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La misteriosa muerte de Mediavilla

La misteriosa muerte de Jesús Enrique Vallée Mediavilla

Tema sugerido por Natalia Trejo

Un campesino y la muerte

A la una de la tarde del lunes 12 de junio de 1944, el viejo Bernardo Hernández bajaba desde el cerro de Las Barracas hacia un punto cercano a la redoma del puente La Paz. Llevaba a su caballo a pastar y tomar agua. Después de pasar la vía férrea se internó por un sendero de tierra que rodeaba a la quinta “Reinaldo”, propiedad del señor Teofilo Daez, más o menos a la mitad de aquel atajo tropezó con una espesa nube de moscas que salía de un pajonal; intrigado, bajó del caballo para ir a investigar. Se tapó la nariz por la insoportable fetidez y apartó con cuidado la maleza esperando hallar los despojos de un perro. Su sorpresa fue grande cuando en lugar de eso vio el cuerpo de un hombre muy joven tirado en el agreste suelo. Con el instintivo temor del humano frente a la muerte decidió retirarse del lugar.

Al galope llegó a la casa de unos amigos a los que contó lo que acababa de ver y de allí se fueron todos a la más cercana casilla policial; pocos minutos después La Paz era un hervidero de periodistas, curiosos, agentes de policía y funcionarios judiciales. Se había activado uno de los casos más emblemáticos y polémicos de la historia criminal del país: La misteriosa muerte del estudiante de medicina Jesús Enrique Vallée Mediavilla.

 1944

En junio del 44 la atención estaba centrada en la ofensiva final de los aliados contra las Fuerzas del Eje; hombres y mujeres de distintos lugares de Venezuela manifestaban su deseo de ir a pelear en los frentes de batalla; nombres como el de Agustín León, Josefina Serrano, Estílito Acosta, Petrica Marcano, Reinaldo García, Elba Peraza y Segundo Moreno se asomaban en las páginas de los diarios ofreciendo su sangre y su vida contra el fascismo; el Sub Teniente venezolano Enrique Pauly, de 33 años, quien se desempeñaba en Caracas como director comercial de la firma J. Pauly e Hijos ya había ofrendado la suya el 13 de mayo en la batalla de Castelforte en la que las fuerzas del General Charles de Gaulle pugnaban por alcanzar y conquistar Roma.

Por esos días la capital se estremecía con el anuncio de una huelga de transportistas. Conductores de tranvías y chóferes de autobús expresaban a viva voz su desacuerdo con la medida tomada por el gobierno que sometía el conflicto sostenido con sus patronos a una comisión de arbitraje. Ante la creciente ola de protestas, las autoridades ordenaron la detención de los líderes sindicales Luis Felipe Ojeda y Eduardo Machado. En el ámbito radiofónico se anunciaba el estreno de una nueva señal: Radio Cultura, (hoy YVKE Mundial) que sería dirigida por el veterano Gonzalo Veloz Mancera.

Ese mismo lunes en horas de la mañana la angustia reinaba en la casa marcada con el número 11 en la tercera calle de Bella Vista, en aquella vivienda propiedad de la familia Trejo habitaban los miembros del clan Vallée Mediavilla; uno de ellos, Jesús Enrique, no había vuelto allí desde que salió el sábado anterior anunciando que iba a un sitio cercano a repasar Anatomía, materia que llevaba de arrastre al no presentarla en su momento por un problema de salud. El sábado en la noche, al ver que el joven no regresó, su abuela Teotiste y su hermana Carmencita activaron una búsqueda en la que participaron afanosamente familiares y amigos.

En la tarde del lunes, el rumor del hallazgo de un cuerpo en las cercanías de la avenida La Paz llegó a oídos de Carmencita quien para la fecha tenía 15 años; en ese momento se encontraba conversando con dos amigas y por curiosidad decidió bajar a ver quien era el muerto; mientras avanzaba, un mortificante presentimiento la envolvía; sentía que un aire glacial congelaba su vientre mientras el corazón batía en su pecho como un tambor redoblante.

Al llegar al sitio ya no cabía la gente; centenares de curiosos se agolpaban cerca del cadáver; los agentes de número la tenían difícil para controlarlos. Carmencita trataba en vano de traspasar aquella barrera, frente al solar donde estaba y un poco más allá de la quinta “Reinaldo” divisó el rostro intrigado de un hombre de mediana edad y porte elegante que asomaba en el balcón de un caserón de dos plantas. Cuando por fin pudo llegar al lugar y ver quien era el muerto, sintió que el extraño nudo que traía en la garganta se desataba en una furiosa sensación de vértigo.

En lo primero que pensó al ver el rostro amoratado de su hermano fue en cómo le daría aquella noticia a la pobre abuela.

La misteriosa muerte de Jesús Enrique Vallée Mediavilla

La última tarde de Jesús Vallée Mediavilla

Con 20 años cumplidos, Jesús Enrique Vallée Mediavilla, debió tener los sueños de cualquier joven sensato: prepararse para ser útil a su país y ganar a fuerza de cerebro y corazón mejores condiciones de vida para sí y los suyos. A esa edad cursaba el segundo año en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Central de Venezuela; pero como todo joven, (y era natural que así lo fuera) Jesús Enrique era amigo de las fiestas y de enamorar chicas. El sábado 10 de junio cerca de las dos de la tarde, el muchacho estampó sendos besos en las mejillas de su abuela y de su hermanita, informándoles que iría a estudiar un poco. – “Estaré en la avenida” – Aseguró antes de salir.

Aquella tarde, el joven Mediavilla vestía pantalón de tono claro, suéter verde, corbata del mismo color y una boina azul de las que usualmente portaban los estudiantes de la UCV. A su edad aún tenía rostro de niño; un par de desamparadas cejas separaban sus grandes ojos de una frente amplia, labios gruesos resaltaban en mitad de la barbilla redondeada y su cabello lacio coronaba una cabeza de pequeña nariz al medio. Llevaba consigo un cojín que le servía para sentarse a estudiar a la sombra de cualquiera de los muchos árboles que por la época crecían en lo que debió ser una apacible campiña a las afueras de Caracas. Un poco más allá de la zona donde vivió y murió Mediavilla y separado por las límpidas aguas del río Guaire estaba el que para entonces era el barrio favorito de la gente pudiente: El Paraíso.

Jesús Enrique tenía por costumbre acudir a los lugares cercanos a la avenida La Paz, que por ser los menos poblados contaban con amplios terrenos en los que podía concentrarse en estudiar. En uno de ellos pasó la última tarde de su vida repasando las hojas mimeografiadas que dos días más tarde hallarían con su cuerpo inerte.

La denuncia

A la misma hora en que Mediavilla repasaba Anatomía en los alrededores de La Paz, Maximiliano Guevara Pietrantoni llegaba al centro histórico de Caracas. Bajó del auto en la esquina de San Francisco y se dispuso a continuar a pie hasta el viejo edificio de la Comandancia General de Policía. Max Guevara, como se le conocía, era un joven y acaudalado empresario, yerno del doctor Juan Faría Font, elemento de conocida actuación pública durante los gobiernos del General Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras, poseía al suroeste de la ciudad una casona de dos pisos a la que puso por nombre “Quinta Amarilla”. Esmerado en el vestir y de talante severo, aquella tarde un rictus de enojo hacía más enigmático su rostro.

Con paso seguro entró a la sede policial y ante los funcionarios de la oficina criminológica expuso su intención de consignar una denuncia.

– ¿Cuál es el problema? Le preguntaron.

– Es que resulta que a mi casa, entra por las noches sin mi consentimiento un hombre que al parecer sostiene relaciones con una de las mujeres de servicio.

– Bien Señor Guevara, esa denuncia debe formularla ante la Oficina de Investigación Social que es la indicada para ese tipo de faltas.

Cumplido el trámite, Maximiliano Guevara regresó a las bulliciosas calles del centro, mismas en las que días más tarde una multitud llena de morbosa curiosidad lo acompañaría en sus continuas visitas a los tribunales, primero como testigo y luego como sospechoso de asesinato.

La misteriosa muerte de Jesús Enrique Vallée Mediavilla

Ronda del sábado por la noche

Al ver que moría la tarde, Jesús Enrique decidió poner fin al repaso. Confiaba en dominar la compleja materia para la fecha de ser examinado. Con cuidado reorganizó sus papeles, se levantó y tomó el cojín del térreo suelo. –Es sábado – pensó – No sería mala idea ir por la plaza a ver que hacen los muchachos -.

Por aquella época la avenida La Paz remataba en una linda y pequeña plaza dedicada al poeta marabino Udón Pérez. Desde allí una bifurcación llevaba por un lado a El Paraíso y La Vega y por el otro a la vieja carretera de Antimano. La plaza era lugar de encuentro de la gente que vivía por la zona. Hasta allá fue Jesús Enrique a buscar a sus amigos. A eso de las 8:30 de la noche se encontraba con Ramón Illaramendi, quien como Vallée Mediavilla cursaba la carrera de medicina; con él intercambió impresiones sobre las venideras pruebas. Una hora después se acercó hasta ellos Rogelio Umanes con el que estuvieron apenas un rato; Ramón y Jesús Enrique le manifestaron que de allí se irían a visitar a unas amigas. En realidad el que tenía intención de verse con una amiga era Mediavilla quien entre charla y cotilleo confesó a Ramón que por los lados de la avenida Rotaria mantenía un flirteo con una joven aparentemente casada, quien servía en una de las pocas casas que había en la zona.

– ¿Ah si? ¿Y cómo se llama la damita?

– María Nieves, es una trigueña preciosa que me obsequia con dulces cuando voy a verla. Trabaja como niñera en una de las quintas que hay por la Rotaria.

– Bueno, ¡Suerte matador! Te dejo entonces para que vayas a verla.

– No hombre, chico, vente conmigo hasta la entrada. Así la ves.

Minutos después Illaramendi y Mediavilla caminaban hacia la Rotaria, una avenida que partía de La Paz y regresaba rumbo norte hacia la zona de San Martín. De pronto Mediavilla notó que en dirección contraria venía María Nieves conversando con un rubio alto, de mejillas hundidas y pómulos salientes. Algo irritado, se dijo en voz alta.

– ¿Quién es ese catire? Cómo que me está “tumbando” con la muchacha.

Al pasar por su lado María Nieves lo saludó afectuosamente. Mediavilla y su amigo siguieron hasta la entrada de la Rotaria y se dispusieron a esperarla recostados en las barandas de concreto que se levantaban en la acera. Al rato la vieron venir.

– Allá viene María Nieves, déjame que voy a hablar con ella.

Illaramendi devolvió a Mediavilla un bisturí que éste le había prestado días antes y lo despidió con un fuerte apretón de manos. Sacó un cigarrillo y se dispuso a volver a casa. Volteó y miró a su amigo conversando con la chica, le pareció que se veía algo cómico ataviado con aquella boina, llevando entre manos los textos de anatomía y el sempiterno cojín. No podía saber que más nunca lo vería con vida.

La Quinta Amarilla

Hacia el siglo XVI los españoles solían llamar “Quinta” a la casa enclavada en un huerto cuyos colonos pagaban la quinta parte de los frutos cosechados, esta acepción siguió usándose en gran parte de América Latina hasta bien entrado el siglo XX, refiriéndose a la vivienda ubicada en una parcela suburbana, en la que se producían productos agrícolas o pecuarios. En Venezuela llamamos quinta a la casa amplia y rodeada de jardines construida generalmente en urbanismos de clase media.

Frente a la estación del Metro La Paz, al suroeste de Caracas, hay actualmente tres edificios de aspecto corriente que dan entrada a la avenida Rotaria; en el solar donde se erigen existió hace mucho tiempo un caserón conocido como la Quinta Amarilla, Allí vivían Maximiliano Guevara, su esposa Elisa Faría Prósperi, su pequeño hijo y dos mujeres que estaban al servicio de la pareja, una de ellas Julia Ramona Pérez de 45 años que se ocupaba de tareas generales y la otra María de Jesús Nieves una jovencita cuya responsabilidad era cuidar del niño. La Quinta Amarilla era una de las pocas edificaciones que se levantaban en aquel lugar. De amplios ventanales; tenía dos plantas rematadas en el clásico techo de tejas rojas que hicieron famosa a Caracas; por el amplio frente tenía un terreno cercado, por el costado una especie de corral que servía de garaje y atrás un jardín delimitado por un pequeño muro de ladrillos; más allá de la quinta había una casa en construcción. La cuadra en la que se erigía era un amplio solar prácticamente deshabitado. Al frente un tupido bosque de variadas especies separaba el lugar de Bella Vista y Las Barracas. Aquellos predios de común tranquilos vivirían un sobresalto la noche del sábado 10 de junio cuando sus pocos habitantes oyeron los gritos histéricos de una mujer pidiendo auxilio:

¡Un ladrón, aquí hay un ladrón! ¡Socorro!

Julia Ramona Pérez riñó a María Nieves cuando la vio descalza. –Vas a coger un “frío” en los pies, muchacha, te vas a venir enfermando – La chica a la que le divertían los regaños de su compañera le dijo entre risas que se quedara tranquila. –Sabes bien que a esta hora ando así para no despertar a los señores con el ruido de mis pisadas, voy a quedarme un rato más despierta para arreglar la ropita del niño -.

Julia que sentía un afecto maternal por la chica se alejó rezongando.

– Yo me voy a dormir, ponte los zapatos muchacha, haz caso.

Eran las 10:35 de la noche del sábado cuando Julia cayó rendida en su cama. Sentía que a su edad ya no estaba para esos trotes, aquella casa era muy grande para ella sola y si bien María Nieves la ayudaba en algunas cosas, tenía orden estricta del señor de ocuparse en exclusiva del niño. Poco a poco la iba venciendo el sueño, afuera solo se oía la brisa y los lejanos ladridos de un perro.

10 minutos más tarde, la mujer creyó escuchar un ruido que provenía del corral. Le parecieron pisadas. Se incorporó en la cama y aguzó el oído tratando de captar que sucedía, sintió el típico sonido que hace alguien al tantear la cerradura de una puerta. Intrigada encendió la luz y salió al pasillo que daba al corral. En ese momento oyó a María Nieves quien desde adentro le pedía la ropa del niño que había lavado ese día. De pronto y como una sombra un hombre pasó corriendo a su lado, aunque no pudo verlo bien notó que era muy joven y estaba bien vestido. Aterrada, la pobre mujer comenzó a gritar a todo lo que le daba la garganta.

– ¡Un ladrón, aquí hay un ladrón! ¡Socorro, señor Guevara, aquí afuera hay un ladrón!

Al oír gritar a su compañera, María Nieves le pidió que se callara, que no gritara más pues podía despertar a los patronos. Julia Ramona sin embargo siguió gritando ante la mirada entre traviesa y asustada de la jovencita.

El tipo atravesó el corral velozmente y se perdió en la noche.

La misteriosa muerte de Jesús Enrique Vallée Mediavilla

Él es mi hermano

Carmencita se petrificó al ver el cuerpo; todo el ruido que había a su lado comenzó a llegar como un zumbido; se sintió mareada. Sus amigas que quedaron tan impactadas como ella la vieron mirando fijamente el suelo como si no comprendiera aún que había pasado; sus labios temblorosos se movían nerviosamente como tratando de articular palabra pero no salía sonido alguno. Su rostro fue perdiendo el color hasta volverse ceniza. Cerró los ojos y cuando por fin pudo abrirlos estaban anegados en llanto.

– Él es mi hermano – Se escuchó decir a si misma como en un sueño.

Tres señores que discutían y tomaban notas se le acercaron en tono oficial; eran el Juez de Parroquia Bachiller Miguel Torrealba, el Jefe Civil de La Vega Rafael Viloria y su secretario Luis de Los Ríos. Ante ellos identificó el cuerpo y dio rápidas declaraciones.

En el caserón que estaba al frente, el elegante hombre que Carmencita vio asomar al balcón minutos antes, preguntó a la doméstica: – Julia, ¿Qué es todo ese brollo que hay en los linderos de Daez? – Caramba señor, parece que fue un muerto que encontraron tirado allí. El hombre arrugó el entrecejo y volvió a lo que estaba haciendo.

Abajo, el médico forense doctor Cabrera Suárez ordenaba que el cadáver fuese trasladado a la morgue del hospital Vargas para efectuar la autopsia. Carmencita regresaba a casa pensando en la mejor manera de dar aquella terrible noticia y un enjambre de periodistas tomaba fotos e interrogaba a los presentes. Estos caballeros que de momento solo recolectaban datos de forma rutinaria no sabían que pronto pasarían a la primera línea de fuego en una batalla mediática por establecer la verdad.

El periodismo venezolano y la crónica policial

En la primera mitad del siglo XX fueron fundadas en Venezuela más de 200 publicaciones periódicas, la mayoría de muy corta duración debido a las enormes dificultades de orden técnico y de censura que debían enfrentar sus creadores. En 1900 existían, entre otros, “El Pregonero”, “La Religión”, “El Cronista”, “El Fonógrafo” y “El Constitucional” que con el tiempo darían paso a nuevos medios. En lo fundamental no se diferenciaban unos de otros porque todos respondían en mayor o menor medida a una misma visión editorial: orientar más que informar.

Esto propiciaba la existencia de órganos oficiosos y voceros de grupos de opinión política. Órganos oficiosos fueron “El Constitucional” fundado en noviembre de 1899 por el puertorriqueño Gumersindo Rivas a instancias del Presidente de la República, General Cipriano Castro. Cuando éste es derrocado, su papel de portavoz y defensor de la política gubernamental lo desempeñó “El Nuevo Diario” bajo la dirección de Laureano Vallenilla Lanz. A la muerte del General Gómez, el diario “Crítica” tomó el testigo, con la particularidad de que muchos de sus editoriales eran escritos por el propio Presidente Eleazar López Contreras, luego bajo la presidencia del General Isaías Medina Angarita tocó el turno a “El Tiempo” dirigido por Víctor Manuel Rivas que desaparecería en noviembre del 45 bajo la tormenta de la llamada “Revolución de Octubre”. Voceros de grupos de opinión fueron “El País” de Acción Democrática, “Tribuna Popular” del Partido Comunista y “El Gráfico” del Comité Político Electoral Independiente (COPEI) entre otros.

Hasta bien entrado el siglo, la prensa mantuvo las características editoriales y de montaje técnico de las publicaciones decimonónicas; se entendía que su papel debía ser el de orientar al público y por ello se colocaba al artículo de opinión por encima de la nota informativa. En la diagramación importaba más la letra que el gráfico (con algunas impactantes excepciones). La información era cubierta con despachos de agencias y boletines oficiales en un tono más bien marginal. A mediados de los 30, con la aparición de “Ahora” comienzan a verse algunos cambios aunque todavía más en la diagramación que en el contenido. Las notas de sucesos policiales se publicaban tal como las enviaban las autoridades; siniestros, accidentes de transito, robos, abigeatos, suicidios y homicidios llegaban al lector en escuetos despachos oficiales, sin más intervención por parte de los editores que las debidas correcciones ortográficas, gramaticales y de estilo.

Con la aparición de los diarios Últimas Noticias y El Nacional en la década del 40 el cambio se profundiza, la información pasa poco a poco a ocupar un lugar preponderante, la figura del reportero cobra más valor cuando los periódicos deciden no conformarse ya con boletines y se disponen a ir en busca de los detalles de la noticia. La crónica policial que por esos años empezó a dar sus primeros pasos alcanzaría luego especial importancia gracias a la implacable censura en materia de información y opinión política que vendría con los gobiernos de la Junta Revolucionaria (1945-1948), la Junta Militar (1948-1952) y El Nuevo Ideal Nacional (1952-1958).

Al día de hoy se pierde de vista la cantidad de hechos violentos reseñados por la prensa desde aquellos lejanos días. El que nos ocupa esta semana: La misteriosa muerte del estudiante Jesús Enrique Vallée Mediavilla es considerado como el primero que fue objeto de una intensa investigación periodística; como el que inauguró en nuestro país la llamada crónica roja.

Sorpresa y fuga

Aquella noche Pedro García y su esposa iban a casa a bordo de un robusto Plymouth del año 41, García quien laboraba como mecánico en el Garaje Municipal, trataba siempre de conducir con cuidado; había visto suficiente hierro retorcido en el trabajo como para no tomar en cuenta las elementales normas de seguridad en el manejo. Al llegar a la primera curva de la Rotaria, redujo la marcha y tomó con firmeza el volante, se disponía a cambiar la velocidad cuando los gritos de una mujer atrajeron su atención.

Intercambio una rápida mirada de sorpresa con su esposa y luego ambos se dedicaron a escudriñar en la oscuridad, pasó el carril y estacionó frente al caserón de dos plantas de donde parecía provenir la alarma.

–Como que hay un ladrón por el vecindario – dijo más para si mismo mientras miraba con cautela por el espejo retrovisor.

En una casa vecina se encendió la luz y por la ventana asomó el dueño de la misma, un señor llamado Alfredo Álvarez (después se sabría que era el hombre rubio que paseaba más temprano con María Nieves), mientras Álvarez se puso a hacer coro a los gritos de Julia Ramona, una pareja salía de la misma casa, eran sus inquilinos Pablo Mauriello y su esposa Ilda. En la quinta Amarilla, Max Guevara quien despertó con el alboroto llamaba a la policía. En ese momento llegó a la cuadra otro vecino, un abogado apellidado Pietri.

Mauriello pidió a su mujer que regresara a la casa mientras que él iba a revisar un auto estacionado al frente. Se acercó con cautela y pudo ver que el vehículo estaba solo y con los vidrios arriba. Caminó por el solar en la misma dirección que huyó el supuesto ladrón y no vio a nadie. Simultáneamente, Álvarez quien desde la ventana había visto al Plymouth de Pedro García, le pidió a voces que lo moviera de allí ya que podía haber peligro por un bandido que estaba en la zona. García hizo caso de la advertencia y se puso en marcha, pero sin tener un motivo cierto, tomó la bocacalle que llevaba desde la Rotaria hasta La Paz.

Oscar Canino y una mujer llamada Josefina Pérez quienes tenían rato conversando al borde de la avenida La Paz y que se habían percatado de la conmoción, vieron venir el auto conducido por García. Al mismo tiempo, de entre las sombras y la maleza surgió un hombre que a paso rápido alcanzó la acera. Canino se acercó al auto de Pedro García y le propuso perseguir al que parecía ser el ladrón. García asintió, Canino se subió al estribo, y con el auto en segunda y en medio de un intenso griterío comenzó la cacería.

Días más tarde al ser interrogados por las autoridades tanto García como Canino negaron haber dado alcance al perseguido, quien no era otro que Jesús Enrique Vallée Mediavilla.

Bernardo Hernández declara

Mientras se levantaba el cuerpo del malogrado muchacho, Bernardo Hernández rendía sus primeras declaraciones. De complexión delgada y no muy alto, sus facciones acusaban los maltratos de la pobreza, si bien no pasaba de los 50 aparentaba más edad. El rostro oscurecido por el sol lucía un curioso bigote que chorreaba por las comisuras de los labios y se hundía en la oquedad de sus mejillas. De vez en cuando se quitaba el viejo sombrero de fieltro para rascarse el cráneo como si eso lo ayudara a recordar detalles.

– Hoy cuando traía el caballo a tomar agua – decía Bernardo al juez Torrealba – Vi que de un pajonal salían muchas moscas y me acerqué. Cuál no sería mi sorpresa cuando al bajarme del caballo vi a un hombre tirado en el suelo, ligeramente encogido. Inmediatamente me puse de acuerdo con otros compañeros y dimos parte a la casilla de policía. Pero hay algo que debe saber doctor, cuando yo encontré a este muchacho, a eso de la una, no tenía sangre en la boca y ahora si tiene.

Torrealba y su secretario voltearon instintivamente a ver el cuerpo que ya estaba siendo subido a un vehículo, el juez ordenó tomar nota de aquel dato. Luego de que se llevaron el cuerpo de Mediavilla los curiosos empezaron a dispersarse.

La misteriosa muerte de Jesús Enrique Vallée Mediavilla

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La autopsia en el hospital Vargas

El vehículo forense atravesó la ciudad de sur a norte, subiendo empinadas cuestas hasta que aparcó a las afueras del Vargas, un hospital construido a la vera de la montaña finalizando el siglo XIX y que se constituyó en el primer centro de salud que impartió enseñanza clínica a los cursantes de la Facultad de Ciencias Médicas. El estudiante Vallée Mediavilla debió transitar más de una vez por sus enlosadas plantas y pasillos como parte de su proceso formativo. Aquel lunes, la estatua sedente del sabio José María Vargas sería silencioso testigo de la última visita del muchacho al centro médico, solo que esta vez con destino a las frías bóvedas de la morgue, sus restos pasarían la noche allí hasta la mañana siguiente cuando serían llevados a la sala de autopsias.

A las nueve de la mañana el doctor O´Dally, Jefe de la Morgue del hospital, registró en el libro de protocolos el inicio del procedimiento número 3.885 correspondiente a la necropsia del ciudadano Jesús Enrique Vallée Mediavilla. El examen que duró una hora fue dirigido por el propio O´Dally acompañado de los doctores L.M. Cabrera Suárez, quién hizo las disecciones y Carlos Nouel quien actuó como asistente. Según el acta enviada al Juez de Parroquia Miguel Torrealba, no se apreció en el cuerpo ningún signo de violencia externa, se hizo la disección y se extrajeron, examinaron y pesaron los principales órganos. Debemos apuntar acá una irregularidad cometida por el equipo médico: En el informe no se asentó la causa de la muerte. Este fue uno de los detalles que contribuyó a enredar el caso al punto de que el fallo final tardaría dos años y tres meses en llegar. Ese dictamen judicial tampoco aclaró las dudas del público haciendo que el origen de la muerte de Vallée Mediavilla quedara en un limbo del que tal vez no salga nunca, un hecho que aun hoy a 68 años de ocurrido debe ser calificado de misterio. 

Pulse acá para ir a la segunda parte

Publicado el 1 de febrero de 2013

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