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El incendio de la Casa Santana

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La Caracas de 1927 no difería en gran cosa de la que nos legaron los españoles; con casas de una a cuatro plantas insertas en una cuadrícula que crecía en torno a la plaza mayor. Una ciudad de clima perfecto y gente amable que por las mañanas salía de compras al mercado principal y por las noches se reunía con sus vecinos para la cotilla, la tertulia y los juegos de salón. Ya existían eso si algunas grandes edificaciones levantadas a finales del XIX y se disfrutaba de las comodidades de los tiempos modernos; los caraqueños podían ir de un lado a otro en flamantes tranvías eléctricos y contaban con espaciosas salas de cine y de teatro en las que Harold Lloyd y Eugene O´Brien competían con las compañías de opera y zarzuela por la preferencia del público. Era la época en la que por orden médica se temperaba en Sabana Grande o Macuto y en la que se invertían siete horas para ir de Caracas a Valencia.

Era una pequeña urbe que no había tenido grandes contingencias; (con excepción de los terremotos), el último suceso que se recordaba era la tragedia del teatro Caracas ocurrida la tarde del once de abril de 1919. Un voraz incendio que se declaró mientras proyectaban Romeo y Julieta redujo el histórico lugar, ubicado de Veroes a Ibarras, a un montón de humeantes cenizas; lo que no se podía saber era que algo así se repitiera en poco tiempo, pero esta vez en proporciones épicas y en la casa que servía de sede a una importante firma comercial.

Los policías que se encontraban de guardia en el cuartel de la esquina de Monjas, vieron como uno de sus compañeros se acercaba corriendo y jadeante; pasaba de las diez de la noche y no había gran actividad en las estrechas calles. Cuando ya estaba cerca, el agente gritó.

– ¡De Sociedad a Traposos hay un gran incendio!

Al oír la novedad los agentes se alistaron a salir, el grupo estaba al mando del Coronel Pedro Luis García, quien desempeñaba los cargos de prefecto y jefe de la policía. Alguien se encargó de avisar por vía telefónica al General Rafael María Velasco, gobernador de la ciudad quien con sus más cercanos colaboradores también salió al sitio del siniestro.

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A esa misma hora, tres cuadras al norte, el señor José de la Torre se encontraba revisando la contabilidad de su negocio, la confitería “Venezuela”, cuando por el frente del local pasó corriendo la noticia repetida como un eco: ¡De Sociedad a Traposos hay un gran incendio! De la Torre, un español muy apreciado en Caracas por su bonhomía decidió salir a prestar su apoyo en lo que hiciera falta. En esa época no existía aún un cuerpo de bomberos (el de Caracas se fundó en febrero de 1936) y de la extinción de los incendios se encargaban la policía y los propios vecinos. Con lo único que se contaba era con un viejo camión cisterna al que la chispa popular apodaba “la benemérita” pero que no servía de gran cosa, pues lo que tenía era un tonel al que había que estar llenando constantemente con baldes mientras dos personas subían y bajaban un balancín que lanzaba agua a baja presión.

El pavoroso incendio tenía lugar en la sede de la Quincalla y Ferretería Eduardo y Antonio Santana y Sucesores, firma comercial ubicada justo frente al Banco de Venezuela. Al momento que los primeros policías y voluntarios llegaban al sitio, el joven alemán Hans Günter Straack, con apenas cuatro meses de residencia en el país, salió de una de las casas vecinas con intención de prestar apoyo. El muchacho de 21 años había venido, a instancias de su padre, el senador hamburgués Hermann Straack para mejorar su castellano. Hans fue de los más activos voluntarios presentes en el sitio; a su lado y como una pequeña gacela corría un chiquillo de unos 10 ó 12 años quien por su agilidad prestaba un gran servicio en el combate a las llamas llevando y trayendo baldes con agua; desde que llegó arrumó en una esquina su cajón de limpiabotas y se entregó a la noble tarea de la manera más valiente. Hacia la esquina de Traposos se veía al señor De la Torre en compañía del General Lorenzo Carvallo y el Doctor Elías Rodríguez. Por toda la calle iba y venía gente; detrás de los policías llegaron los empleados de Sanidad dispuestos a cooperar en las labores de extinción; en este grupo venía el joven barcelonés Pedro Vicente García quien de inmediato se puso a las órdenes del coronel Pedro Luis García.

Uno de los primeros en enterarse del incendio fue un empleado del banco quien a esa hora aún se encontraba trabajando, el hombre conocía a la familia Márquez, propietaria del almacén La Japonesa ubicado al lado de la Casa Santana y de inmediato telefoneó a Sabana Grande para avisarles del suceso; cuando los señores Carlos y Luis Márquez le dijeron que se ponían de inmediato en camino a Caracas, el joven salió a la calle donde se encontró con su compañero Guillermo Suárez, ambos vieron que la puerta de La Japonesa ya había sido abierta y se dirigieron hasta allá para ayudar en la recuperación y resguardo de la mercancía. En esa misma tarea se encontraban los dueños de las diferentes firmas colindantes con Santana y Suc. Las llamas y el espeso humo se elevaban por el cielo caraqueño y con ellos la angustia de todos los que vivían cerca de la zona, naturalmente temerosos de que las llamas se propagaran hasta sus viviendas.

En el sitio cada vez había más personas, muchos curiosos y otros dispuestos a prestar su brazo voluntario para lo que fuese necesario; entre estos últimos llegó el ciudadano francés Mauricio Sejourné, empresario del teatro Ayacucho quien se encontraba cerca del reportero de El Nuevo Diario, Elías Bernard. En la misma cuadra del siniestro, pero en dirección sur funcionaba el colegio para señoritas Santa Rosa de Lima, dirigido por las hermanas dominicas. A esa hora, las monjas y sus educandas se encontraban dormidas; pero el furioso crepitar de las llamas y el griterío de la muchedumbre las despertó al horror de lo que sucedía en la casa vecina. Las hermanas sacaron a las niñas de sus habitaciones y las llevaron al oratorio, allí rezaban porque pasara rápido el peligro cuando dos de las religiosas, sor Josefina Maqueda y sor Concepción Hitos, tomaron la decisión de acudir a una de las habitaciones del fondo, colindante con la Casa Santana para poner a salvo unos libros y otros objetos. La última vez que las vieron pasaban al lado del salón de pianos.

Arriba, policías y vecinos seguían combatiendo el fuego, el señor De la Torre quien ya acusaba cierto cansancio expresó su decisión de retirarse del lugar. Al niño limpiabotas que iba y venía se unió un compañerito algo mayor que él, quizás de 15 a 16 años. Frente a la vieja casona en llamas se veía a los hermanos Santana. Entre los valientes policías, destacaba un joven de tez oscura y ojos vivaces: Lorenzo Solórzano, el agente 274, quien había ingresado al cuerpo luego de prestar servicios en el ejército nacional, institución de la que egresó con el grado de sargento. Solórzano tenía 23 años y una linda esposa que lo esperaba confiada en casa. En la acera donde se erigía la bella casona en la que funcionaba el Banco de Venezuela, se podía ver al gobernador y al prefecto dirigiendo a gritos el esfuerzo colectivo, junto a ellos se encontraba el oficial de la policía Víctor Ramón Pérez, cuyo rostro lechoso se tornaba rojizo con el reflejo del fuego que combatía.

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Con el fin de acelerar la extinción de las llamas y evitar su propagación, la policía derribó las pesadas puertas del local, un grupo entró para buscar el origen del fuego, estaban allí los que hasta ese instante se habían mostrado más valientes: el par de niños limpiabotas, el joven Straack, Pedro Vicente García y el agente Solórzano, a ellos se sumó el joven hijo del propietario de la casa Lüning y Compañía quien se subió a un enorme saco de paja de los usados para embalaje con el fin de divisar mejor el sitio, afuera el coronel García ordenó a sus hombres subir a los techos de teja y romperlo en algunos sitios para desde arriba lanzar chorros de agua. Para esta labor unieron esfuerzos el propio coronel y dos de sus hombres, quienes a falta de escaleras improvisaron una humana con sus propios brazos; el coronel se alzó al agente número 20 y éste a su vez sirvió de apoyo para que subiera el número 25 Carlos Rojas. Ya en el techo el valeroso funcionario se ajustó el kepis y tomó la pesada manguera de la cisterna, abajo en la calle el español José de La Torre, luego de despedirse del General Carvallo alcanzaba la esquina de Traposos con la intención de llegar a su negocio. En el Santa Rosa de Lima las monjitas seguían en su labor de rescate de libros y objetos y dentro de la casa en llamas, Straack, Lüning, Solórzano, García y los chicos junto a otros vecinos y agentes hacían lo suyo. En ese momento el púber de 15 años se adentró en el local con un balde lleno de agua, la última vez que lo vieron danzaba entre las peligrosas flamas.

Afuera el coronel García y el agente 20 advirtieron de pronto un grupo de llamas demasiado vivas, desde su posición el número 25 también las vio y fue hasta el sitio de donde salían para rociarlas con la manguera. En el momento en que se situó encima de la peculiar candela una tremenda explosión sacudió el lugar. La onda expansiva derrumbó varios de los muros de las centenarias casas vecinas y el ruido fue escuchado hasta en los más apartados rincones. Desolación y muerte reinaban por doquier. Los espectadores que a esa hora disfrutaban de “La princesa de Granstark” y de “El Boticario Rural” en los teatros Ayacucho y Rialto salieron espantados de las salas sin saber a ciencia cierta que ocurría, la tragedia del teatro Caracas aún estaba fresca en la memoria. Tres cuadras abajo en la esquina de Sociedad los que sobrevivieron al estallido, aturdidos aún como estaban, trataban de auxiliar a los que quedaron dentro de la casa. Straack y Solórzano fueron rápidamente socorridos, ambos fueron llevados con graves heridas hasta el hospital Vargas. Allí rendirían la vida 24 horas después.

El joven Lüning quien de manera instintiva y milagrosa se había refugiado detrás del enorme saco de paja se puso a salvo de la explosión y de las pesadas vigas que se derramaron desde el techo, pero tuvo que aguantar varias horas entre los escombros hasta que pudieron rescatarlo. El resto sufrió una muerte horrible, sus cuerpos se hallaron seccionados y en el caso de uno de los policías solo se encontraron los zapatos. De los valerosos chiquillos solo se encontraron restos calcinados dos días después de la tragedia, nadie los conocía ni sabía de donde habían salido.

En la esquina de Traposos, el señor José de la Torre quedo tendido con el cráneo destrozado y el pecho hendido, quiso la mala suerte que al buen hombre que ya se retiraba del lugar le cayera encima una prensa de copiar que había volado a gran altura. El coronel Pedro Luis García y el gobernador sufrieron serios aporreos; el señor Mauricio Sejourné quien resultó herido de gravedad, fue recogido del piso por el reportero de El Nuevo Diario y llevado al hospital Vargas cuyos pasillos se llenaron de muertos y heridos.

En el 17 de la esquina de Camejo, las dos monjas del Santa Rosa de Lima que trataban de rescatar enseres murieron tapiadas bajo el peso de un grueso muro que se vino abajo, las niñas y el resto de las religiosas corrían espantadas por los pasillos y aún en la calle no lograban calmar el pánico que sentían. Al oírse la explosión, el comandante de la Guarnición Militar de Caracas, general Eleazar López Contreras ordenó a sus hombres salir con rumbo al lugar de la tragedia. Las llamas se habían avivado y un espeso humo impedía ver qué pasaba, era necesario saber la causa del terrible estallido. Varias manzanas al sur, entre las esquinas de Cruz Verde a Zamuro una burbuja de vidrio cargada con ácido se estrelló contra la pared de una de las viviendas. La burbuja procedía del almacén de Santana. Las casas y comercios cercanos sufrieron los peores daños, en el techo del teatro Ayacucho, ubicado a varias cuadras al norte cayeron varios artículos expuestos para la venta en Santana y Sucesores. En la fachada de la Joyería Americana quedó clavada una tijera, del cielo caían cantidad de objetos que de improviso se convirtieron en peligrosos proyectiles.

Rato después, cuando se logró aminorar el fuego, ingresó a lo que quedaba del local un grupo de soldados de la Guarnición Militar; de inmediato supieron lo que había pasado. Los dueños del establecimiento mantenían, al parecer sin conocimiento de las autoridades, una importante cantidad de barriles de pólvora destinados a la venta al detal en la sección de objetos de cacería. Fue este material el que causó la tragedia de la noche del viernes 10 de junio de 1927.

El incendio de la Casa Santana 1927

Al día siguiente, policías, militares y vecinos aún luchaban por extinguir las llamas; los médicos y enfermeras del hospital Vargas se esforzaban por salvar a los numerosos heridos. El gobierno del General Gómez decretó tres días de duelo y la ciudad se preparó con pesar y consternación para las exequias que tendrían lugar en distintos puntos. Varios días después continuaba la búsqueda de los desaparecidos y  las cuadras de Sociedad a Traposos y de Colón a Camejo seguían acordonadas.

Un cronista de la época rescató para la memoria algunos datos históricos: La casa en la que funcionaba la firma Quincalla y Ferretería Eduardo y Antonio Santana y Sucesores fue construida en 1814 por José Félix Ribas, tío político del Libertador y la casona en la que perdieran la vida las dos religiosas fue el sitio donde el tristemente celebre Pedro Carujo llegó a despertar al presidente José María Vargas para espetarle la conocida frase: “El mundo es de los valientes” para recibir la digna y no menos conocida respuesta de Vargas: ¡No! El mundo es de los hombres justos.

Las pérdidas de la Casa Santana pasaron los cinco millones de bolívares. Se decía que la fuerza de la explosión había desplazado una potencia de doscientas atmósferas. La situación claramente irregular de la presencia de tal cantidad de pólvora en aquel sitio, sin la debida permisología jamás fue investigada; ocurrió allí algo similar a lo que ocurriría en la planta de Tacoa 55 años más tarde.

Poco después del siniestro, el señor Roberto Santana contrajo nupcias con Belén Gómez, hija del dictador; el espíritu chacotero del caraqueño inmediatamente sacó punta de aquel evento social y en abastos y pulperías se repetía la frase: “¡Después del incendio, hay que asegurarse!

Lee aquí La Tragedia de Tacoa

Publicado el 1 de junio de 2012

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3 comentarios

  1. Felicito a sus autores, desconocía este hecho. Esto nos aumenta el grado de conocimiento y nos hace recordar la historia. También hubo pequeños héroes, los niños y policías, como el cuento del gorrión, que al ver como el bosque se quemaba, fue al río y mojó sus alitas para dejar caer gotitas de agua sobre las llamas, y así iba haciendo constantemente, mientras los demás animales huían, hasta que comenzó a llover…

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  2. Felicitaciones por el relato. Muy bueno. Lamentable las perdidas humanas por ese incendio… Me parece que alguien me comento acerca de ese incendio, que del cielo caian martillos, alicates y otros metales al rojo vivo causando heridas y daños alrededor y que despues del incendio una panaderia o algo asi ofreció cafe a los que lucharon contra las llamas…

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  3. Hay que recordar, que en el año 2002, una cuadra mas abajo, en la esquina El Chorro, hubo otra tragedia a causa del mal manejo de pólvora o artículos con pólvora, cuando fuegos artificiales que vendían de manera ilegal (buhoneros, para variar) y mal almacenados, estallaron en plena calle, causando varios muertos y heridos.

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