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El robo perfecto

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Se puede ocultar la mano que roba, pero no la que gasta

Proverbio árabe

En noviembre de 1947 el Consejo Supremo Electoral publicó en la prensa una extensa lista con los nombres de los ciudadanos habilitados para votar en los comicios del 14 de diciembre de aquel año y que darían como vencedor al novelista y dirigente de Acción Democrática, Rómulo Gallegos. En esa fecha Caracas seguía siendo una pequeña ciudad de peculiar nomenclatura, con vecinos que se citaban en los cafés del centro para animadas tertulias. Las carnes y los víveres se adquirían no en lujosos y asépticos hipermercados sino en el populoso Mercado de San Jacinto donde las mujeres pugnaban – entre flores y recuas de mulas – por las mejores presas de aves, de porcino o de vacuno para alimentar a sus familias.

La policía no terminaba de cuajar por la continua inestabilidad política y ya debía enfrentar una furiosa ola de criminalidad en la que según estadísticas de la época participaba un alto porcentaje de menores de edad; pero valga acotar que los crímenes cometidos tenían que ver más con la astucia que con la violencia. La estafa y la marrullería eran las reinas de un bajo mundo que los bisoños detectives de la Criminológicadebían enfrentar.

El desempleado Samuel Díaz apuró el café y dobló el ejemplar de La Esfera que había estado leyendo; luego de pagar la cuenta se unió al bullicio de la gente que subía por la esquina de Madrices, iba con la idea de buscar empleo en Aerovías Venezolanas S.A. (Avensa), casa en la que ya había trabajado como chofer. Apenas entró a la agencia se topó con Neville Walrond, súbdito ingles nacido 25 años antes en la isla caribe de Barbados y que se desempeñaba como encargado en el departamento de giros. Al verlo, Neville se dirigió a él en un español matizado por el rótico de su lengua materna.

– ¡Amigo Samuel! ¿Qué lo trae por acá?

– Chico, busco trabajo, tengo tiempo sin chamba y ya la papa se me puso dura. Vi en La Esferaque solicitan un chofer y como ya trabajé aquí me vine para ver si pego.

Neville que consideraba a Samuel un buen amigo lo apartó de la taquilla. Con aire misterioso lo llevó a un rincón apartado de la oficina, luego de mirar por encima del hombro le pidió que no solicitara el empleo. Las espesas cejas de Samuel se arquearon en un gesto de sorpresa pero cuando iba a hacer la pregunta de rigor el barbadense lo atajó.

– Lo que pasa amigo, es que tengo un plan. Un idea que me ronda desde hace tiempo y que puede hacernos ricos. – la expresión de Samuel pasó del estupor al interés mientras Neville le exponía su plan a grandes pinceladas y en voz cada vez más baja -. Cuando por fin terminó, Samuel no sabía si aceptar, la idea era bastante arriesgada pero si cuajaba era verdad lo que decía Walrond, ambos se harían inmensamente ricos y ya no sería necesario andar por allí buscando malos empleos de poca paga. El aspirante a chofer cayó en cuenta de que su amigo esperaba la respuesta y sin pensarlo más aceptó la oferta.

– Que sea lo que Dios quiera Neville, ojala todo salga bien.

Un resplandor de codicia iluminó el negro rostro de Walrond cuando vio salir a Samuel.

Cuando Neville Walrond llegó a Venezuela, el país hervía en rumores, el viejo General que lo gobernó 27 años con manos de hierro estaba en su lecho de muerte, conspiradores de todas las épocas preparaban sus maletas para el regreso y con ellos llegaban oleadas de inmigrantes esperanzados en poder tomar aunque fuera una ínfima parte del festín petrolero. Neville era apenas un púber de 13 años, que no sabía muy bien para qué había venido. Los primeros años de su estadía los pasó en Maracaibo a la sombra de los balancines que extraían el crudo del fondo del lago. Allí aprendió la mecánica y con ese oficio se defendió por un tiempo hasta que ingresó como empleado en la venta de vehículos Muchacho Hermanos, la experiencia que acumuló en aquella casa comercial maracaibera lo llevó a probar suerte en otras empresas, siempre con buen tino. Un buen día decidió dar un giro a su vida; se hizo profesor de inglés y hasta cambió su nombre por el de Rafael González, su innata habilidad para la enseñanza le procuró una extensa clientela y un sitial de respeto entre los vecinos de la zona.

Esto, sin embargo, no fue impedimento para que los inquietos pies del joven barbadense buscaran pronto nuevos rumbos. Neville quien era un católico devoto se hizo cofrade de la sociedad religiosa de San Felipe Neri y a los pies de su imagen pidió con fervor la bendición para el camino que emprendía. El muchacho había decidido viajar a la capital a probar suerte, pensaba que si bien en el Zulia estaba el petróleo, en Caracas estaba la sede del poder y por ello mayores facilidades para progresar. Por recomendaciones de amigos logró una plaza en el Departamento de Giros de la Avensa; sitio en el que pronto ascendió al primer escalafón por su responsabilidad y desempeño hasta que uno de esos malos días los espíritus de la ambición obnubilaron su mente para llevarlo por un peligroso camino.

El plan de Neville

En los años cuarenta los bancos venezolanos desconocían las elementales normas de seguridad para el resguardo de los valores que el público les confiaba; el dinero era trasladado de una agencia a otra por los propios empleados cuando se trataba de la misma ciudad y por compañías de encomiendas cuando debía ir de un estado a otro. La vigilancia era mínima, a los paquetes (para la época usaban sacos de tela cruda) apenas se le colocaban algunos sellos lacrados y códigos escritos a mano. El Banco de Venezuela por ejemplo usaba a diario los servicios de la Avensa para enviar valores desde su agencia principal hacia las sucursales en las distintas entidades del país. El procedimiento era como sigue: un empleado de confianza del banco, acompañado por uno ó dos policías llevaba los sacos lacrados hasta la oficina central de la empresa de encomiendas, allí se le recibía y se le extendía un talón de conformidad; ese paquete era luego llevado por un mensajero de la Avensa hasta el aeropuerto de Maiquetía donde lo entregaba al capitán de alguna de las aeronaves de la empresa, éste volaba hasta el sitio indicado y a su vez lo entregaba a un empleado local de la Avensa quien mandaba el paquete contentivo del dinero a la sucursal bancaria, el cajero principal lo recibía y en presencia de otras autoridades del banco lo abría para el respectivo arqueo. Dentro de la bolsa siempre había una carta con instrucciones precisas para la disposición de la cantidad enviada. Esta práctica tal como la narramos era común y al parecer a nadie se le ocurrió que alguna vez cualquiera de los paquetes pudiera ser violentado.

A quien si se le ocurrió fue a Neville Walrond quien vio en aquel procedimiento la oportunidad de hacerse rico sin mayores esfuerzos; durante meses planificó el asunto; estudió cuidadosamente la disposición de los sellos y la costura en cada saco hasta que se convenció de que para él sería relativamente sencillo violar la encomienda, sacar el dinero y sustituirlo por papel y trozos de metal que dieran al paquete el peso promedio según la cantidad contenida. Una ventaja que corría a su favor era el hecho de que por ser el jefe del departamento de giros tenía la llave de la oficina. Solo debía esperar la oportunidad en la que alguno de los paquetes llegara por la tarde y quedara para entregar al día siguiente, así él entraría en la madrugada, se haría del dinero y saldría por donde mismo entró. Lo único que le hacia falta a su plan era un cómplice: Neville creía que lo mejor era sacar el dinero de Caracas y llevarlo a algún lugar solitario donde pudiera ser enterrado mientras pasara la tormenta, ello debía hacerse el mismo día del robo, pero él no podía hacerlo pues tenía que regresar a su puesto para no levantar sospechas, así que aquí entraba Samuel Díaz, a quien conocía como persona seria y de confianza.

El “robo perfecto” de Neville seguramente se hubiese hecho antes de no haber ocurrido el otro gran robo de aquel año, el del millón de bolívares de la Mene Oil – reseñado ya en esta página – y que causó tal conmoción en la prensa que hizo retrasar al súbdito ingles la ejecución de su plan, para él en todo caso valía la pena esperar, solo sufría un poco cada vez que pasaban por sus manos aquellos sacos con miles de bolívares que parecían sonreírle desde su poca resguardada posición.

El que madruga coge agua clara

Pasadas las tres de la tarde del viernes 7 de noviembre un mensajero del Banco de Venezuela consignó en la oficina de Aerovías Venezolanas S.A. una bolsa lacrada que contenía medio millón en efectivo, 400 mil en viejos billetes de 100 bolívares y los otros 100 en billetes nuevos de 20. El envío tenía como destino la sucursal del banco en Maracaibo, por lo tarde que llegó el paquete se debía esperar al día siguiente para enviarlo. Neville se frotó las manos cuando supo que por fin todo encajaba para el golpe que lo haría millonario: Tenía el plan, tenía el cómplice, tenía el escondite y tenía el dinero; solo faltaba que cayeran las sombras de la noche para cerrar la operación. Al salir de la oficina corrió a buscar a Samuel para indicarle que debía estar listo pues a primeras horas del siguiente día irían a por el dinero que ya consideraban suyo.

Cuando el viejo reloj de carillón de la catedral anunció que eran las tres horas del sábado 8, dos sombras se deslizaron con sigilo al interior de la Avensa. Enguantados para evitar dejar huellas, Samuel y Neville avanzaron hacia el sótano a la luz de una vela, una vez abajo buscaron el paquete de la fortuna y con maña comenzaron a abrirlo evitando alterar los sellos de lacre. Neville quien estaba provisto de una hojilla llevaba a cabo la operación mientras Samuel sostenía la vela, al cabo de un rato el paquete estaba abierto y del interior extrajeron el medio millón. Los hombres desconfiaron del fajo de billetes nuevos de 20 Bs. y decidieron dejarlo, completaron el paquete con pedazos de cartón cortados en forma rectangular y para aparentar el peso original de la bolsa (10 kilos 300 grs.) incluyeron varios pedazos de estaño; luego Neville con precisión de artesano se dedicó a darle a la bolsa su primitivo aspecto. Cuando estuvieron seguros de que todo estaba como lo encontraron, metieron los 400 mil bolívares en una mochila de tela y salieron del edificio. La ciudad seguía desierta, solo en la esquina de Santa Capilla se toparon con un policía que más dormido que despierto les dio los buenos días.

aeropuerto grano de oro avensa

El paquete en Maracaibo

A la una de la tarde del sábado 8, Gonzalo Barboza, chofer de la Avensa Maracaibo vio aterrizar el vuelo 21 en una de las pistas del aeropuerto Grano de Oro. Luego de intercambiar saludos con el capitán de la aeronave recibió los paquetes que iban para aquella ciudad, uno de ellos destinado a la oficina local del Banco de Venezuela. En Maracaibo la Avensa funcionaba en el edificio sede de la firma H.L. Boulton, hacia allí enfiló Barboza. Al llegar entregó los paquetes al señor Rafael Roncajolo, quien fungía como encargado de la agencia. Por ser sábado Roncajolo decidió dar en custodia el paquete del banco a Jaime Parra Luzardo, apoderado general de la firma H.L. Boulton quien lo guardaría en la bóveda hasta la mañana del lunes.

A la nueve de la mañana del lunes 10 el paquete por fin llegó a la agencia bancaria, allí fue recibido por el cajero principal José Santos Olivares quien convocó a otros funcionarios para realizar el arqueo. La sorpresa fue mayúscula cuando en lugar del dinero esperado solo hallaron los cien mil bolívares en billetes de 20 y los trozos de cartón y estaño. Comunicaron la novedad al gerente quien de inmediato llamó a la policía, al poco rato estaban allí dos detectives del Departamento de Investigación Social: El Inspector Luis Rincón y el Jefe de Dactiloscopia, Adolfo Gutiérrez. Hechas las entrevistas, los policías incautaron el paquete y se pusieron en contacto con sus colegas de la Dirección de Investigaciones Criminológicas de la Comandancia General de la Policía de Caracas. Lo primero que había que hacer era reconstruir la ruta del paquete desde su salida de la sede central del banco en la esquina de Sociedad hasta su llegada a la agencia local en Maracaibo.

Samuel se va de cacería

Más allá de Santa Capilla los hombres se separaron, Neville fue a cambiarse para regresar a la oficina y Samuel se fue a su casa en la calle Real de Sarría, de allí salió a primera hora ataviado de cazador, llevaba la mochila de tela con el dinero y una vieja escopeta. Cuando abrió la taquilla del Ferrocarril Central en la estación Santa Rosa, Samuel era uno de los primeros en fila, adquirió un boleto con dirección a los Valles del Tuy y aparentando la más prístina inocencia esperó a que la maquina saliera. Durante el trayecto entabló conversación con otros pasajeros y preguntó si era cierta la especie de que la zona de El Encantado era un buen sitio para cazar perdices. Los conocedores asintieron y Samuel fingió mostrarse satisfecho. El tren avanzaba lentamente por el idílico paraje que llevaba de Caracas a Petare, a cada lado de la vía frondosos jabillos y palos de mango daban sombra a los campesinos que se desplazaban en bestias llevando los frutos de su cosecha.

Luego de una corta parada en la estación Las Tunitas en el pueblo de Petare, el tren siguió avanzando. Esta vez a la vera del Guaire cuyas oscuras aguas cincelaban la roca dándole extrañas pero hermosas formas, pronto se asomó la estación de El Encantado en la que se apeó Samuel escopeta y morral al hombro. Con el número que llevaba montado de cazador de perdices se internó entre las breñas hasta que no sintió a sus espaldas nada que tuviera que ver con la presencia humana. Las voces hacía rato habían quedado atrás y apenas se escuchaba el rumor lejano del río. Solo cuando se sintió seguro sacó el paquete y empezó preparar un hoyo cerca de un árbol. Antes de enterrar la bolsa sacó 10.000 bolívares “para gastos”, en realidad una pequeña fortuna si se toma en cuenta que en aquella época un vehículo nuevo costaba la mitad de esa suma. Al terminar la faena, Samuel marcó el sitio como pudo y se aprestó a regresar a la ciudad.

La recompensa del banco y las pistas en falso

Puesto al tanto del desfalco del que había sido objeto, el Banco de Venezuela en la persona de su vicepresidente, el señor Emilio Beiner ofreció una gratificación de 20.000 bolívares a la persona que identificara al responsable. Esto lejos de ayudar solo provocó dolores de cabeza y pérdida de tiempo a los detectives marabinos que tuvieron que lidiar con un montón de pistas falsas suministradas sin recato alguno por los “amigos” y conocidos de las personas involucradas en el traslado del paquete.

Desde el mismo momento en que fue informado del robo por el detectivismo zuliano, Jorge Maldonado Parilli, jefe de la criminológica de Caracas comisionó a los agentes Joaquín Ferro, Adolfo Hubner Castro, Carlos Morales y Freddy Urbina para que asumieran las investigaciones. El mismo lunes 10, tanto Ferro como Urbina acudieron a la sede central de la Avensa para iniciar los interrogatorios a todo el que hubiese tenido que ver con el paquete. Entre los interrogados estuvo, el encargado de aquella oficina Neville Walrond quien posó como un inocente, honorable y leal empleado. El martes 11 a primeras horas de la mañana Ferro y Urbina volaron a Maracaibo para apoyar las investigaciones de sus pares; Hubner Castro y Carlos Morales permanecieron en la capital para analizar, junto a Maldonado Parilli el resultado de las entrevistas; éste por mera intuición sospechaba de Walrond, había algo en las respuestas de aquel tipo que no terminaba de convencerlo, así que dio la orden de vigilar sus movimientos.

Descartada Caracas como sitio del robo por falta de indicios firmes, las pesquisas se centraron en la tierra del sol amada, allá los empleados de la Avensa y de HL Boulton vivirían una pesadilla de varias semanas gracias a dos elementos que se unieron para conspirar en su contra: Por un lado la jugosa recompensa ofrecida por el banco removió lo más oscuro de alguna gente que no dudó en inventar historias comprometedoras y por el otro estaba el hecho de que la alta gerencia del banco necesitaba probar a toda costa que el dinero fue sustraído fuera de la capital pues de lo contrario no podrían cobrar la póliza que tenían con la Aseguradora Caracas. Así que intereses económicos se confabularon en contra de los empleados marabinos.

El martes 11 de noviembre en horas de la tarde fueron detenidos Rafael Roncajolo y Gonzalo Barboza, en la noche de ese mismo día una comisión policial apresó al señor Enrique Huerta, otro de los chóferes de la empresa de encomiendas. Alguien puso a rodar la especie de que estos tres empleados tenían que ver con el robo; según esa versión Huerta había recibido el paquete en el aeropuerto de manos del capitán del vuelo 21 Allen Crane; luego lo entregó a Barboza quien a su vez acudió a una de las habitaciones del hotel “Franklin” donde lo esperaba Roncajolo, allí violaron la encomienda para extraer el dinero y posteriormente Roncajolo se fue a la agencia local de la Avensa para poner el paquete en manos de Jaime Parra Luzardo quien lo guardo en la bóveda de HL Boulton.

Ese mismo día el señor Alfredo Boulton en compañía del doctor Luis Pinto Salvatierra solicitó la libertad bajo fianza de los empleados de la Avensa manifestando tener plena confianza en ellos, por su parte Pinto Salvatierra pidió que no se descartara la posibilidad de que el robo se hiciera en Caracas e hizo notar el interés que tenía el banco en hacer aparecer que el dinero salió completo de aquella ciudad pues de esa forma la compañía de seguros estaría obligada a pagar la póliza correspondiente.

Pese a esto y a que la versión del robo en Maracaibo parecía traída por los pelos, nadie quedó en libertad. Los detectives prefirieron seguir esa pista y a continuación detuvieron al apoderado de HL Boulton, Jaime Parra Luzardo. Esa detención causó roncha en los medios por estar ese señor vinculado a los altos círculos sociales y económicos de la capital del Zulia. El siguiente paso de la defensa fue intentar un recurso de habeas corpus ante los tribunales. El jueves 14, el doctor Rincón Fuenmayor Juez de Instrucción y del Crimen de Maracaibo anunció que no tenía en sus manos suficientes elementos de juicio para producir un auto de detención. Ese mismo día, el abogado Luis Pinto Salvatierra se quejó formalmente porque no había podido tener acceso a los detenidos, aquellos permanecían completamente incomunicados.

En el Cuartel de Policía los días y las noches se iban en las diligencias sumariales. Jacobo García Ordóñez, fiscal del Ministerio Público prácticamente se mudó a la sede policial, una a una iban desfilando ante él y los detectives las personas citadas a declarar bien fuera en calidad de testigos o de indiciadas. A la semana siguiente los investigadores acudieron a las oficinas de HL Boulton para detener al señor Garr Stanford, jefe del departamento de mercancías secas. El motivo de aquella detención no trascendió a la opinión publica, solo se le dijo a la prensa que pruebas caligráficas practicadas a un escrito que había en uno de los cartones obtenidos de la bolsa violada comprometían seriamente a uno de los encarcelados, al parecer los trazos caligráficos del detenido eran muy similares a los aparecidos en el cartón. Esto complicó las cosas para los presos que veían ahora más lejos la posibilidad de ser liberados. Sin embargo serían los verdaderos autores del delito, los que con sus acciones posteriores al robo, darían las claves para la solución del caso.

policia de maracaibo

Se puede ocultar la mano que roba…

A mediodía del miércoles 12 de noviembre un presuroso Neville Walrond atravesó las cuadras que separan a Santa Capilla de San Jacinto, saludó a los conocidos que se refrescaban en la cervecería Donzella para luego bajar a La Atarraya en donde lo esperaba Samuel. No se veían desde la madrugada del robo y quedaron de almorzar juntos ese día para intercambiar impresiones. Con el apuro que llevaba Walrond no llegó a percatarse de la sombra que lo seguía mimetizándose hábilmente entre los tranvías y viandantes. A pocos metros de la puerta del restaurante el tira desaceleró el paso.

Samuel lo saludó desde una de las mesas con la mirada vidriosa; tenía frente a sí una copa a medio vaciar de brandy, la tercera de la espera. A Neville lo hirió el aliento alcohólico de su amigo pero no le reconvino porque sabía que tenía sobrados motivos para celebrar, pensó que lo acompañaría con gusto toda la tarde de no tener que regresar a la oficina y para no desentonar pidió una copita de amargo, un licor casero muy popular en ese entonces, preparado con aguardiente, berro y “fruta de burro”. Ambos escogieron lo mejor del menú para comer y entre trago y bocado soñaron con las cosas que harían ahora que eran ricos. Neville anunció que continuaría un tiempo en la empresa para no levantar sospechas y Samuel reveló sus deseos de conocer mundo. En la euforia saturnal no advirtieron que desde la barra un par de ojos sagaces registraban cada uno de sus movimientos.

Al terminar la comida Samuel deslizó con disimulo a las manos de Neville cinco mil bolívares, la mitad de la suma que sacó de la bolsa antes de ocultarla en el monte. Quedaron en verse de nuevo lo más pronto posible pues siendo ambos amantes de los juegos de azar tenían pensado tentar la fortuna ya bien fuera en el hipódromo de El Paraíso o en algunas de los tantos garitos que habían en la ciudad. Neville tomó su sombrero y con paso vacilante salió a la calle. Antes de ir a la oficina, como temiendo algo, entró reverencial a la iglesia de Santa Capilla para depositar 200 bolívares en el cepillo del Cristo, con aquella suma le pidió sacrílegamente al hijo de Dios que lo protegiera de la policía, cuando llegó a la Avensa la sombra que lo seguía pasó de largo hacia el cuartel de la Comandancia General de Policía. El lazo estaba tendido.

Lo que vino a continuación fue la más vulgar expresión de la estupidez humana. Walrond y Díaz se dedicaron a gastar la plata a manos llenas haciendo ostentación de lujos que antes no tuvieron. Cuando las remesas se agotaban excursionaban a El Encantado para traer más dinero. Frecuentaban los peores cubiles, jugaban a las loterías y al 5 y 6; su fervor hípico era tal que compraron boletos para el Derby de Inglaterra. Como el viaje al sitio donde tenían el entierro les comenzó a parecer tedioso decidieron trasladar el botín a un sitio más cercano; a la ribera de la quebrada La Loca en la carretera a Guarenas. Walrond quien ahora tenía más amigos decidió prestar 5 mil bolívares a uno de ellos, a un tal Carlos Samuel Sánchez Méndez para que comprara un rutilante Chevrolet modelo 48; con eso además de quedarle agradecido le serviría de chofer. En la navidad de 1947 Neville obsequió a los suyos con champaña y coñac y en la mañana del primero de enero capitaneó una excursión a las playas de Camurí. Díaz por su parte cumplió su promesa de viajar, en menos de dos meses hizo cuatro viajes a Curazao y Puerto Rico, sitios de donde venía cargado de ropa que luego lucía acá ante sus amigos cual si fuera una estrella de cine.

Todo esto por supuesto llamó la atención de Maldonado Parilli y sus muchachos que de inmediato supieron que tenían a los culpables del robo. Solo que en este caso debían ser cautelosos pues ya sus colegas de Maracaibo habían cometido muchos errores y uno más podía echar todo por la borda, además estaba el hecho de que al banco no le interesaba reconocer que el robo fue hecho en Caracas; así que fuera lo que fueran a hacer tenían que andar con pies de plomo.

Como quien no quiere la cosa citaron a Neville nuevamente a declarar por los primeros días de febrero; le preguntaron y repreguntaron por lo que había pasado el sábado que recibió la encomienda. El hombre aparentando una tranquilidad que no tenía reconstruyó su versión, fingiendo hastío. Quiso saber la razón de aquella citación – ¿Por qué lo convocaban precisamente a él? Él que había demostrado en todos sus años de servicio el más fiel apego a las normas de la empresa además de una insobornable honorabilidad. Antes de darle la estocada, Maldonado Parilli lo miró con socarronería, le ofreció un Viceroy que Neville tomó con manos nerviosas. Mientras Hubner Castro le acercaba fuego con afectada amabilidad, Parilli disparó la pregunta lentamente.

– ¿Nos puede usted explicar señor Walrond de dónde conoce al señor Samuel Díaz?

Neville sintió que la sangre se iba de su rostro y que el vuelco en la boca del estomago le producía nauseas. Trató de mantener el aplomo aunque se sabía perdido. Solo en ese momento cayó en cuenta de que lo habían estado siguiendo y él cual perfecto estúpido se pavoneaba como si fuera un pachá. Lo mismo había hecho Samuel, con sus grotescos viajes de placer a las islas del caribe. – Cuanto sabrían estos policías – se preguntó. – De seguro todo, hasta dónde tenían escondido el dinero – sin embargo aquí reflexionó. – Si estos supieran todo nos hubiesen apresado y no estuviesen preguntando tonterías.

– A Samuel lo conozco de cuando trabajó como chofer en la Avensa, nos hicimos amigos y aún nos vemos de vez en cuando.

– ¿Y nos puede usted explicar de dónde sacan la plata para el suntuoso tren de vida que llevan últimamente?

Ante esta pregunta Neville Walrond montó el número del ofendido. Imprecó, se quejó, amenazó e insultó. ¿Cómo era posible que dudaran de él? Toda su vida había trabajado duro, por supuesto tenía sus ahorros. Él respondía por sus acciones pero no podía responder por la de otros. Al final en un suspiro preguntó qué si lo iban a dejar detenido y para su alivio Parilli movió negativamente la cabeza.

jorge maldonado parilli

En el páramo de El Zumbador

Cuando salió a la calle caía la tarde, la fría brisa que bajaba del Ávila le ayudó a calmarse y a poner en orden sus ideas. Decidió actuar rápido pues sabía que estaba cercado, no faltaba ya mucho para que los de la criminológica resolvieran el caso. Llamó a su amigo Carlos Samuel Sánchez Méndez para informarle que esa misma noche saldrían en un viaje al occidente, tal vez Maracaibo, tal vez Táchira, en el camino decidiría. Ante la sorpresa de Sánchez Méndez y para no ponerlo nervioso, Neville le aseguró que solo sería un paseo, un viaje para distraerse – Necesito respirar otros aires – le dijo. El otro asintió y prometió pasar a buscarlo a eso de la diez.

A la medianoche el timbre del teléfono despertó a Maldonado Parilli que dormía en la comandancia. La llamada provenía de uno de sus agentes que le informaba del misterioso viaje de Walrond. Enterado, el jefe policial telegrafió a los gobernadores de Táchira y Zulia para pedirles que montaran alcabalas e impidieran el paso del Chevrolet 12-752 del Distrito Federal. – Detengan a sus ocupantes y remítanlos a esta ciudad al término de la distancia –.

En la mañana del viernes 6 de febrero de 1948, Neville Walrond viajaba cómodamente arrellanado en el Chevrolet de su amigo; frías ráfagas de viento golpeaban el parabrisas mientras avanzaban entre los frailejones del páramo de El Zumbador. Para alejar de su mente las nubes del miedo, Walrond trataba de concentrarse en la lectura de El último mohicano de James Fenimore Cooper. Sin embargo, las aventuras de Uncas, de su padre Chingachguk y del coronel Munro no bastaban para aliviar la desazón que sentía. Se procuró un cigarrillo y cuando iba a encenderlo pudo ver que detrás de una curva había un retén policial. Tomados por sorpresa solo alcanzaron a oír la voz hosca del comandante de la Policía de San Cristóbal cuando les grito:

– ¡Alto!

A la misma hora que los cariacontecidos Walrond y Sánchez Méndez eran bajados del páramo en una radiopatrulla, una comisión policial detenía a Samuel Díaz en la puerta de su casa en la calle real de Sarría. Llevaba consigo 2.870 bolívares que de inmediato le fueron incautados. Sin embargo los policías tuvieron que luchar duro para que confesaran. Ninguno daba su brazo a torcer y en modo alguno revelaban el lugar donde escondían el botín. Los detectives pusieron en práctica los más hábiles interrogatorios hasta que por fin – 8 días más tarde – Neville se quebró, confesó todo con pelos y señales, hizo un relato pormenorizado de lo sucedido, con lo que entregó a su cómplice en bandeja de plata. Cuando los carearon ambos se echaban histéricos la culpa del fracaso. Del monto robado la policía recuperó doscientos treinta y un mil doscientos setenta bolívares y tres anillos con diamantes falsos – seguramente vendidos a los pillos del “robo perfecto” por alguien más listo que ellos -.

Puesto Neville y Samuel a buen resguardo, a Maldonado Parilli solo le quedaba hacer una cosa: Rechazar formalmente en su nombre y en el de los detectives a su cargo, el premio en metálico ofrecido por el banco a quien descubriese al autor del robo en la oficina de la Avensa. En la carta que conservó con orgullo toda su vida puede leerse:

Caracas, 18 de febrero de 1948

Sres. Emilio Beiner y Federico Pacanins

Vicepresidente y Secretario del Banco de Venezuela

Con objeto de clarificar lo concerniente con el premio de 20.000 Bs. ofrecido por ese instituto a quien descubriese al autor del robo realizado en las oficinas de la Avensa, válgome de la presente para ratificar ante ustedes, de manera categórica lo que personalmente les dije el 17 de los corrientes: No puedo aceptar esa recompensa.

Aconséjame proceder así la propia dignidad del cargo que desempeño. Tanto privada como profesionalmente me considero pagado de los desvelos que a mi y a mis subalternos trajo la laboriosa investigación del robo, con la conciencia de haber cumplido con mi deber devolviendo al banco una cantidad respetable y entregando a la justicia a los culpables del atentado.

De ustedes atento amigo, Jorge Maldonado Parilli, Director de Investigaciones Criminológicas.

Publicado el 19 de octubre de 2012

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30 comentarios

  1. que bien que buen reportaje los felicitos por su profesionalismo dios los bendiga y sigan asi le doy mi apoyo a sus historias

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  2. Excelente página amigos. Me gustaría que publicaran la historia del secuestro del avión de aropostal en curazao, o del accidente del avión de avensa en maturín del que se conoce muy poco. Saludos.

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    • Saludos Rafael, la historia del secuestro del avión de Aeropostal la estamos preparando en estos momentos para una futura publicación, el otro caso no lo conocemos si nos puede usted proporcionar la fecha con gusto lo trabajaríamos. Muchísimas gracias por su comentario y las sugerencias. Que tenga un excelente día.

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      • Fue un accidente de un DC-9 de Avensa que se estrelló a los pocos minutos de despegar de Maturin. Murieron 77 personas, y nunca se supieron las causas. Hubo muchas especulaciones, porque el piloto supuestamente había escrito un libro llamado “Aproximación Final”. Eso sucedió el 22 de Dic de 1972. Saludos

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  3. dioosss amo este blog paso hoooorassss leyendo en vez de estudiar….sigan asi !!!

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  4. buenas amigos quisiera saber informacion sobre el robo del banco union no se de que año donde uno de los ladrones muere se llamaba tomas le decian tomasito segun tengo entendido el junto cn un grupo d ladrones o su banda pues hicieron el primer robo a ese banco o a unos d los banco de caracar y tomasito muere de 132 tiros x enfrentarse ala policia

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  5. jorge maldonado parrilli yo necesito comprar las tesis del curso de detective privado soy egresado del i.p.d como hago existe el instituto privado de detective toda via mi matricula es 5.279 AÑO 87 mi telefo es 0414.7619161.Y el de mi casa 0291.315.16.13

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    • Hola amigo, según sabemos el Instituto Privado de Detectives está ubicado en la Av. Urdaneta Edif. Karam 3 Ofic. 314 | Caracas, Distrito Capital, Venezuela y el teléfono es 0212 – 561 60 67. Esperamos sea útil la información.

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  6. Que Blog tan bueno, les felicito, de verdad que estudiar el pasado es imprescindible para entender el presente y tratar de descifrar el futuro!!

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    • Buenos días Germain, gracias por tomarte la molestia de comentar. Es muy cierto lo que dices: conocer el pasado y tenerlo en cuenta es imprescindible, para las naciones, para las organizaciones de todo tipo y para las personas. Conocerlo y entenderlo nos permite trazar en el presente el rumbo futuro. Llegue hasta ti un abrazo.

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  7. Felicitaciones por esta labor. Notas muy bien escritas. Complacido por la presencia de este espacio. Saludos, Alfredo Schael

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  8. Excelente recopilación, al igual que otras leídas en este Blog y que amenazan en convertirme en un “adicto” al mismo.
    Gracias por ese esfuerzo investigatívo y de difusión.

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  9. todas las historias y la forma como lo exponen es insuperable felicitaciones¡¡¡¡¡¡

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  10. Fue un robo perfecto, pero con imperfecciones humanas. Grandioso, todo el honor y el respeto para sus autores .Recomiendo, que por favor, si pueden investigar sobre la estafa hecha al banco Latino, creo que en el segundo gobierno de Caldera..y otras quiebras y estafas bancarias,como por ejemplo, el de un banco del estado Lara llamado Casa Propia, donde uno de los culpables, profesor universitario, se suicidó.

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    • Salud amigo Pepe, abordaremos en nuestra agenda de investigación estos casos que sugiere por su vivo interés público y porque merecen ser recordados y conocidos, gracia por sugerirlos. Un abrazo.

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  11. Excelente trabajo mejor imposible, me gusta mucho leer estas historias donde Venezuela y su gente fueron los protagonistas. Al final se pudo dar con los culpables.

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  12. Trabajo en un ciber y me la pasaba jugando candy crush hasta que descubrí esta pagina jajajja. Felicitaciones

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  13. Hola mis saludos con respeto a ustedes… Excelente trabajo de investigación y periodístico, me gusta mucho la forma objetiva como hacen todas las redacciones… A mi me encanta leer y ahora todas las noches antes de dormir leo un tema… Mil felicitaciones… Besos

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  14. muy interesante

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  15. Quisiera el de los bloques del 23 de Enero de Mármol León. ¡Qué buenos son! Los felicito

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  16. ¡Hola! Qué extraño, en casi todas las crónicas aparece un Parilli… hay apellidos que han manejado los hilos del país y nadie se percata de estos detalles… ¿Tendrán algún nexo familiar? ¿O serán casualidades?

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    • Saludos María, gracias por tu comentario. En efecto, se trata de casualidades en algunos casos pero en muchos son apellidos que se repiten a lo largo de la historia. Un abrazo

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