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El falso obispo de las 11 esposas

Obispo Davernon Le Grand asesino serial

Para julio de 1965 Anita Rivero, hija de inmigrantes puertorriqueños, tenía varios años en el departamento de policía de la ciudad de Nueva York. No fue fácil su ingreso al cuerpo por su doble condición de discriminada siendo mujer y latina pero con empeño había logrado entrar.

No es que se sintiera especialmente atraída por aquel empleo pero sabía que a pesar del riesgo que implicaba le daba estabilidad a su vida. Como agente asignada al condado de Brooklyn, veía pasar sus días sin grandes contratiempos, la mayor parte de los casos que asumía no pasaban de ser los picarescos episodios propios de cualquier comunidad. Hacía una semana que su jefe le había ordenado vigilar las manzanas que arrancan en la avenida Bedford y terminan en Utica, labor que acometía sola y a pie.

Esa mañana, luego de tomar su desayuno en un café cercano al Brower Park se dispuso a hacer su primera ronda. Al rato de deambular vigilante por la adoquinada calle paró frente al 1002 de Sterling Place donde según un discreto cartel funcionaba el Templo Pentecostal de San Juan de nuestro Señor, en aquel edificio de cuatro pisos ocurría algo que llamó la atención de Anita desde el primer día; cada mañana un hombre elegantemente trajeado salía con un grupo de mujeres vestidas de monjas, las llevaba en una camioneta y las iba dejando en distintos sitios, el hombre se manejaba con una gran autoridad ante ellas.

La agente policial había podido constatar que las monjas dedicaban toda la jornada a pedir limosnas para “los niños de la escuela de San Juan”. Había algo en aquellas mujeres que no terminaba de convencer a Anita. En un primer momento desestimó sus inquietudes atribuyéndolas al típico prejuicio de la católica frente al protestante; sin embargo en todo ese asunto había algo que no parecía cuadrar, así que decidió llegar hasta donde estaba una pareja de monjas para requerir sus credenciales de religiosas.

Cuando las dos mujeres vieron que Anita se acercaba hasta ellas con intenciones de hablarles se mosquearon, esta reacción no pasó desapercibida para la agente quien de inmediato les solicitó la documentación. Las mujeres sin mediar palabra tomaron a Anita por los cabellos y comenzaron a golpearla y rasguñarla, la mujer policía se defendía como podía y en cuanto pudo pidió ayuda con su silbato. Las extrañas monjas trataron de escapar pero en la esquina un autopatrulla les cerró el paso, ambas fueron apresadas y luego de un rápido proceso las enviaron a cumplir una corta condena.

Este curioso incidente llevó a que se iniciara una exhaustiva investigación en torno a la secta a la que pertenecían las detenidas, los policías recabaron información sobre el líder del grupo. El hombre se llamaba Davernon Le Grand y asumía los títulos de doctor en ciencias divinas y obispo. Semanalmente daba clases de psicología, teología y metafísica y se sabía además que celebraba matrimonios y funerales. Se trataba de una persona organizada y metódica a la que le gustaba vestir de manera elegante, llevaba siempre las uñas laqueadas y cuidaba su aspecto al extremo de que se habituó a llevar una peluca de finos cabellos ondulados con el fin de ocultar su calvicie.

La investigación reveló otros detalles que dejaban muy mal parado a Le Grand, por lo que un juez emitió una orden de allanamiento y requisa. Cuando los detectives ingresaron al templo pudieron ver que en realidad se trataba de un harem habitado por once mujeres y 47 niños, presumiblemente hijos del “obispo”. Cada una de estas mujeres estaba encerrada en una celda de la que solo podían salir con autorización de Le Grand. Cada aspecto de su vida era controlado por este hombre; él decidía a que hora comían, a que hora se bañaban, como debían vestirse y hasta la hora para sus necesidades fisiológicas.

Davernon Le Grand todas las mañanas despertaba a sus mujeres, las ayudaba a vestirse y luego las llevaba a lugares determinados donde pedían limosnas y donde las recogía en las noches. Según cálculos de la policía las “hermanas” recababan de 80 a 100 dólares diarios.

Cuando alguna de las mujeres intentaba rebelarse, Davernon Le Grand les recordaba que se exponían al castigo del fuego eterno y cuando este recurso ya no le funcionaba apelaba a un código existente en su teología personal según el cual la mujer que desobedecía se convertía automáticamente en pecadora y como el pecado se anida en los huesos, el castigo que debían recibir era la ruptura de los huesos por medio de bastonazos.

1002 de Sterling Place NY Obispo Davernon Le Grand asesino serial

Davernon Le Grand fue arrestado y llevado ante un magistrado de la corte criminal de Brooklyn. De pie, elegantemente erguido, con los brazos cruzados y con gesto desdeñoso se enfrento despreciativamente al magistrado laico que pretendía incriminarlo. Ni siquiera se descompuso cuando  el asistente del procurador estatal Edgard Panzarella, enumeró los cargos de sanción (secuestro de 47 niños, violencia contra dos muchachas, posesión de narcóticos y de armas de fuego y rapto de una joven). El juez le impuso una fianza de 75 mil dólares.

El abogado de Le Grand expresó que le parecía injusto que se le impusiera una suma tan elevada a un piadoso ministro religioso que había dedicado su vida entera a la salvación de las almas.

Al oír esas palabras, el magistrado se quito los anteojos, los pulió cuidadosamente y luego abrió una carpeta que se refería al falso obispo. El primer folio trataba de algunos de sus antecedentes: diez arrestos desde 1946, en diferentes ocasiones; adulterio, corrupción de menores, posesión de material pornográfico, violencia a mano armada; una condena en Sing Sing, por provocar un aborto y otros cargos de menor importancia, cuando termino de leer el prontuario del “piadoso ministro de Dios” repitió la cifra que debía pagar por la fianza si quería salir en libertad: 75 mil dólares.

En realidad para Le Grand aquella cifra no significaba gran cosa pues sus ingresos en promedio rondaban los 400.000 dólares al año y en todos los que llevaba con aquella farsa había logrado acumular una gran fortuna.

Posteriores investigaciones de la policía revelaron que del harem habían desaparecido misteriosamente tres mujeres que presumían asesinadas pues una de las “hermanas confesó que en una ocasión le dijo al obispo que no quería seguir allí y este le respondió: “bien hermana, váyase si quiere pero terminará como otras pecadoras anteriores a usted que manifestaron el mismo deseo, esto es desapareciendo sin dejar el menor rastro”.

Asombrosamente y pese a todo lo que se descubrió, el templo-harem de Davernon Le Grand siguió funcionando un tiempo más. Lo único que pudo hacer la policía fue excavar en algunas de las áreas tratando de localizar los cuerpos de las mujeres desaparecidas. Luego todo se olvidó y el rastro de este falso obispo se perdió con el tiempo.

Actualmente y según pudimos constatar en la página web de una firma inmobiliaria, el edificio que hace 46 años sirvió de sede al “Templo Pentecostal de San Juan de Nuestro Señor”, se encuentra en venta; seguramente las personas que lo adquieran jamás llegarán a saber las terribles cosas que se vivieron a intramuros del 1002 de Sterling Place.

Publicado el 23 de julio de 2011

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3 comentarios

  1. Muy buena historia, pero me dejó con ganas de saber más, asi que busqué en internet y halle que este falso obispo fue un asesino serial y en el año 1977 fue sentenciado a cadena perpetua por los homicidios que se mencionan acá, más otros hechos fatales. Les dejo la página para que chequeen:
    Le Grand asesino Serial

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  2. Excelente historia, y el complemento ayudo mucho a saber del paradero final de este sujeto

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