistía en remover varias pilas de piedra de regular tamaño de un punto a otro sin cesar durante los días de la condena. Al cuarto día de estar cargando lajas de un lado a otro tenía las manos convertidas en crucifijos de callos sangrantes. Creí que los educadores se condolerían momentáneamente de mí. Me equivoqué rotundamente, aquella gente tenía el corazón tan duro como las piedras que teníamos que cargar […] Mientras cumplía mi sanción denigraba de todo, hasta de la civilización. ¿Era ese un castigo para menores de edad? ¿Era esa la fórmula para orientar socialmente nuestra desviación? Solo parábamos media hora para comer, nosotros esperábamos esa hora como una fiesta. ¡Y se acababa tan pronto! Durante 25 amargos días estuve agachándome y levantándome amarrado a las piedras, en ese tiempo solo me llene de odio y deseos de venganza para los que me hacían producir dolores tan salvajes.”

Al terminar el castigo con las piedras, Pedro no fue devuelto al grupo, lo enviaron directo a la sección de aislamiento pues lo consideraban un individuo peligroso, le asignaron uno de los 3 calabozos destinados a los de pésima conducta. Al llegar le quitaron las ropas y le entregaron unas pantalonetas y una franela sencilla, el objetivo de esto era hacerlo sentir los rigores del intenso frío que en la madrugada hacía en Los Teques. La rutina en aquel lugar consistía en levantarlos a las 3 de la madrugada para barrer y fregar los patios, luego a las 5 am trote y calistenia y después de un frugal desayuno llevarlos a las aulas donde recibían clases toda la mañana. Comían nuevamente a mediodía y a la una los trasladaban a labores agrícolas hasta las 5 de la tarde, un baño y de nuevo a las aulas para recibir clases de matemáticas, geografía e historia. A las 8 cenaban y eran llevados de nuevo a las celdas para dormir.

“En ese pequeño infierno la fuga se había convertido en mi obsesión, siempre la planeábamos, no era fácil hacerlo porque los rectores vigilaban todos mis movimientos. A los 11 días encontré la forma de evadirme. El plan consistía en burlar la vigilancia de uno de los educadores que se quedaba en el dormitorio. Había desechado las ventanas pues tenían barrotes, debíamos usar la puerta a un metro de la cual dormía el vigilante de guardia. La puerta quedaba cerrada con un pasador, nuestra tarea consistiría en abrirla sin despertar al vigilante. Luego de controlar la actividad del hombre me di cuenta de que no sería difícil pues tenía el sueño pesado…

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Publicado el 21 de mayo de 2011

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