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El doble crimen de Prados del Este

El doble crimen de Prados del Este

La rabia de los celos es tan fuerte que fuerza a hacer cualquier desatino.

Miguel de Cervantes Saavedra

Cerca de las doce de la noche del sábado 3 de octubre de 1964 Leonor María Blanco de Cabré oyó un chirrido de frenos frente a su casa, como no era común en la zona se sintió algo inquieta. Los timbrazos cortos y seguidos que se sucedieron en la puerta terminaron de enervarla.

Intrigada, vio a través del postigo a su primo Eduardo Blanco quien parecía muy agitado; apenas abrirle, el hombre entró como un tornado ordenando más que pidiendo:

– ¡Préstame el teléfono!

– ¿Tienes algún muchacho enfermo? – preguntó la mujer entre sorprendida e irritada.

– No. Vengo a llamar a la policía porque acabo de matar a Luis Carías y a Carmen Luisa.

– ¿Por qué?

– Porque los encontré besándose.

Sin dar lugar a más preguntas, el ingeniero tomó la bocina y marcó el 80 de emergencias.

– Buenas Noches; tome nota por favor; le habla el ingeniero Eduardo Blanco Borges; vivo en la calle Paso Real de Prados del Este, quinta “Ebo”, E.B.O. Acabo de matar a mi mujer. Vénganse que aquí les explico. 

El hombre devolvió el auricular a su sitio para enfrentar por primera vez a su prima que boquiabierta, lo miraba incrédula y aterrada.

18 horas antes

A Eduardo Blanco lo despertaron los goterones de lluvia que golpeaban los adoquines del patio. Por las agujas fosforescentes del reloj de mesa supo que aún no amanecía. Decidió levantarse, pese a que había dormido poco pues ese día tenía una importante cita con el consultor del Ministerio de Obras Públicas, encargado de revisar las licitaciones para la autopista Coche-Tejerías.

Sigiloso para no perturbar el sueño de Carmen entró al pequeño baño de la habitación. Luego de asearse, vistió el traje escogido cuidadosamente la noche anterior y salió. Decidió no desayunar en casa – Como algo más tarde – pensó. Solo cuando estuvo en su auto, esperando a que calentara el motor vio que era muy temprano, sin embargo se puso en marcha.

Miró sus manos trémulas en el volante y recordó la noche anterior; había bebido unos tragos con su cuñado mientras resolvían problemas de matemáticas y pasaba de la una de la madrugada cuando se fue a dormir. Ahora el trasnocho y los residuos de alcohol en su sistema lo hacían sentir mal. Sabía que a Carmen Luisa le disgustaba verlo tomar,  en más de una ocasión tuvieron serias disputas por eso. A ella la ponía nerviosa, el carácter fácilmente irritable de su esposo que se hacía más volátil cuando bebía; pensando en aquello Eduardo llegó a Baruta, como aún era temprano decidió pasar primero por un corte de cabello a la barbería. La cita con el doctor Donato, el consultor era a las 8 y todavía faltaba una hora.

Al verlo llegar, un italiano desgarbado y narigudo salió a recibirlo, le ofreció asiento, tomó el saco del ingeniero para colgarlo en el perchero y a continuación le cubrió el torso con un paño. Hizo un dobladillo con papel higiénico que insertó cuidadosamente en el cuello y se dispuso a hacer su trabajo en silencio. Blanco que hojeaba, sin leer, la edición del día de El Universal siguió pensando en sus cosas. La cita con Donato era un trámite formal a cubrir luego de asegurar el contrato para los trabajos en la construcción de la autopista; debían hacer las pruebas de mezcla de concreto para garantizar que el material se ajustaba a las normas de calidad requeridas.

Al recordar que había conseguido la buena pro para la compañía, una sonrisa triunfal asomó en su rostro. Aquello significaba mayor crecimiento personal. A los 42 cumplidos Eduardo Blanco Borges era lo que la gente da por llamar un tipo de éxito: respetable ingreso, casa propia en uno de los más lujosos urbanismos del este, puesto directivo en una constructora de jugosos negocios con el estado y matrimonio “estable”. Su formación básica la recibió en Venezuela y la universitaria en Colombia donde se licenció en Ingeniería. Casó muy joven con Carmen Luisa Olivo con quien tuvo cinco hijos varones a los que bautizaron con nombres que empezaban por la letra “E”: Eduardo, Enrique, Ernesto, Efraín y Eugenio, el mayor de ellos, Eduardo, tenía 18 y el menor, Eugenio, apenas 15 meses.  

Los Blanco-Olivo conformaban la típica pareja de señalados logros materiales y soterrados conflictos afectivos. Asiduamente recibían en casa a familiares y amigos con los que compartían cordiales veladas en la terraza. Aquel día había motivos para celebrar, era fin de semana y tenían ese contrato así que decidió que invitaría a su viejo amigo y socio Luis Eduardo Carías a tomar unos tragos. Sin embargo estaba aquel molesto asunto con su esposa. – No importa – se dijo – No es nada que no pueda resolver con una píldora de Antabus, al salir de acá pasó a comprar una caja -.

El Antabus, cuyo componente activo es el disulfiramo, es una droga usada para tratar el alcoholismo, pero la creencia popular le atribuía poderes para repeler el alcohol por lo que, según esa lógica mal fundamentada servía para tener más aguante mientras se bebía. Blanco pensaba que tomando un par de píldoras podía controlarse mejor aquel día. Al salir de la barbería, pasó a tomar un café, luego a una farmacia y a las 8 en punto esperaba a Donato. Hubo de esperar largo rato, luego de dos horas le informaron que el consultor no iría a trabajar ese día. Sin embargo, para no hacerle perder más tiempo las pruebas se harían bajo la supervisión del ayudante de Donato. Todo salió a pedir de boca. Ya pasaba de la una cuando terminó aquello y como tenía mucho sueño decidió ir a casa a dormir un rato.

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Noche de farra con ecuación mortal

Eduardo Blanco, acompañado de Carmen llegó a casa de su amigo Luis Carías a las 6 de la tarde sin haber dormido gran cosa. Estaba allí porque cuando intentaba dormir, Carías pasó a visitarlo. Al verlo tendido en la cama, se recostó un rato con él para charlar mientras hojeaba un ejemplar del Gallo Pelón, famosa revista humorística de la época. Tomó una taza de café que preparó Carmen Luisa y al final viendo que Blanco dormitaba decidió irse.

– Tú tienes mucho sueño, mejor me voy a la casa a cuidar a las niñas que están solas porque mi esposa está en el Centro Médico visitando a su madre. Por cierto, ¿me acompañarías a verla hoy? Le prometí a mi suegra que le llevaría frutas.

– Bueno, pero no enseguida, déjame cabecear otro rato. A la seis paso con Carmen Luisa a buscarte.

Los dos hombres tenían 36 años siendo amigos, se conocieron en la infancia y al culminar el bachillerato viajaron a Bogotá a seguir estudios universitarios. La prole de ambas familias los trataba como tíos. Ahora eran socios en una empresa constructora de números positivos y futuro promisorio. El ingeniero Luis Eduardo Carías vivía con su esposa e hijos en la calle Suiza a pocos metros de la quinta Ebo.

Blanco Borges estacionó el auto y vio en la puerta de la casa al hijo mayor de Carías, quien con su primo Charles Brewer y otro amigo se disponía a salir de pesca submarina. Se acercó a saludarlos, mientras Carmen pasaba a la casa. Carías no tardó en salir y al ver a su amigo conversando con los chicos, bromeó:

– ¿Por qué no nos vamos a pescar con ellos?

– ¡Yo estoy dispuesto! Fue la respuesta jovial de Blanco Borges.

Los dos ayudaron a los chicos a arreglar el equipo mientras las mujeres se alistaban para salir. 

A las 6:30 de la tarde el grupo llegaba al Centro Médico de San Bernardino, allá encontraron a Laura Margarita, la esposa de Carías. La visita duró menos de una hora. Luis prometió a su suegra que volvería a la mañana siguiente y se despidió de su esposa con un beso pues ésta debía quedarse a cuidar de su madre. Cuando subían al auto, Blanco recibió de su amigo la oferta que él pensaba plantearle, tomándolo del brazo Luis le propuso con picardía:

– Vamos a rascarnos tú y yo hoy

Blanco Borges asintió con un guiño de ojos y enfiló su auto a Prados del Este, al llegar allá, Luis Carías manifestó que se sentía nervioso así que pasaron a una farmacia por un frasco de Librium, luego pararon en un abasto para comprar una botella de Old Parr  y varias bolsas de palitos de maíz con queso que servirían como pasabocas. Al rato entraron por la calle Suiza para dejar a la hija y a la sobrina de Carías en casa de éste. Como una de las hijas menores de Carías se encontraba postrada en cama con un fuerte catarro, el hombre quiso pasar a ver cómo seguía, Carmen Luisa se quedó con él y Blanco siguió hasta su casa para ir preparando el festejo.

Una vez en la quinta, el ingeniero hizo saber a la domestica, María Belén Santiago que aquella noche no comerían. Le pidió en cambio que le ayudara a preparar unos huevos de codorniz; Enrique, uno de los hijos del ingeniero se dispuso entusiasmado a preparar la salsa para los huevos.  Al llegar Luis y Carmen, Blanco los llamó a la terraza donde les sirvió sendos vasos de güisqui puro con hielo. Carías luego de probar su trago dijo que prefería suavizarlo con soda, así que Eduardo, el hijo mayor de Blanco tomó el auto y fue hasta el abasto por varias botellas del agua carbonatada.

Eduardo Blanco buscando mayor resistencia apuró a escondidas una píldora de Antabus con un sorbo de güisqui, sintió por breves segundos en su boca el desagradable sabor a metal del medicamento que desapareció con un largo trago de agua. La velada continuó entre repetidos brindis, música y charla amistosa en compañía de Eduardo y Enrique los hijos mayores del matrimonio Blanco-Olivo.

Según recordaría Eduardo Blanco después para el sumario policial, aquella noche se habló de todo: los aguaceros de octubre, la epidemia de sarampión que azotaba a Caracas, los reductos de guerrillas que aún quedaban dispersos y la reciente visita del presidente francés Charles de Gaulle.

A eso de las diez, el trío filosofaba sobre la voluntad para dejar el cigarrillo. Los jóvenes seguían allí a la saga escuchando todo aquello cuando de pronto Luis Carías, con mirada traviesa les arrojó un billete de 10 bolívares.

– ¡Los invito al cine, muchachos!

Al ver que Enrique cogió el billete en el aire, Carías dijo a Eduardo en tono de broma: – Avíspate, que te van a tumbar tu fuerte – . Ya más en serio pidió a los chicos que antes de irse al cine pasaran por su casa y le dijeran a Odilo, el mesonero que por favor le mandara otra botella de Old Parr. Eduardo y Enrique decidieron pasar de una vez por casa de “su tío Luis” a buscar la botella. A las 10:20 minutos de la noche, Luis Carías alarmado les advirtió:

– ¡Son las diez y veinte, váyanse que van a perder el cine.

– Tranquilo tío – le dijo Eduardo – Yo me pongo rápidamente en el cine.

Los chicos antes de irse colocaron un nuevo disco. Lo último que recordaba Eduardo Blanco con relativa claridad era a Luis Carías pidiéndole que bailara con Carmen y él con voz pastosa respondiéndole que no tenía muchas ganas. En ese momento quedaban en la quinta: Eduardo, su esposa Carmen, su amigo Luis, Belén la señora de servicio, y los tres hijos menores: Ernesto, Efraín y Eugenio.  

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Los recuerdos

Dos años después en su lóbrega celda del Centro de Reeducación Artesanal de El Paraíso, Eduardo Blanco aún trataba de rescatar de la memoria fragmentos de lo que ocurrió la noche en la que mató a su esposa y a su mejor amigo.

Como destellos en medio de una cerrada oscuridad iban apareciendo imágenes inconexas. Trozos de una tragedia que dejó en la orfandad a 12 criaturas y destrozó la vida de dos familias que hasta entonces habían sido amigas.  

Lo que Eduardo Blanco lograba recordar de lo sucedido entre  las 10:20 de la noche y la 1:00 de la madrugada era el rostro achispado de Luis que le decía: -Amigo, estoy muy rascado, vas a tener que llevarme a casa -, los ceniceros llenos de colillas, el güisqui a medio consumir en los vasos, el perro de la casa ladrándole a la nada, su amigo Luis pidiéndole que bailara con Carmen, la botella de Old Parr vacía, la otra que mandó Odilo y que nunca abrieron, la música en el tocadiscos, de nuevo Luis: -Estoy rascado – y de pronto, él mismo bajando del segundo piso de la quinta sin saber cuando ni por qué había subido, el “préstame el teléfono” a su prima Leonor, el llanto sobre el cadáver de su esposa mientras le preguntaba: ¿Por qué me engañaste?, la pierna de Luis sobre la silla en la que estaba sentada Carmen, de nuevo la música, la botella de Old Parr en el pasillo rota y llena de sangre. La cara asustada de Belén cuando le pidió que encerrara a los muchachos en el cuarto, el ¡Asesino! que le gritó Enrique cuando lo subían esposado a la patrulla y en un relámpago de certeza, el revolver tronando en sus manos.    

La noche del jueves 8 de octubre de 1964 los detectives del Distrito 1 de la Policía Técnica Judicial con ayuda de un médico psiquiatra realizaron la reconstrucción del doble crimen de Prados del Este. El ingeniero Eduardo Blanco, por indicación del oficial, bajó del auto policial con rostro hermético. Gafas oscuras ocultaban sus ojos y marcaban la frontera entre su amplia frente y su larga nariz. Vestía de traje blanco, corbata negra y mocasines. Lucía avejentado. Antes de entrar a la casa paró un momento para mirar por última vez la fachada.

Una vez en la terraza, el ingeniero dudó cuando le preguntaron sobre la hora en la que cometió el doble homicidio.

– La tragedia ocurrió entre las 11 y las 12:30 de la noche – dijo vacilante.

– ¿Estaba usted muy borracho? Preguntó el detective.

– No estaba completamente embriagado, sino “paloteado”.

Animado por un cigarrillo y con ayuda del médico psiquiatra, el hombre comenzó a hilvanar recuerdos:

– Nos tomamos una botella de Old Parr… La otra, la que trajeron luego no sé si nos la bebimos. En dos o tres ocasiones Luis me dijo: “Amigo, estoy muy rascado, vas a tener que llevarme a casa”, pero antes me había dicho que bailara con mi esposa, creo que eso fue cuando los muchachos se fueron al cine. Ahora, de esas palabras – la sugerencia para que bailara – al momento en que los maté, no sé cuanto tiempo transcurrió. Lo cierto es que yo venía bajando las escaleras de mi casa, sin saber por qué me encontraba arriba, cuando al cruzar para tomar la otra escalera que me conducía a la terraza, vi a mi esposa y al Dr. Carías besándose apasionadamente. Al ver eso se derrumbaron mis dos mundos afectivos: mi esposa besando a mi amigo de la infancia. Mi esposa – dijo enfático – la madre de mis hijos que dormían arriba y mi amigo de toda la vida, con el que fui a estudiar las primeras letras.

Blanco aspiró una larga bocanada y con los músculos de la cara tensos prosiguió:

– Desde ese momento mi actuación fue la de un autómata. Sé que les grité pero no se qué. Subí a mi cuarto a buscar el revolver… recuerdo los fogonazos en el pasillo de arriba de la casa. Recuerdo que los encontré de frente. Oí un grito de perdón, pero no sé quién lo profirió. Yo disparaba como un autómata, supongo que los herí a los dos.

Hizo un esfuerzo por recordar más detalles pero no pudo. Le preguntaron la razón por la que los cuerpos aparecieron en la cama de la habitación matrimonial y no tenía ni la menor idea. Solo recordó que dentro de aquella habitación disparó dos veces más y luego soltó el arma.

– Fue en ese momento que tomé la muñeca de mi mujer, y llorando le pregunté: ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué me engañaste? Luego llamé a la sirvienta y le pedí que dejara a los muchachos encerrados en el cuarto.

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Los hechos

El primero en llegar a la escena la noche del crimen fue Julio Laya Rodríguez, sargento de la Policía Municipal. Al recibirse el llamado por parte del propio Blanco Borges, Laya fue enviado al lugar. El oficial estacionó su patrulla frente a la quinta. A los pocos segundos llegaron refuerzos y una unidad de la Policía Técnica Judicial. Al principio ninguno de los policías quería entrar pues la situación se presentaba confusa. Dentro de la casa se oían gritos, ecos de una sorda pelea entre Blanco Borges y uno de sus hijos.

Resultó que al volver del cine Eduardo y Enrique encontraron a su padre enfurruñado en el sofá de la sala. Intrigados vieron la sala sembrada de cristales rotos; pero acostumbrados como estaban en cierto modo a los estallidos de cólera y las peleas entre sus padres, pasaron a la cocina a tomar agua, en ese momento Blanco Borges llamó a Eduardo, su hijo mayor y con la voz quebrada le dijo:

– Eduardo, cometí una barbaridad. Maté a tu madre y a tu tío Luis porque los encontré besándose. 

Con los ojos brotados de las orbitas y la cara demudada el chico le gritó

– ¡Por tu maldito orgullo de hombre!

En un nuevo arranque de ira, el padre le arrojó un jarrón que por fortuna no dio en el blanco.

Enrique, que a todas estas topó con sus hermanitos bañados en llanto y la cara aterrada de Belén comprendió lo que había pasado e intentó subir a las habitaciones, pero su hermano mayor se lo impidió, hubo un forcejeo entre ambos, fue en ese momento que llegó la policía. Al verlos, el chico de 16 años salió a la puerta a gritar que se llevaran a su padre y eso fue lo que confundió momentáneamente a los agentes. Cuando por fin ingresaron, la tragedia estaba intacta, enseñoreada en los mismos espacios en los que unas horas antes se celebraba despreocupadamente. Al poco rato llegó el Dr. Humberto Viera, médico forense quien tras realizar el primer examen de los cuerpos ordenó su traslado a la morgue del hospital Pérez de León en Petare.

El doble homicida fue esposado y llevado a la calle, en el camino trataba en vano de justificar ante su hijo mayor lo que había hecho:

– Tú no comprendes, ellos mancillaron mi honor.

– Bonita manera de lavar tu honor. ¡Dejaste a 12 niños huérfanos!

Cuando lo subían al carro policial, Enrique volvió a salir a la puerta y con el rugido más feroz que pudo proferir le gritó:

-¡Asesino!

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Un elemento perturbador: La ley Antiadulterio.

Para la fecha en que se ventilaba este crimen, se discutía en la cámara alta una reforma al Código Penal. Un grupo de senadores del partido Acción Democrática, encabezados por el Dr. Etanislao Mejías Salvatierra intentó pasar un polémico artículo, que la opinión pública bautizó como el de la Ley Antiadulterio. Dicho artículo, que sería el 217 rezaba textualmente:

“No incurrirá en las penas comunes de homicidio y de lesiones, el marido que, sorprendido por el adulterio de su mujer, en el momento de descubrir el hecho, mate o lesione a la mujer, o a su cómplice o a ambos.

En tales casos las penas del homicidio o lesiones se reducirán a prisión que no exceda de los 3 años ni baje de los 6 meses a menos que estas últimas tengan en la ley una pena mayor.

Igual mitigación de pena tendrá efecto en los homicidios y lesiones que los ascendientes o hermanos ejecuten, en su propia casa, cuando se sorprenda en acto carnal ilegitimo a sus descendientes o hermanas en el momento de ser sorprendidas en dicho acto”.

Aquel artículo que fue aprobado en primera discusión suscitó un acalorado debate. Mujeres y hombres de toda condición social y diversos oficios elevaron su voz de protesta ante lo que consideraban un vulgar y grosero ejercicio de discriminación, además de un absurdo jurídico que abría peligrosamente las puertas a más hechos de violencia domestica y de genero. Si se aprobaba aquello, padres, hermanos y maridos se sabrían con legítimo derecho a castigar con sangre la presunta infidelidad o hecho carnal de las mujeres que integraran su hogar. Algunos abogados también criticaron que aquel artículo carecía del principio de reciprocidad o dicho en términos populares: La salsa que es buena para el pavo, también debía serlo para la pava. ¿Por qué razón la mujer que fuera objeto de engaño por parte de su esposo, no podía gozar de la misma prerrogativa?

La respuesta del senador Salvatierra ante la natural ola de indignación fue la siguiente:

“Razones morales, sociales, biológicas, sicológicas, etc., colocan a la mujer en una circunstancia completamente distinta a la del hombre. En la relaciones entre el hombre y la mujer, aquel es el sujeto activo. La situación de la filiación no se expone al peligro cuando es el hombre el que comete el adulterio; pero cuando el adulterio lo comete la mujer no solo pone en peligro la seguridad de de la filiación de la descendencia sino que además relaja la autoridad marital que debe conservar el hombre en el hogar.

Por lo demás sépase que la reacción de la mujer es violenta. La mujer por temperamento reacciona de manera más ruidosa, estruendosa, una reacción más enérgica y más incontrolada que el hombre. Por lo que cabe pensar que concederle a la mujer una posibilidad de esta naturaleza podría ser óbice (sic) para que se consuman hechos o se lleven a cabo delitos de manera injustificada. La psicología siempre ha considerado al hombre como más sereno. Sépase además que quien lleva la representación del hogar es el hombre, de él es quien se lleva el apellido y él es el ofendido. No puede ser nunca igual la situación del hombre a la situación de la mujer”.

La respuesta dada por el político conservador causó más roncha y el proyecto de incluir ese artículo en el Código fue silenciado.

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El proceso

Los doctores Aquiles Monagas y Reinaldo Escala Zerpa asumieron la defensa de Blanco. Un hermano de Carmen Luisa contrató a Rafael Pérez Perdomo y a Rafael Naranjo Ostty (h), como acusadores privados. El Fiscal Tercero, Dr. Gustavo Buenaño, dirigió las investigaciones por el Ministerio Público.

La estrategia de la defensa se apoyó en el informe presentado para el sumario por el médico psiquiatra de la Policía Técnica en el que se concluía que la noche del doble homicidio, se produjo en Blanco Borges “un estrechamiento del campo de la conciencia”. El párrafo final del documento señalaba que “El afecto profesado a su esposa, la gran amistad sentida hacia el Dr. Luis Carías y la sorpresa de la escena, desencadenaron un fuerte shock emocional que excitó sus sentimientos con estrechamiento del campo de la conciencia”. Para reforzar aquella estrategia los abogados pidieron que los especialistas establecieran para el tribunal los efectos secundarios que producía el Antabus cuando se mezclaba con alcohol. Estos efectos fueron descritos de la siguiente forma: “Durante la terapia con disulfiramo se puede presentar vértigo, irritabilidad, insomnio, paso anormal, disartria, desorientación, confusión, y cambios de la personalidad. También han ocurrido casos de convulsiones tónico-clónicas, neuropatía periférica, polineuritis, neuritis óptica, delirio, comportamiento extraño y psicosis”.

Basado en lo anterior, los doctores Aquiles Monagas y Reinaldo Escala Zerpa pidieron que su defendido fuera exonerado, conforme al artículo 62 del Código Penal, por la enfermedad mental temporal causada al intoxicarse, sin saberlo con la mezcla de la droga Antabus y la bebida alcohólica que ingirió.

En declaraciones que dio a la prensa el 19 de octubre de 1964, el Dr. Gustavo Buenaño, Fiscal Tercero del Ministerio Público admitió que de comprobarse locura temporal la pena aplicable podía disminuir al tercio o la mitad de lo estipulado, pero si eso no era demostrado el acusado podía pagar de 20 a 30 años de prisión.

La defensa por su parte buscó afianzarse en las declaraciones de familiares, amigos y vecinos de la pareja que hablaban de conducta violenta reiterada por parte del acusado. Laura Margarita, viuda de Carías afirmó que no fue esa la primera vez que Blanco Borges atentó contra la vida de su esposa, antes hubo dos intentos, uno con arma de fuego y otro por ahorcamiento. El hijo mayor de la pareja, Eduardo dio más detalles:

“Una vez en 1961 cuando vivíamos en Santa Cecilia, mi madre le reclamó algo a mi padre, y éste como estaba bastante bebido le disparó. Yo no lo vi, pero al oír el disparo corrí de inmediato a la habitación, mi mamá estaba en la cama y a su lado en el colchón había un orificio de bala. Encontré a mi papá llorando, pidiéndole perdón, le quité el arma y traté de calmarlo”.

Antiguas amigas de Carmen Luisa afirmaron que en varias ocasiones ésta les había dicho: “Yo no voy a morir en la cama sino que Blanco Borges me va a matar”. La viuda de Luis Carías, agregó que aquel supuesto beso apasionado bien pudo haber sido mal interpretado por el homicida: “El mismo Blanco Borges cuando me saludaba o se despedía me besaba como a una hermana y lo mismo hacía mi esposo con Carmen Luisa”.

La acusación además se afincó en aspectos de la reconstrucción del crimen y de los estudios de planimetría y balística que contradecían lo dicho por el ingeniero. Según el informe presentado por los técnicos era imposible que la mujer hubiese recibido los tiros estando parada, por lo que la versión de Blanco respecto a que le disparó en el pasillo resultaba cuando menos incierta. Para Rafael Pérez Perdomo y Rafael Naranjo Ostty lo cierto fue que Blanco ultimó a su esposa en la habitación y cuando Carías subió corriendo a ver que había pasado, aquel le disparó y al ver que caía exánime con el pecho herido lo llevó al lecho nupcial para simular un acto de traición y así establecer una coartada que le permitiera salir con bien de todo aquello. Un elemento importante que respaldaba la tesis de los acusadores estaba en las pruebas hematológicas. Toda la sangre que se halló en el pasillo y en las ropas de Eduardo Blanco pertenecía al doctor Carías, además se encontró evidencia de que el cuerpo de Carías fue arrastrado desde el pasillo hasta el cuarto.  Por todo esto se pidió la aplicación de la pena máxima que establecían los artículos 77 y 407 del Código Penal: 30 años de prisión.

El doble crimen de Prados del Este hubo de sufrir la característica lentitud procesal que ha habido siempre en Venezuela. Casi dos años después, el 14 de julio de 1966, se hacía la lectura de cargos ante el tribunal presidido por el juez Pedro Ochoa Sandoval (el mismo que llevó el caso del capitán Rivero, ya reseñado en este Blog). En la sala se encontraban aparte del acusado, sus abogados defensores, los acusadores y el Fiscal Tercero. Allí se habría de decidir  en primera instancia el destino del ingeniero Eduardo Blanco Borges. Luego vendrían las naturales apelaciones y todo el proceso espiral hasta la corte de casación.

Mientras tanto Eduardo Blanco Borges tratando de que sus días fueran menos largos y aburridos ofreció a las autoridades del Centro de Reeducación Artesanal de El Paraíso sus conocimientos de ingeniería para lo que pudiera ser necesario.

Publicado el 16 de febrero de 2013

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16 comentarios

  1. Lei con atención su publicación pero finalmente no se supo si fue condenado o no y por el delito de adulterio u homicidio. Me gusta mucho su blog. Saludos

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  2. De verdad, lo leì completo, y quedè con la curiosidad de saber que pasò con el Ing. Eduardo Blanco Borges. Aunque creo que haya lo que haya pasado debiò haber quedado muy arrepentido. Pobres hijos, hoy en dìa deben estar sesentones. Por eso se debe evitar ser celoso, automedicarse, y aun màs, tener armas de fuego.

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    • Saludos Juan Arturo,
      Son escasos los datos que se tienen del ingeniero después de los sucesos. Si encontramos más información sobre él estaremos actualizando el caso, un abrazo y gracias por tu comentario.

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  3. LES INFORMO QUE EL ING BLANCO PAGO DIEZ AÑOS EN LA CARCEL MODELO (catia) fallecio hace 15 años .su hijo mas pequeño eugenio fallecio tambien . EN SU ESTADIA SE GANO EL RESPETO Y CARIÑO DE TODOS FUE MUY COLABORADOR CON EL PERSONAL QUE ALI LABORABA. PAZ A SU ALMA Y LA SU ESPOSA Y LUIS CARIAS.

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    • Gracias por la informaciòn.

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  4. ASI ES.EL ACOHOL ES MAL CONSEJERO…….

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  5. Lo cumbre del asunto es que no eran personas malas, solo fue un momento de perdida del control que destruyó lo que serían vidas felices.

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  6. la hora nona,la llaman los viejos

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  7. la propùesta del senador,bueno cavernaria!!

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  8. muy buena su pagina cronicas del tanatos,nos hace traer recuerdos de casos y cosas importantes,

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  9. Excelente caso, pero solo falto saber de la sentencia del tribunal al respecto ???????????

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  10. Excelente!!! no me pierdo ninguna de sus reseñas…Gracias

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  11. Excelente reseña de este caso. No sabía que este proceso judicial se estaba ventilando cuando se hizo la reforma del Código Penal en 1964, incluyendo ese polémico artículo 217 denominado como “Ley Antiadulterio”. A la final agregaron ese artículo que quedó numerado en la reforma del Código Penal del 64 como el 423. Lo que se trató de silenciar a la final lo impusieron. No sería hasta el 05 de Marzo de 1980 cuando la Corte Suprema de Justicia en Pleno, anuló por inconstitucional ese artículo 423 del Código Penal. Pero cuando la Asamblea Nacional Constituyente en el Año 2000, cumpliendo con el Régimen de Transición del Poder Público, publicó un nuevo Código Penal con nuevas reformas en Octubre de ese año, todavía el artículo 423 ya anulado seguía allí en el articulado del código, sin una nota (ni siquiera un pie de página) que alertara que ya estaba anulado. En Abril de 2005 se hizo una nueva reforma del Código Penal y el artículo anulado seguía allí, ya no como 423 sino como 421. Por alguna razón mimetizándose, burlando a propios y extraños, jugando al camuflaje, el bendito artículo anulado no se quería ir jajajaja.

    Finalmente el 05 de Abril de 2006, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia ratificó la sentencia anulatoria de 1980, volvió a declarar nulo el artículo 421 y, por fin, después de tenderle prácticamente una emboscada, lo sacaron de circulación. Más de 40 años, dos sentencias de nulidad dictadas por el alto Tribunal y casi una operación tipo comando de los Magistrados se necesitaron para proscribir el dichoso artículo. Saludos y seguimos leyendo tan espectaculares casos.

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