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Paseo Mortal: Jinete Jesús Bolívar

tragedia jinete jesus bolivar

A los 32 años, Jesús Bolívar estaba en el pináculo de su carrera, natural de la ciudad de Valencia llegó muy joven a Caracas para ingresar a la escuela de jinetes por recomendación del mismísimo presidente del Instituto Nacional de Hipódromos, coronel Jesús María Márquez.

La habilidad de Bolívar como centauro era ya conocida por su desempeño en el mundo del coleo, actividad con la que representó a su estado natal en competencias nacionales. Cuando egresó de la escuela, debutó en el viejo hipódromo de El Paraíso, idílico escenario que sigue vivo en la memoria de los viejos amantes de la hípica venezolana.

Posteriormente el valenciano se convirtió en el látigo favorito de los que acudían a las modernas tribunas de La Rinconada, el nuevo hipódromo de la ciudad inaugurado el 5 de julio de 1959. Con su excelente desempeño arrancaba gritos de júbilo y emoción cada vez que acercaba la montura a la recta final. Era raro que fallara a la confianza depositada por los dueños de los purasangres y por los propios apostadores.

En octubre de 1965, Jesús Bolívar tenía fama, fortuna y una bonita familia. El domingo 24 su impecable actuación en la sexta carrera válida le mereció el aplauso de los concurrentes que no sabían que estaban viendo a su ídolo por última vez.

Al día siguiente, el último de su vida, Jesús Bolívar desayunó con su familia frugalmente; antes de salir de casa besó las frentes de sus tres hijos y se despidió de su esposa María Leonidas. Aunque aún se sentía cansado por la jornada del domingo quería llegar temprano a los traqueos. La mañana transcurrió tranquila y exitosa, los dueños del purasangre Sputnik firmaron a Bolívar para que lo montara en la edición del Clásico Simón Bolívar que se correría esa semana.

En las duchas, entre cotilleos y chanzas de jinetes, Bolívar invitó a su colega, amigo y paisano Ramón Gámez a un paseo con un grupo de amigas. La idea era darse un baño de río, tomar unos tragos y escuchar un poco de música. En la tarde los dos hombres dejarían a las chicas en sus casas y regresarían a Caracas.

Listos los jinetes, el alegre grupo se dirigió al estacionamiento para abordar el vehículo de Jesús. Con una rápida maniobra alcanzaron la autopista regional del centro y enfilaron hacia el cercano poblado de Cúa, estimaban llegar en cosa de hora y media. En el camino luego de pasar la alcabala compraron algunas cervezas y pusieron la radio. Una charla animada reinó entre ellos hasta que llegaron a Cúa, sin detenerse allí continuaron hasta el cercano caserío de San Miguel situado a la margen izquierda de la carretera y distante de ésta unos ocho kilómetros aproximadamente.

Antes de llegar al río, hicieron escala en un pequeño bar y le ordenaron al propietario, que les sirviera un servicio de güisqui, mientras tanto las chicas se dedicaron a seleccionar en un tocadiscos las canciones de moda. Entre gritos y risas transcurrió la tarde. Cuando al fin habían consumido la totalidad de la botella decidieron llegar hasta el río; buscaron el mejor sitio y una vez instalado el grupo, los dos jinetes con la mente embotada por el alcohol se despojaron de toda la ropa para darse un chapuzón. Las mujeres escandalizadas ante aquel espectáculo decidieron retirarse hacia la otra margen para refugiarse en una bodeguita atendida por el amable lugareño Florencio Belisario. Allí esperarían a que sus amigos terminaran de bañarse para emprender el regreso.

Mientras tanto, Jesús y Ramón seguían nadando, era tal lo que habían tomado que las frías aguas no lograron disipar los vapores etílicos, al rato salieron y se pusieron los pantalones, así semidesnudos empezaron a conversar; en algún momento Jesús Bolívar se incorporó y fue hasta su auto, de la guantera extrajo un revolver calibre .38 y con un extraño brillo en la mirada llamó a su amigo. Aterido de frío, Ramón fue a ver que quería Jesús.

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Florencio Belisario entabló una animada charla con las simpáticas mujeres. En aquel apartado caserío había muy pocas oportunidades de relacionarse con chicas. Les ofreció unos refrescos y les sacó unas sillas con las que se fueron a sentar a la sombra de un frondoso samán para recibir la brisa fresca que venía del río aledaño.

De pronto se escucharon cuatro detonaciones, Belisario y las muchachas se agacharon de manera instintiva. Hilda, una de las mujeres presintió que algo malo había pasado; los tiros provenían del sitio donde habían dejado a sus amigos. Hubo una pausa, un lúgubre silencio que pronto fue interrumpido por una quinta detonación y casi al momento oyeron el grito angustioso de Ramón Gámez:

-¡Ilsa, ven. Aquí pasó una desgracia!

Sin perder tiempo todos acudieron al llamado; cuando llegaron a la vera del río se encontraron con una visión macabra, Jesús Bolívar yacía arrodillado con el cuerpo echado hacia atrás y sangrando por el costado derecho del tórax con una extraña mueca en el rostro. Su última mirada la dirigió a sus amigas, en sus agónicos ojos había una mezcla de sorpresa, suplica y terror. Un segundo después su cuerpo sin vida se desplomó en la arena.

La reacción de Ramón Gámez al ver a su amigo muerto fue bastante extraña. Abordó el vehiculo de Jesús y salió raudo del lugar abandonando allí a las aterrorizadas mujeres. Al llegar a Caracas llamó al jinete J.A Utrera, concuñado de Jesús Bolívar para informarle que éste se había suicidado; sorprendido ante la insólita noticia, Utrera quiso saber cómo, donde y en que circunstancias había ocurrido aquello. En medio de una crisis de nervios Ramón le dio las señas del sitio, Utrera salió de inmediato hacia allá con un grupo de familiares del finado Bolívar.

En el caserío San Miguel les informaron que la Policía Técnica Judicial había levantado el cadáver y detenido preventivamente a las mujeres y al bodeguero. Se fueron entonces a la comisaría de Cúa, de allí los remitieron a la morgue del hospital “Ortiz” donde los llevaron a reconocer el cuerpo. Con tristeza vieron a su familiar tirado en aquella fría camilla, listo para la autopsia de rigor. Horas después el Dr. Antonio Espinoza, director del hospital, informó que la causa de la muerte había sido la hemorragia interna que produjo la bala, ésta ingresó por el bíceps y salió por la región escapular izquierda.

Lo que no se sabía aún eran las circunstancias de la muerte, los detectives interrogaban separadamente a las mujeres y al bodeguero, cuando supieron de la presencia de Gámez en el sitio, llamaron a Caracas y desde la sede central ordenaron su captura.

Ocho horas después, la versión del bodeguero y del trío de mujeres era la misma, Gámez y Jesús se habían quedado solos en el río, se escucharon cuatro detonaciones y casi de inmediato una quinta, al acudir al llamado de Gámez vieron a Bolívar agónico. Cuando el jinete murió, Ramón Gámez les dijo que se había suicidado y sin dar más explicaciones huyó del lugar. Los detectives les hicieron firmar la declaración y pasadas algunas horas los subieron a un par de patrullas para enviarlos a la sede central de la PTJ en Caracas.

Mientras tanto, Gámez quien ya estaba siendo interrogado por los detectives de la capital, daba una versión totalmente distinta. Según explicó, luego del baño en el río, Jesús y él conversaban, cuando de pronto aquel se levantó y fue hasta el carro, extrajo un revolver de la guantera e hizo cuatro disparos a un árbol cercano; cuando fue a disparar por quinta vez se produjo, de forma accidental, la herida que le causó la muerte.

Esta versión totalmente traída por los cabellos no convenció a los policías, por las características de la herida era imposible que el propio jinete se hubiese disparado. No cabía allí la tesis del suicidio, tampoco era creíble que se hubiese disparado a si mismo de manera accidental. Gámez pasó a ser el primer indiciado, aunque los detectives no estaban seguros de que fuera el homicida, pues bien pudo haber sido cualquiera de las mujeres o el propio bodeguero.

El paso siguiente era la prueba de parafina, ella revelaría quien había disparado, sabiendo eso solo restaba saber la causa del homicidio.

En la calle, los aficionados leían consternados los titulares, su ídolo del que tanto habían leído con placer en la sección deportiva aparecía ahora en las páginas rojas. La Unión de Jinetes y el Círculo de Periodistas y Locutores Hípicos de Venezuela convocaban al sepelio que se efectuaría el miércoles 27 de octubre de 1965.

La noticia como era natural había recorrido todo el país, en Valencia como en los otros lugares los viandantes adquirían los diarios para enterarse de los pormenores del suceso. Pablo Mujedar, comerciante de aquella ciudad miró con estupor los titulares y las fotografías. En su caso la desdicha no estaba en la muerte del afamado jinete, sino en la inexplicable presencia en las fotos de la mujer con la que había contraído matrimonio diez años atrás y con la que tenía cuatro hijos: Ilsa Mogollón*. ¿Cómo demonios se había metido su esposa en aquel lío? ¿Quiénes eran aquellos hombres que aparecían como sus amigos? Pablo sintió que la sangre le subía a la cabeza. Creyó que en aquel momento sería el blanco de las burlas de las personas que lo conocían a él y a su díscola esposa. Una pequeña tragedia se revelaba dentro de una que tenía proporciones nacionales.

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En una habitación del edificio sede de la PTJ, en la avenida Universidad, un sudoroso Ramón Gámez enfrentaba a los detectives que lo rodeaban y no cesaban de hacerle preguntas. Ahora sostenía, como lo había hecho en un principio, que su amigo Jesús se había suicidado. El jefe de los policías lo miraba socarronamente, sabía que al detenido le faltaba poco para derrumbarse y confesar la verdad. Los veteranos funcionarios tenían la certeza de que estaban frente al homicida pero necesitaban la confesión y establecer el móvil. Acorralado como estaba, a Gámez solo le faltaba un empujoncito. Éste llegó en las manos de un funcionario y procedía de los laboratorios. Era la prueba de la parafina: Ramón Gámez resultó positivo, de todo el grupo era el único que había disparado un arma de fuego. Ante esto el hombre no pudo seguir falseando los hechos y se dispuso a contar que había pasado.

YO LO MATÉ PERO FUE SIN QUERER

A las 8 de la mañana del miércoles 27 de octubre de 1965, Ramón Gámez confesó cómo había matado a su colega y amigo Jesús Bolívar.

“Todo ocurrió cuando a Jesús se le ocurrió sacar aquel revolver de la guantera, me llamó y yo fui a su lado, me invitó a practicar el tiro al blanco, le dije que no pues no conozco nada del manejo de armas, él insistió. Me explicó rápidamente el funcionamiento y me dio el revolver, como demostré torpeza en su manejo me lo quitó de las manos al tiempo que me decía:

– Caramba paisano, usted si es bruto.

 Diciendo esto, apuntó a un árbol que teníamos enfrente y disparó 4 veces. Luego montó de nuevo el percutor y me devolvió el arma, animándome a que lo intentara yo. Lamentablemente cuando cogí el revolver en mis manos se escapó el tiro y lo maté.”

Con el rostro bañado de lágrimas, Gámez se volvió hacia los policías y agregó:

– Lamento profundamente lo ocurrido porque Jesús era mi compadre y uno de mis mejores amigos.

A las diez de la mañana, a la misma hora que el cortejo fúnebre de su amigo partía hacia el Cementerio General del Sur, Ramón Gámez abordaba un coche patrulla que lo llevaría a su nueva residencia: la tenebrosa cárcel modelo de Caracas. Una alegre invitación de su amigo a un paseo con chicas, música y tragos terminó de manera trágica y absurda; su amigo ahora estaba muerto y él enfrentaba el cargo de homicidio involuntario.

Dos días después, el señor Pablo Mujedar, acudía con su abogado ante un tribunal para introducir una demanda de divorcio en contra de su esposa Ilsa Mogollón de Mujedar argumentando abandono del hogar e injuria grave al tiempo que solicitó al juez, que le concediera la guarda y custodia de los cuatro hijos del matrimonio.

El Dr. Alirio Abreu, juez a cargo del tribunal admitió la demanda, ordenó citar a la señora Ilsa Mogollón, otorgó la guarda y custodia y ofició al Consejo Venezolano del Niño dando cuenta de la decisión. Aquel dichoso paseo había afectado también de manera grave la vida de la mujer.

 *Nota: Estos nombres fueron cambiados para respetar la identidad de las personas reales

Publicado el 28 de octubre de 2011

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5 comentarios

  1. Extraordinaria narración. Me gustó una vez el hipismo, incluso era apostador a Ángel A. Castillo y a Emisael Jaramillo, pero nunca había escuchado sobre ésta historia.. Está muy bien, sin embargo, ¿fue verdad lo del asesinato accidental? Sería bueno que investigaran un poco más sobre el hecho.También, si pueden, podrían publícar sobre la muerte del jinete Douglas Valiente y el campeón Juan V. Tovar, casos extraños…un abrazo amigos. No he parado de leer éstas historias.

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  2. Venezuela es un país con pasión hípica. No conocía éste caso. Alguna vez también hice mis apuestas a ejemplares que conducían Ángel Castillo, Jaramillo y Santiago González. Lamentablemente, también el campeón de todos los tiempos, Juan Vicente Tovar murió en extrañas circunstancias,un suicidio. Hoy estuve buscando anécdotas de su vida. También a Douglas Valiente le sucedió lo mismo…Amigos míos, si pueden publiquen algo al respecto de éstos jinetes.

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    • caballero la pasión del hipismo es amplia pero para que a estas alturas investigación de esos sucesos en su momento la justicia hizo las investigaciones pertinentes en el caso de el jinete jesús bolívar el que me atañe por ser uno de sus cuatro hijos ya hasta el autor material esta en cristiana sepultara sin embargo doy gracias a dios por haberme puesto en la familia que tengo que fue el soporte para que nuestra madre hoy en día también fallecida mis tías a las cuales adoramos no hicieran los hombres de bien que somos.- ojala algún medio especializado en esto publique su corta pero fructífera carrera para beneplacito de todos los que somos su familia

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      • Hola primo no había leído esta historia, mis respetos para ti y tu familia, soy de los Bolívar de Barrera.

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