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El quinteto de la muerte

El quinteto de la muerte

Lo último que vería Miklos Toth en su vida serían los ojos inyectados de odio del tipo que lo apuntaba con un arma; amarrado y amordazado con sus propias corbatas el pobre hombre solo atinaba a negar con la cabeza por cada pregunta que le hacían. En la sala de estar su esposa era salvajemente ultrajada por los cómplices de su verdugo y en otra de las habitaciones su pequeño hijo rezaba aterrado pidiendo al cielo que aquellos intrusos se fueran pronto de casa.

– Por última vez… dime dónde están el dinero y las joyas – Soltó la bestia en medio de un vaho alcohólico.

Al no obtener respuesta apretó el gatillo fríamente. Se sintió en la habitación un sonido óseo al chocar el proyectil contra el cráneo. El corazón de Miklos Toth, húngaro de 46 años, se detuvo pasadas las tres horas del lunes 21 de marzo de 1967. Curiosamente nadie recordaría después haber oído el disparo que le quitó la vida, ni siquiera dentro del apartamento donde había tenido lugar la pesadilla.

Cinco días antes

Miguel Antonio García (a) El Chino entró a la vieja sala de billar de la esquina de Cochera y al no ver a la persona que buscaba pidió una cerveza. Se sentó tranquilamente en un costado del local sin prestar atención a ninguna de las partidas. Tampoco los presentes se fijaron en él. García era un hombre bajo, rechoncho, de piel oscura y con el rostro redondo y salpicado de pecas. Miraba al mundo desde los ojos rasgados causantes del apodo con el que se le conocía en el mundo hamponil. Había nacido 36 años atrás en la oriental población de Quiriquire y buena parte de su vida la llevó como huésped de presidios. Recién había salido de la cárcel de La Pica y estaba en el billar ese día con la intención de concretar un negocio.

Cuando se disponía a pedir otra cerveza llegó el hombre que esperaba, Luis Moreno, un colombiano trotamundos que en su afán de ganar dinero no reparaba en la manera de obtenerlo. El 8 de marzo Moreno compró tres armas en la ciudad de Miami: Dos pistolas y un revolver calibre 38 y ahora venía a ofrecerlas a García. Los dos hombres se fueron a una de las mesas del fondo y como quien no quiere la cosa El Chino echó una rápida ojeada a la mercancía que traía su amigo, allí dentro del bolso las armas lucían relucientes y limpias de toda culpa.

– ¿Cuánto?

– 500 por las tres – respondió Moreno

– ¿Y no te parece mucho?

– Oiga viejo man, no joda. Le estoy ofreciendo tres espíritus puros, nuevecitos. Ahora si quiere le doy una que tengo allá en la pensión… pero eso si parece un cementerio, está llena de muertos.

– Ok, tranquilo colombiano, prefiero estas; pero no tengo tanto dinero ahorita, dame chance a hacer un trabajito hoy y mañana con toda seguridad te las compro. ¡No las vayas a vender!

– Listo, listo, usted me da la platica mañana y son suyas.

El Chino García apuró su cerveza y salió del billar. Con pasos rápidos se fue a buscar a «La Muerte», a «Pajarote», a «El Flaco» y a «El Maracucho» los cuatro socios con los que trabajaba en la actualidad. Cada uno de estos hombres era un prontuario humano; todos de talante agresivo y pendenciero estaban acostumbrados a lidiar con lo peor del género humano. García les habló del negocio con el colombiano y los 4 estuvieron de acuerdo en que adquirir aquellas armas los ayudaría en el “trabajo” que hacían. Como un estado mayor el Quinteto de la Muerte pasó revista a los posibles robos que podían cometer ese día; tenía que ser algo relativamente sencillo y productivo, pues tenían el óbice de contar tan solo con un viejo revolver. Luego de una breve discusión todos se decidieron por un cercano almacén de artefactos electrodomésticos. Era el sitio ideal pues por las noches era cuidado por un viejo vigilante al que resultaría fácil reducir.

El quinteto de la muerte

La operación, tal como esperaban, resultó exitosa y a la mañana siguiente estaban al este de la ciudad en el barrio de Chapellín con un lote de televisores y aparatos de radio por el que les pagaron exactamente 500 bolívares, los mismos que necesitaban para adquirir las tres armas. Antes de regresar a su guarida en la esquina de Cochera decidieron dar una vuelta por la zona de clase media para vislumbrar posibles oportunidades. Enfilaron el vehículo por la calle Nivalda; como animales de carroña, el Chino García y su lugarteniente Luis Félix Figueroa González (a) El Flaco auscultaban cada rincón de la avenida, se fijaban en cada quinta, en cada edificio y con mirada experta detectaban potenciales grietas de seguridad que les permitieran acceder al interior de las viviendas.

Con satisfacción constataron que en un pequeño edificio, de nombre “Joy”, era posible llegar a una ventana sin protección del segundo piso. Solo necesitarían una escalera pues en la fachada y sobre la entrada principal había un pequeño saliente por el que podían escalar fácilmente hasta la tentadora ventana. Luego de conseguir a ese nuevo “cliente” los hombres se fueron a comprar las armas. Ese día que era viernes, así como todo el fin de semana, descansarían; como veteranos del hampa sabían bien que de viernes a domingo lo mejor era estar inactivos pues en esos días la vigilancia policial aumentaba.

El lunes 21 de marzo que en aquel año era inicio de la Semana Santa, los 5 rufianes se reunieron al final de la tarde; compraron una botella de ron Tresañejo y se sentaron en torno a la misma para calentar el cuerpo; de manera extraña en Caracas hacía frío; pese a ser marzo la temperatura promediaba los 15 grados centígrados. Luego de estar un rato libando el licor de melaza los hombres sintieron la necesidad de probar algo más fuerte, así que llamaron a su proveedor de hierba que los citó en la plaza Miranda. Con cautela y de manera furtiva concretaron la transacción. Para fumar tranquilamente bajaron hasta el cercano cine Urdaneta, una vieja sala que solo proyectaba películas pornográficas a las que nadie prestaba atención pues en las butacas todos estaban en otra cosa.

Consumidos los cinco “pitillos” de marihuana y agotada la provisión de ron, los delincuentes se dispusieron a comenzar la faena. Cuando salieron del cine eran más de las diez de la noche. Abordaron su automóvil que sin problema alguno atravesó la ciudad; por ser lunes las calles estaban semidesiertas y la presencia policial era nula. Como un grupo de juerguistas atravesaron las zonas de tolerancia en la avenida Lecuna, hasta bajar a la autopista del Este desde donde tomaron rumbo a Bello Monte, una urbanización de clase media cuya nomenclatura está dedicada a prominentes personajes históricos. Al llegar a la Plaza Lincoln subieron a la calle Chopin, siguieron a la Bompland tomando el cruce que los llevaba hasta el triangulo de la Voltaire, en cada una de las calles acechaban la oportunidad; se devolvieron por la misma ruta y cuando bajaban de nuevo por la Chopin con dirección a la Leonardo Da Vinci la esperada oportunidad llegó. En el edificio “Romero” alguien había cometido la estupidez de dejar la puerta abierta. Como una manada de hienas abandonaron el carro y entraron al inmueble. Con el Chino García y el Flaco Figueroa iban Ferminio Silva (a) La Muerte, José Islanda Lezama (a) Pajarote y José Humberto Chourio, (a) El Maracucho. La trágica noche apenas comenzaba.

El quinteto de la muerte

En marzo de 1967 los periodistas que cubrían la fuente de sucesos tenían copioso trabajo. Las páginas rojas abultaban el cuerpo de tabloides y standard, una noticia sucedía a la otra con vértigo alucinante. El viernes 3 de aquel mes fue encontrado en el Km. 11 de la carretera Panamericana el cadáver abaleado del doctor Iribarren Borges, ex presidente del Seguro Social, por esos mismos días apareció en un pasillo del Hotel Cervantes el cuerpo de la joven Eleonora Huerta, quien había sido asesinada por su novio, el ex agente de la Digepol Humberto Nodales García para robarle un dinero, el 1ero de marzo la señora Caridad Sperandio viuda de Alirio Ugarte Pelayo sorprendió al país con nuevas revelaciones en torno a la muerte de su esposo, en esta oportunidad acusaba a un grupo de parlamentarios como autores intelectuales del presunto homicidio; por su parte el padre Luis María Biaggi, acusado de la violación y asesinato de su hermana esperaba en una celda la decisión de un Tribunal de Reenvío que días después lo pondría en la calle, en Falcón se reportaba la supuesta muerte en combate de José Manuel Saher Eljuri, efectivo guerrillero conocido como El Chema Saher, en la urbanización El Llanito en el extremo este de Caracas, un ingeniero encontró la muerte a manos de unos ladrones y ahora el Quinteto de la Muerte se disponía también a dejar su impronta en la historia criminal del país.

Klus Peter Mayachit dormía profundamente al lado de su esposa Josefina, quien para la fecha tenía 6 meses de embarazo. Ambos ocupaban un bonito apartamento en la segunda planta del edificio “Romero” en la calle Chopin de Bello Monte. Su placido sueño fue interrumpido por una sucesión de violentos golpes en la puerta, sin saber bien qué ocurría, Klus se levantó con la intención de investigar. Su esposa lo siguió asustada hasta la sala donde con horror fueron testigos de la irrupción de un grupo de hombres con caras de pocos amigos. Para no levantar las sospechas de los vecinos, los maleantes fingieron ser funcionarios policiales realizando un allanamiento. Una vez dentro de la casa mostraron amenazantes sus armas y empezaron a preguntar por el dinero y las joyas. Klus Peter fue golpeado repetidamente por dos de los hombres mientras los otros se dedicaban a poner la casa patas arriba.

Caminaban de un lado a otro violando cerrojos y abriendo gavetas; en un rincón iban colocando las cosas que consideraban de algún valor; al no obtener respuesta del matrimonio empezaron a golpear a la mujer hasta que uno de ellos consiguió 8 mil bolívares que mostró triunfante al resto. En ese instante descubrieron unas botellas de güisqui en un aparador y decidieron sentarse en el recibo a beber como si fueran amigos de la familia en un domingo de fútbol. Envalentonados por el alcohol y las drogas y carentes del mínimo sentido de la moral parecían disfrutar del tormento al que sometían a la pareja, en un momento a alguno de ellos se le ocurrió saciar sus instintos con la pobre mujer, sin importarle su estado de gravidez. Dos horas estuvieron en aquella casa y solo salieron de allí cuando estimaron que ya habían causado todo el daño que podían. La señora de Mayachit quedó sumida en una espantosa crisis de nervios y horas más tarde sería sometida a una cura de sueño por los médicos de la Clínica Caurimare. En las dos más terribles horas de toda su vida, Klus Peter logró grabar en su memoria los rostros de sus agresores, que ahora se disponían a seguir la ruta de su macabra juerga.

El quinteto de la muerte

Daniel Cárdenas Gutiérrez se ganaba la vida manejando un taxi. Cuando salía de su casa al caer la tarde, su esposa siempre le pedía que se cuidara. Como muchos otros taxistas Cárdenas Gutiérrez prefería trabajar de noche pese a la inseguridad, porque el tráfico era menor y las tarifas eran más elevadas. Aquel día no esperaba obtener gran cosa; por ser Semana Santa y lunes la ciudad estaba vacía, así que decidió irse a probar suerte entre Las Mercedes y Bello Monte – en una zona sembrada de restaurantes, night clubes y clínicas algo de movimiento debe haber – pensó.

Con gesto aburrido sacó un cigarrillo mientras daba vuelta al volante de su Ford 61 para bajar por la calle Chopin cuando a mitad de la cuadra vio a un sujeto que le sacó la mano solicitando sus servicios; maquinalmente Cárdenas aparcó a su lado. Ya no tuvo tiempo de arrepentirse cuando vio entrar por la ventanilla al feo cañón de una pistola que terminó en su pómulo izquierdo, desde las sombras cuatro hombres más surgieron cargados de objetos. El taxista no supo en que momento lo ataron y amordazaron para dejarlo en el lobby del edificio “Romero”. Al quinteto no le pareció mala idea hacerse de otro vehículo ahora que andaban de “compras” por la ciudad. La siguiente parada estipulada por el Chino García sería en el edificio “Joy” en Chapellín. En el techo del carro llevaban una desvencijada escalera de madera. Iban a ser las tres de la madrugada.

Cuando por fin pudo desatarse, Daniel Cárdenas Gutiérrez corrió hasta la más cercana estación de servicio donde pidió ayuda para llamar a la policía. Una voz somnolienta lo atendió en el “80” de la Policía Municipal, la persona le pidió todos los datos y de inmediato dio aviso a las radiopatrullas que andaban por la zona, sin embargo ya no hallaron rastros del vehículo reportado. A esa hora el Quinteto de la Muerte tenía rato de haber llegado a destino.

En las tinieblas del sueño Miklos Toth creyó escuchar un gemido, parecía provenir de “Lobo” el pastor alemán de la familia, intrigado decidió pararse a ver si el animal estaba enfermo. Al sentir que su esposo se movía en la cama, Elizabeth despertó azorada. Afuera se oía el ruido de alguien que tropezaba con los muebles.

– Tal vez sea “Lobo” – apuntó el comerciante húngaro a su esposa – seguramente lo enfermó la comida de anoche…

No terminaba de decir la frase, cuando se encendió la luz de la habitación y tuvieron frente a ellos al grupo de facinerosos, ahora más envalentonados y lascivos que antes. Sin terminar de entender qué pasaba fueron sacados de la cama a empellones. Para no dar tiempo a que gritaran, los bandidos cogieron un puñado de corbatas de un ropero con las que los amordazaron y maniataron; Al hombre lo ataron a la cama y a la mujer la sacaron a la sala de estar. Ésta con terror vio como iban a la habitación de su hijo de 10 años. Con el rostro bañado en lágrimas parecía pedir con la mirada que no le hicieran daño.

Como en la casa de Bello Monte, las bestias paseaban de un lado a otro con la seguridad que les infundía la droga y el alcohol, en este lugar también encontraron botellas de güisqui que se dispusieron a beber, aumentando con ello los niveles de agresividad que ya traían. Los tres eran interrogados:

– Por su propio bien, digan dónde guardan el dinero y las joyas.

Al no recibir respuesta los delincuentes comenzaron a golpear a Miklos. Su esposa a la que le habían quitado la mordaza les pedía aterrada que se llevaran todo lo que quisieran, pero que por favor no le fueran a matar a su esposo. «La Muerte» y «El Maracucho» acumulaban en la sala todo lo que pudiera ser de valor. En la habitación, el Flaco Figueroa interrogaba al asustado húngaro. Afuera el resto de los hombres se dedicaron a ultrajar a la mujer. El chino García seguía buscando el dinero cuando escuchó al Flaco Figueroa preguntar:

– Por última vez, coño… dime dónde están el dinero y las joyas.

Acto seguido sintió la detonación que nadie más pareció escuchar, entró al cuarto y al ver lo que su compinche había hecho le arrancó el arma de las manos.

– Hay que salir de aquí – Gritó -.

A la orden del jefe, el grupo comenzó a recoger las cosas, uno tomó una grabadora, otro una guitarra, otro 140 bolívares que halló en un tarro y el otro una maquina de escribir, salieron de la vivienda dando un portazo.

En el apartamento vecino, ocupado por una familia haitiana no escucharon el disparo, pero si oyeron el grito de terror de Elizabeth al ver a su esposo muerto. Dora Laforest salió corriendo a la puerta a ver que pasaba, más atrás iba su padre el ingeniero Raúl Laforest. Cuando la chica abrió la puerta vio pasar al Chino García y éste que no le gustó tener testigos de su retirada le lanzó una bofetada. Al ver aquello el ingeniero Laforest sin medir las consecuencias de lo que hacía se le arrojó encima con la suerte de tomar al hombre por sorpresa. En un rápido giro logró desarmarlo. García al verse dominado y desarmado puso pies en polvorosa. Laforest le disparó tres veces sin lograr darle. En la calle el resto de los hombres se subían velozmente al carro, en el apuro de la huída olvidaron la escalera, el taxi de Daniel Cárdenas y los zapatos que el Chino se quitó para no hacer ruido al momento de entrar en el apartamento para narcotizar al perro.

Al día siguiente el vehículo fue encontrado por la policía en un cruce de la avenida Andrés Bello, los delincuentes lo habían estrellado contra un poste cuando se escabullían. Dentro encontraron algunos de los objetos robados en Bello Monte y en casa de los Toth. La captura no sería difícil pues por todas partes había huellas y abundaban los testigos. Del caso se encargaron el Jefe de la Brigada contra Homicidios de la Policía Técnica Judicial, comisario José Antonio González y el propio director del organismo el veterano Carlos Olivares Bosque. Con ayuda de los testigos se elaboraron retratos hablados de los sujetos que se dieron a conocer a la prensa. En una operación tenaza la policía capturó a toda suerte de ladronzuelos y “aguantadores”. Los informantes de la policía se movían con agilidad tratando de averiguar la identidad de aquellos hombres. No pasó mucho tiempo sin que alguien hablara. Uno de los tantos detenidos en las redadas policiales creyó identificar en aquel retrato, la cara del Chino García. No tengo dudas, le dijo a la policía. Él y su grupo compraron recientemente unas armas a un contrabandista colombiano y andaban con la idea de asaltar algunas casas. Con aquel dato el comisario González envió comisiones a Maracaibo y al oriente del país. Se sabía que en el grupo había un maracucho y que El Chino era oriental, a algunos de los dos sitios habían ido a parar.

El quinteto de la muerte

El 28 de marzo Carlos Olivares Bosque declara a la prensa que los asesinos estaban plenamente identificados y prometió que su captura llevaría como máximo 72 horas, sin embargo para el momento de la declaración no sabía a ciencia cierta en que punto del país se encontraban. Al día siguiente leyendo los periódicos, el comisario José Antonio González se entera de la ocurrencia de un hecho de sangre en la ciudad de Barcelona, en el estado Anzoátegui. Según la nota de prensa 5 hombres ingresaron a una quinta para robar y violar a 4 damas que se encontraban presentes, en seguido supo que eran los hombres que estaban buscando. Ordenó a la comisión que estaba en Maracaibo que tomara un avión y se fuera en el término de la distancia a reforzar a la que ya estaba en la región oriental. Los detectives tomaron declaración a las mujeres agraviadas y por las señas que éstas suministraron confirmaron que los atacantes eran los mismos que ellos andaban buscando. De inmediato se tendió un cerco en torno a ellos, se allanaron cientos de hoteles, bares y pensiones hasta que el 30 de marzo detuvieron a tres de los hombres en Puerto La Cruz. Al Chino García lo detuvieron mansito en su casa de Quiriquire y al maracucho en una pensión de mala muerte en el centro de Caracas.

El viernes 31 de marzo de 1967 los cuatro hombres que estaban en oriente fueron trasladados a Caracas y el sábado primero de abril los cinco fueron llevados a la rueda de reconocimiento en la que participaron la señora Elizabeth, viuda de Toth, los esposos Mayachit, el taxista Daniel Cárdenas, el ingeniero Raúl Laforest y su hija Dora y los fiscales del Ministerio Público Alfredo León Domínguez e Iván Maldonado Ordoñez.

En los días previos a su traslado al retén carcelario en el que estarían a las órdenes del Tribunal de primera Instancia en lo Penal se armó una polémica entre El Chino y El Flaco Figueroa cuando comenzaron a acusarse mutuamente del asesinato de Miklos Toth. Las experticias practicadas a ambos demostraron que el autor del disparo había sido Figueroa, éste desde las celdas de la PTJ juró con amargura matar al Chino García.

– Juro que mataré al Chino García en la primera ocasión que se me presente, la traición entre nosotros se paga con la muerte y pobre de él si llega caer en mis manos.

Al Quinteto de la Muerte le esperaba una larga temporada en la cárcel Modelo de Caracas. Y tanto el Chino como el Flaco esperaban saldar su deuda de sangre.

Publicado el 7 de septiembre de 2012

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10 comentarios

  1. Q rabia siento al leer todas estas atrocidades, impotencia….! y que serà la vida de estas bestias?? todavia viven?? que hacen??? Demasiado tenso esta historia, y felicidades por su buena redaccion, saludos y abrazos

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    • Saludos Laura,
      Gracias por tu comentario, fíjate es difícil que con la vida que llevaban sigan viviendo actualmente. Si viven sus edades oscilan entre 80 y 60 ya que el menor de ellos tenia 18 años de edad para la época del crimen. Gracias por leernos y recomendarnos, un abrazo.

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  2. saludos al equipo muy interesante el relato de esta historia y felicitaciones sigan adelante y dios los bendiga

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  3. EXCELENTES REPORTAJES, MIS FELICITACIONES POR ESTA PAGINA, ME ESTOY DANDO UN GUSTAZO, CON ESTOS REPORTAJES, ACA EN VENEZUELA DEBERIA DE EXISTIR LA PENA DE MUERTE, NO ES POSIBLE QUE MONSTRUOS DE ESA CALAÑA, PAGUEN MAXIMO EN LA CARCEL 30 AÑOS, UNAS BASURAS COMO ESA, QUE ASESINARON Y VIOLARON A UNA MUJER INDEFENSA SIN IMPORTARLES QUE ESTABA EMBARAZADA, SOLO MERECEN LA MUERTE, PENA DE MUERTE POR EL ASESINATO Y PENA DE MUERTE POR LA VIOLACION A UNA MUJER EMBARAZADA, LO LASTIMOSO DE LA JUSTICIA VENEZOLANA ES QUE A LO MEJOR LAS 5 CINCO BASURAS ESAS SI NO ESTAN MUERTOS, ESTAN LIBRES……….

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  4. El Comisario José Antonio Gonzalez es el mismo al cual se le asignó 6 años después de este caso, cubrir el retiro del dinero del pago del rescate de parte de los secuestradores del niño Vegas. Como saben, la plata había sido dejada en la camioneta de la Sra. Trina en La Castellana y no se cubrió el operativo fotográficamente de una manera inexplicable y de esta manera saber quien retiró la camioneta del sitio.

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  5. Basuras como esas, merecen pena de muerte. En todo el mundo hay que aplicar el ojo por ojo y diente por diente. Nadie sale de una cárcel reintegrado y socializado.

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  6. EXCELENTE RELATO.. FELICITACIONES..!!

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  7. Tengo un par de años leyendo sus columnas, de verdad le felicito…un trabajo como el que ud hace es bien valorado y no lo mucha gente en VZla….. así como también me sirve de información sobre una época en la cual estaba pequeño o no había nacido…(mi papa me hablo mucho de 4 Crímenes 4 Poderes, creo que me leí el libro en dos días…así como también de otros crímenes que afectaron la sensibilidad social del país….)
    …que increíble saber que mientras llegaba la democracia a finales de los años 60, venia de la mano con una ola de crímenes y terror en la sociedad venezolana. Da lastima saber que no se hacia nada para contener esa ola de violencia, ..es increíble,,,el país no ha cambiado nada en 100 años…. me da tristeza. …saludos..

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