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El asesinato de la Virgen Roja

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

Once meses después de asesinar a su hija, Aurora Rodríguez declaró ante el tribunal que la juzgaba: “Disparé con certera serenidad para que no sufriera”. El público espantado enfrentó curioso la dura mirada de la mujer, que desde el estrado parecía decirles: “Y no soy una loca, hatajo de estúpidos”.

Tres horas antes 

Era la mañana del 23 de mayo de 1934, la Sala Primera de la Audiencia en el Palacio de Justicia de Madrid estaba repleta y no era para menos; aquel día tendría lugar la vista por el parricidio de la escritora y dirigente política Carmen Rodríguez, mejor conocida por el pseudónimo con el que firmó sus artículos y discursos: “Hildegart”. Una pequeña puerta, disimulada bajo los ventanales que inundaban de luz el recinto, se abrió a las diez y treinta dando paso a la acusada quien venía flanqueada por dos agentes de la Guardia Civil.

La mujer era alta, de porte distinguido, vestía traje negro de terciopelo bajo un abrigo de pieles con sombrero del mismo color, sus manos enguantadas de blanco sostenían amorosas un ramo de claveles rojos. Con mirada extraviada dio un rápido paneo por la sala mientras que, tutelada por los guardias, acudía a ocupar su lugar.

Luego de la no menos ceremoniosa entrada del señor Francisco Fabié, presidente del tribunal y de la escogencia por sorteo de los ocho integrantes del jurado, la atronadora voz del ujier con la frase “Audiencia Pública” acallo el bisbiseo general y marcó el inicio del juicio oral a la tristemente célebre Aurora Rodríguez Carballeira.

Muerte en el ático

El drama que hoy nos ocupa ocurrió hace mucho tiempo, el viernes 9 de junio de 1933. Ese día, doña Aurora se levantó muy temprano. La mujer residía con su hija Carmen y una joven criada llamada Julia Sanz en un ático del edificio 57 en la calle Galileo. Poco antes de las 8, Julia se disponía a preparar el desayuno pero su ama le ordenó dejar aquello.

– Mejor vete a lo de Benigna y llévale los perros que quedó en cuidarme. Al regreso sigues con la comida…

La chica tomó a los animales y al intentar atarles las correas, como acostumbraba hacer cuando los sacaba a pasear, oyó la voz tajante de Aurora. 

– ¡No los ates, llévalos así mujer! Y apura el paso. ¡Ah! Y di a Benigna que pase luego a buscar el gato, pero que espere algunos minutos pues el condenado se escapó anoche por la ventana y aún no ha vuelto.

Julia, un tanto azorada, salió de la casa con los perros que no más verse fuera arrancaron a correr escaleras abajo en medio de fuertes ladridos. Al llegar a la entrada pasó como una saeta al lado de la portera Laura García. Ésta miró con asombro que los perros estuviesen sueltos pues lo común era que los sacaran atados para evitar que armaran barullo. La pobre criada hubo de perseguir por largo rato a los traviesos canes ante la divertida mirada de los pocos vecinos que a esa hora caminaban por la zona.

Mientras todo eso ocurría, Aurora Rodríguez entró al cuarto donde su hija dormía. Miró su rostro dulcificado por el sueño, sacó un revolver, apuntó a la cabeza y con pulso firme disparó cuatro veces. Abajo se escuchaban los ladridos de los perros y los gritos de Julia.

Cuatro hilillos de sangre comenzaron a manar de la cabeza inerte de Carmen. Su madre dejó caer el revolver, tomó un paquete, se echó encima un abrigo de peluche negro y salió. Iba completamente despeinada, pero sin ningún otro signo que delatara la monstruosidad cometida. En la portería preguntó que si Julia había vuelto y Laura le respondió que no.

– Entonces debe de estar en casa de Benigna, dígale por favor cuando vuelva que suba con ella a buscar al gato.

Dicho esto salió a la calle con el paso normal de alguien que va de compras.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

Aquellos tiempos de la República

En junio de 1933 España estaba convulsionada. La Segunda República experimentaba una de sus crisis periódicas. Desde la presidencia se intentaba constituir un gobierno que incluyera a radicales y a federales con el objetivo de aumentar la precaria mayoría parlamentaria, necesaria para emprender importantes reformas. Los cronistas de la prensa conservadora se quejaban de los pequeños y grandes cambios que se dejaban ver por todas partes: la contratación de un taquígrafo que llevaría las actas de la municipalidad, la erección de una nueva edificación que sustituiría al viejo Palacio de Justicia, la aparición de rascacielos en la calle de Alcalá, la inclusión de vehículos automotores en la flotilla que prestaba el servicio de limpieza urbana y la sustitución de las monjas que dictaban clases en las escuelas por maestras civiles y laicas, eran señales inequívocas, según los periodistas pro monárquicos, de la descomposición en la que había caído la nación. 

El cine Astoria se colmaba de un público deseoso de contemplar la presentación del Fotoliptófono, un curioso ingenio creado por el argentino Fernando Crudo que serviría para obtener y reproducir fonogramas. Desde Sevilla se anunciaba el despegue exitoso de la aeronave “Cuatro vientos” que viajaría a La Habana para cubrir 8.100 kilómetros en vuelo directo. El comandante Barberán y el teniente Collar, responsables de la nave anunciaron antes de partir que la desviarían un poco al sur para, en línea loxodrómica intentar llegar a ciudad de México, y con ello romper el record ostentado hasta entonces por Inglaterra. En Bilbao el “Athletic” se imponía con un gol sobre el “Español” de Barcelona para avanzar en las eliminatorias del Campeonato de España y de vuelta a la calle Galileo en Madrid, una tremenda conmoción estaba a punto de afectar la rutinaria tranquilidad del vecindario.

A la misma hora en que la parricida se despedía de la portera, Julia Sanz llegaba a casa de Benigna Carvallo, jadeante y extenuada. Traía a cada perro asido fuertemente del collar para que no volvieran a escapar. Pidió a la vecina que la acompañase pues doña Aurora iba a darle el gato. La historia de esa entrega de animales en custodia, comenzó diez días antes cuando la propia Aurora acudió a casa de Benigna a proponerle un trato: Ella se iría a pasar una temporada a lo de un hermano que tenía en Cuba y necesitaba a una persona de confianza que le cuidase los perros y unas plantas. Doña Aurora que era miembro de la Sociedad Protectora de Animales tenía además de los canes, un loro, un alcotán, un gato y algunas tortugas. Por el cuido de los perros ofreció a Benigna una pensión de 4 pesetas diarias.

Al día siguiente envió a Julia con los tiestos y el recado de que le entregaría los animales cuando partiese a La Habana. En esa ocasión le mandó a preguntar que si podía también hacerse cargo del gato, de lo que obtuvo respuesta positiva.

Según contó Benigna, días después del crimen, no supo más de Aurora hasta la mañana del 9 cuando vio llegar a Julia con los perros. Salió con la chica en dirección al número 57 y al llegar a la portería, García les anunció que la señora había salido. Julia abrió con su llave y miró con extrañeza que las puertas de las habitaciones estuviesen cerradas. A Benigna le llamo la atención el que la estancia oliera tanto a pólvora, así se lo hizo notar a la criada que la miró con inquietud mientras golpeaba a la puerta de la habitación de Carmen diciendo: “Señorita, aquí está Benigna que viene a recoger el gato…” No hubo respuesta, la chica insistió golpeando esta vez con más fuerza y nada. Total silencio. Benigna repitió: “Aquí huele mucho a pólvora”, la certeza de la tragedia llegó a la mente de Julia quien dijo en un hilo de voz:

– Eso es que la señora ha matado a la señorita.

– Entra a ver – le respondió Benigna asustada.

Al darse cuenta de que el terror había paralizado a la chica, Benigna entró sola a la habitación para encontrarse con los 19 años de Carmen destrozados a balazos. Vio su cuerpo desnudo tendido en la cama con la cabeza y el pecho inundados de sangre y gritó.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

¡La veía tan hermosa!

Faltando un cuarto de hora para las nueve de la mañana, el timbre de la residencia de Juan Botella Asensi, diputado de la izquierda radical socialista, sonaba con insistencia. La criada que acudió a abrir la puerta se encontró con aquella dama despeinada y de mirada dura que le preguntó por el señor.

– En este momento, el señor está descansando.

Sin esperar a ser invitada, la mujer entró a la casa. Irritada por la irrupción, otra criada le salió al paso preguntándole qué deseaba.

– Necesito hablar con el diputado, dígale por favor que es urgente.

Las mujeres le repitieron que no era posible pues el señor se encontraba aún en su habitación. Le sugirieron pasar más tarde, pero la mujer insistía en que el asunto que la había llevado allí era excepcional y no admitía espera. En esas salió la esposa de Botella quien al ver la expresión en el rostro de la mujer, ordenó que fuese recibida y acudió a llamar a su marido.

Unos minutos más tarde, el diputado Botella Asensi se presentó ante Aurora quien no más verlo exclamó:

– ¡He matado a mi hija!

El político, que creía estar en medio de un mal sueño, replicó:

-Vamos, Aurora, tranquilícese usted, ¿Qué barbaridad ha pronunciado?

– Eso que digo a usted, ¡Qué he matado a mi hija!

– ¿Y qué es lo que quiere de mí?

– Que me diga qué debo hacer.

– Pues si es cierto que ha dado muerte a Hildegart, cosa que dudo…

– Tan cierto es eso como que usted y yo estamos hablando.

– Espere entonces un momento a que me vista, y me acompañará al juzgado de guardia…

La policía en Galileo

Laura García Cornejo terminaba de barrer el pasillo cuando el alarido de horror de Benigna taladró sus oídos. Volteó arriba a tiempo de ver como criada y vecina salían en carreras al descansillo. – ¡Han matado a la señorita! – gritaban. Varias personas acudieron al ático; con la esperanza de que la muchacha estuviese viva la llevaron hasta una policlínica en la vecina calle de Fernández de los Ríos en la que el médico Valentín Camino no pudo sino certificar la muerte. Dos de los proyectiles impactaron el cráneo, uno la región malar y otro el cuello. Todos entraron a quemarropa. Agentes de la Dirección General de Seguridad llegaron al sitio para iniciar las investigaciones al tiempo que lo hacían los funcionarios del juzgado de guardia, encabezados por el juez Don Antonio Domínguez quien emitió orden de captura en contra de Aurora Rodríguez, sin saber que en ese mismo instante la mujer lo esperaba en su oficina en compañía del diputado Botella.

Prensa y curiosos se habían agolpado en la sede del juzgado, atraídos por la notoriedad de las involucradas y por lo crudo y oscuro del crimen. Alguien se acercó hasta donde estaba Aurora y le preguntó que por qué había matado a su hija y ella con mirada ausente respondió con una frase que parecía una incoherencia: – ¡La veía tan hermosa!

Luego de pasar hora y media declarando ante Don Antonio Domínguez, la parricida fue subida a un vehículo del juzgado que la trasladaría hasta la cárcel de mujeres instalada en el viejo caserón de la calle Quiñones que hasta 1842 sirvió como convento a los monjes benedictinos de Montserrat. Con el rostro hundido entre las manos la mujer evitó a los curiosos y solo cuando el auto arrancó alzó la vista para enfrentarlos; por primera y única vez se le vio bañada en lágrimas. ¿Era el llanto de la madre ante la aberración cometida o el de la artista perturbada ante el fracaso de su obra?

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez
El Experimento Hildegart

Según relató la propia Aurora en el juicio que se le siguió en 1934 y lo que contó con más detalles en los años en los que estuvo internada en el sanatorio mental de Ciempozuelos, el origen de este horrible hecho se ubica en su propia infancia.

Aurora Jesualda Rodríguez Carballeira nació en la ciudad de Ferrol el 23 de abril de 1879. Era la segunda de los hijos de don Francisco Rodríguez Arriola, procurador del juzgado de primera instancia y de Aurora Carballeira López. Su hermana Josefa era seis años mayor que ella y su hermano Francisco nacería cuando ella ya tenía 7. Desde niña fue un alma solitaria y triste con nula capacidad de relacionarse afectivamente. Sentía por sus hermanos y su madre muy escaso aprecio, actitud que cambiaba de manera radical con su padre por el que sentía una gran admiración. Don Francisco, un político de ideas liberales, masón, trabajador muy serio y de costumbres frugales causó, quizás sin percibirlo, un fuerte impacto emocional en su pequeña quien siempre lo vio como un modelo a seguir.

Desde temprana edad, Aurora sintió desprecio por las injusticias que percibía en el ambiente, así como por la mentira y la traición. En su época de Ferrol dos acontecimientos la marcaron profundamente; el primero de ellos ocurrió un día en el que sorprendió a su madre besando a escondidas a un hombre y el segundo cuando su hermana mayor quedó embarazada sin haberse casado. Ambos acrecentaron el asco que ya sentía por el acto sexual al que percibía como una cosa primitiva que solo servía para esclavizar a la mujer, confinándola al rol de “paridora”.

En la adolescencia rehusaba el trato con las chicas de su edad por considerarlas “intelectualmente incapaces”. Es por esos años que decide encerrarse en la biblioteca del padre con el objetivo de – según sus propias palabras – “encontrar alimento filosófico para sus ideas”. Allí se encuentra con una variada gama de pensadores pero los que llaman su atención son los socialistas utópicos, especialmente el francés Charles Fourier, cuyas teorías sobre la reorganización social la fascinan. Es también en esta etapa que se topa con la Eugenesia, filosofía social que propugna la mejora de los rasgos hereditarios humanos por medio de la intervención manipulada y los métodos selectivos; para Aurora que miraba a sus congéneres con desdén considerándoles una caterva de alienados, hundidos en la más profunda estupidez e incapaces de tomar las riendas de su destino, esta teoría vino a significar mucho; según ella podía llegar a ser la vía para liberar a la humanidad de las taras que le impedían desarrollarse.

Un nuevo hecho vendría con el tiempo a arraigar su fe en la posibilidad de introducir mejoras en los seres humanos, tal suceso llegó con el nacimiento de José Rodríguez Carballeira, (a quien la posteridad conoció como Pepito Arriola) su sobrino, hijo natural de Josefa, su díscola hermana quien lo concibió con un desconocido. El niño nacido en Betanzos en diciembre de 1895, ciudad a la que fue enviada la madre para mitigar el escándalo sería luego confiado al cuido de Aurora. La chica quien para entonces ya se creía portadora de la importante “misión” de redimir al mundo, vio en esto la oportunidad de poner en práctica sus ideas.

– Yo estaba loca de contento. – Diría años más tarde al escritor Eduardo de Guzmán – Había realizado en cierto modo mi ideal de un muñeco de carne y hueso.

Si, un muñeco con el cual experimentar sus teorías. Eso significó su sobrinito para la joven de 16 años a quien un suceso, si se quiere fortuito, vino a fortalecer sus creencias. Resultó que aquel niño, al que ella sentaba a su lado mientras tocaba piezas populares al piano, se reveló como un prodigio de la música, al punto de que una tarde cualquiera logró repetir con sus pequeñas manitas la melodía interpretada por su tía, superándola incluso. Aurora vio enseguida que aquel niño podía llegar a ser el sujeto de experimentación que necesitaba. El germen, la semilla de un ser humano superior, criado para lo grande y lo sublime a través de un proceso de formación cuidadosamente planificado y riguroso que lo liberara de los prejuicios sociales y religiosos que solo retrasaban el camino de la humanidad a la perfección.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

Mas, el sueño redentor de Aurora llegó pronto a su fin cuando su hermana, quien ya se había casado reclamó para si a su hijo, arrancándolo de su égida. Esto significó para ella un duro golpe y desde entonces supo que si quería lograr su objetivo debía partir del hecho de tener a una criatura que fuese suya y a la que nadie pudiera arrebatarle, pero para esto deberían pasar algunos años, mismos que dedicaría a madurar intelectualmente, a fortalecer sus ideas a través del estudio. Decidió esperar además a que la muerte de su padre “la dejara libre para ejecutar sus planes”. Tal hecho sucedió en enero de 1914, fecha en la que Aurora, ahora con 35 años y considerándose en la plenitud intelectual y biológica se abocó a apresurar la concreción de su proyecto vital. Había de tener una hija, a la que debía preparar concienzudamente para cumplir la tarea redentora. Y decidió que fuese de esa forma pues a su parecer la que realmente necesitaba ser redimida era la mujer por ser mucho más egoísta y astuta que el hombre y por ser además el factor primario, esencial de los seres que pueblan la tierra.

– De ahí que yo y mi ideal – diría en el juicio – necesitáramos de un agente hembra. Mujer que llegará a ser modelo de las mujeres

El siguiente problema a resolver luego de la muerte de su padre, era el de buscar eso que llamó un “colaborador fisiológico”, un hombre al que pudiera usar y desechar para que la ayudara a concebir la criatura. En la escogencia debía ser muy cuidadosa, no podía ser cualquiera, sino alguien al que por su condición pudiera mantener alejado de ella y de su hija, una persona que no pudiera reclamar después derechos sobre la atención y la educación de la criatura. La identidad de ese “colaborador” aparece entre brumas en la historia, debido a que Aurora se empeñó en sepultarlo, sin embargo, investigaciones realizadas por la profesora Rosa Cal apuntan a que el escogido por Aurora pudo haber sido Alberto Pallás Montseny, un sacerdote levantisco, acostumbrado a causar dolores de cabeza a la jerarquía eclesiástica.

Alberto y ella tuvieron tres encuentros sexuales, carentes por completo de pasión y de afecto, fríos y asépticos como el mesón de un laboratorio. Destinados únicamente a concebir al sujeto de estudio que requería aquella mujer perturbada. Una vez logrado el propósito, Aurora salió de Ferrol con destino a Madrid, lugar que escogió para desarrollar la segunda parte del plan: tener y educar a la criatura, esfuerzo que llevaría a cabo solo si resultaba ser hembra, cosa que por fortuna para ella ocurrió.

El 9 de diciembre de 1914, nacía Carmen Rodríguez Carballeira, la cobaya de Aurora, destinada por su madre a ser la “mujer modélica del futuro”. Esta pequeña hubo de soportar desde sus primeros años una dura disciplina y una total carencia de afectos. Sus compañeras de clases de la escuela primaria la recordarían siempre como una niña prodigio, atosigada y vigilada en todo momento por Aurora. Obligada a trabajar con dureza en su formación intelectual, sin poder disfrutar como otros niños de los regalos naturales de la infancia: los juegos, el amor filial y los sueños.

La constante supervisión de Aurora produjo tempranos frutos. A los tres años, la niña leía, escribía y mecanografiaba, a los ocho dominaba el inglés, francés y el alemán. Terminó el bachillerato antes de terminar la infancia y a los 16 ya tenía un título en Derecho y había comenzado la carrera de medicina. Desde los 14 militaba en el partido socialista y ya había escrito libros y numerosos artículos que abarcaban diferentes temas. Era además una de las conferencistas estrella de la izquierda española. En una ocasión uno de sus escritos le ocasionó ser llevada a juicio – eran los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera – cuando se presentó a la vista, el juez no podía creer la edad de aquella “subversiva” y no la creyó hasta no ver la partida de nacimiento, pese a su corta edad se le sometió a un consejo de guerra del que se libró porque al poco tiempo se proclamó la República y todos los delitos políticos quedaron amnistiados.

Las divergencias

Pero a la llegada del nuevo régimen, Carmen hizo pública la decepción que desde hacía tiempo sentía por la dirigencia de su partido, calificó como “aburguesamiento” la entrada de algunos de sus líderes en los cuadros ministeriales, al mismo tiempo empezó a cuestionar la idoneidad de las teorías socialistas para sacar a España del atraso en el que estaba sumida. Sus críticas generaron tal fricción que terminó renunciando a su militancia. Con motivo de su salida y a manera de justificación escribió el libro ¿Se equivocó Marx? en el que exponía su convicción de la pequeñez del socialismo para servir de cauce a las magnas aspiraciones obreras. En una entrevista que por la época concedió al periodista Galiana Aragonés para el Heraldo de Madrid dijo sin embargo y con honestidad lo siguiente: “Admito que influyeron en mi espíritu los meritos teorizantes de Marx, los revolucionarios de Bakunin y el magnifico organizador de masas, Lenin”.

Su separación del partido socialista le trajo el primer roce importante con su progenitora, que miró en aquello un inesperado y desagradable gesto de emancipación de parte de la pupila; sin embargo y pese a la reconvención de Aurora, Hildergart siguió adelante y al poco tiempo entró a militar en el Partido Republicano Federal, donde fue bien recibida por su preclara inteligencia y sus dotes oratorios.

La dominante madre hubo de ceder en este punto; pero una cosa lleva a la otra y en poco tiempo un nuevo motivo de disgusto se presentaría; esta vez, según la óptica de Aurora, de graves proporciones: Su hija se había enamorado.

La sombra eterna

Nadie que conociera a la peculiar pareja podía recordar haberla visto separada alguna vez. Aurora estaba donde su hija estaba; en la escuela de primeras letras; en la de segunda enseñanza; en los encuentros de las Juventudes; en los coloquios; en las diversas citas con intelectuales y políticos y en la universidad. La gruesa mujer de rostro severo estuvo siempre a la sombra; discreta pero visible; sin interferir en nada pero haciéndose notar; vigilante de su obra y guardiana de su pureza.

Cuando la chica, por indicación de Aurora, inicio estudios de Derecho en la Universidad de San Bernardo, debía vestir de negro con el fin de no parecer sensual a sus compañeros. La eterna compañía de su madre en pasillos y aulas llamó la atención de estudiantes y profesores; algunos se atrevieron a insinuar la posibilidad de que aquella fuese una relación incestuosa.

En ningún caso Hildergart podía estar sin su madre en compañía de varón alguno, cada palabra, cada gesto de los hombres que se acercaban debía pasar por el fino tamiz de Aurora quien incrementó la vigilancia desde que la muchacha llegó a la pubertad. No podía permitir que nada – y mucho menos un hombre – desviara a “su criatura” del objetivo al que la tenía destinada desde mucho antes de nacer.

Pero en el primer descuido que tuvo, uno logró pasar el cerco. Ocurrió durante el Congreso que el partido federal celebró en Madrid. Mientras Aurora charlaba con una amiga, Abel Velilla, político y escritor barcelonés trabó rápida conversación con Hildegart. Aurora no logró ver mucho desde su atalaya y como el encuentro fue tan breve tampoco le generó suspicacias. En el trayecto a la casa, la joven no dejo traslucir nada pero a los pocos días la celosa madre encontró una carta. Era, al parecer una declaración de amor de Velilla. Aurora montó en cólera y blandiendo la prueba de aquella felonía reclamó a su hija que no se quedó callada. La discusión de proporciones épicas fue la primera de una cadena de riñas a la que asistieron, con pase de cortesía y a través de los muros los vecinos del edificio.

Para agravar el asunto, Velilla se presentó ante Aurora para pedir a Hildegart en matrimonio. La madre lo miró como quien mide a una cucaracha antes de aplastarla y le dijo secamente:

– Mi hija no está en el mundo para contraer matrimonio. Casarla sería tanto como sacrificar la misión para la que ha venido a la tierra. Esto de ustedes es un amor pasajero que no tiene importancia alguna. Ya se les pasará.

Acto seguido le pidió al joven salir y le prohibió terminantemente continuar la relación con su hija.

La Divina Locura

La noche del jueves 25 de mayo, madre e hija asistieron a la casa de Don Pedro Cohucelo, quien haría ante un escogido grupo de amigos la lectura de su drama “La Divina Locura”. La velada transcurrió sin tropiezos y al final de la misma, Hildegart acudió efusiva a felicitar a su amigo. A lo externo la chica lucía tranquila pero espiritualmente estaba devastada. El incidente Velilla abrió la puerta a los demonios que desde un tiempo atrás la atormentaban. Se había hastiado de la enfermiza tutoría de Aurora y como era natural en alguien de su edad, y más aún de su cultura, los deseos de independizarse estaban a flor de piel.

Siendo Hildegart una joven brillante y de ideas progresistas era contradictorio que a los 19 años continuara bajo la égida de su madre, más aún que conservara intacta su castidad. Esa paradoja le ganó el apodo de Virgen Roja, atribuido a su amigo, el sociólogo británico Havellock Ellis quien la llamó así haciendo referencia a sus tendencias izquierdistas y a su nula experiencia sexual. Por datos de amigos cercanos se pudo saber que la chica se planteaba en los días previos a su muerte un rompimiento con su madre, decisión que sumada a la presunta relación afectiva con Velilla desencadenó la tragedia.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

Tus lágrimas me dicen…

Al llegar a su casa el sábado 27 de mayo, Pedro Cohucelo recibió de manos de un criado una tarjeta de Hildegart que tenía escrita la siguiente frase: “Amigo Cohucelo: Venga a vernos esta noche si le es posible. Hay algo urgente.”

Pese a que eran más de las diez de la noche, Cohucelo acudió a la calle Galileo. El talentoso escritor sentía un gran afecto por aquellas dos mujeres, en especial por Hildegart a la que conoció un año antes, cuando le tocó moderar una de sus conferencias en el Ateneo Teosófico de Madrid. Intrigado por la nota, apuró el paso hasta que se vio a si mismo golpeando discretamente la puerta del ático en el que vivían sus amigas. Con gesto grave Aurora le pidió pasar a la estancia en la que encontró a una carilarga Hildegart.

Sin saber exactamente de qué iba aquello, el escritor interrogó con la mirada a la matrona quien lo puso al tanto del suceso con Abel Velilla y de la decisión adoptada ante lo que consideraba un delicado problema.

Al escuchar el relato, Cohucelo preguntó a la joven:

– ¿Estás conforme con lo que dice tu madre?

Hildegart intimidada miró a Aurora y guardó silencio.

– ¿No me dices nada? – Insistió Cohucelo.

La chica rompió a llorar y el escritor exclamó conmovido:

– Ahora es cuando eres verdaderamente grande. Esas lágrimas me dicen que estás enamorada.

Esa frase fue para Aurora como un resorte que la levantó de la silla.

– ¡No! No está enamorada. ¿Verdad que no? – preguntó aterrada a su hija.

Hildegart no pudo sino mirarla con un rencor triste para decirle:

– No, no estoy enamorada. No quiero a más nadie que a ti.

– Ella, – dijo la madre – seguirá la ruta emprendida hasta llegar al fin para el que fue creada.

Como si estuviese ante el mismo Víctor Frankenstein, Cohucelo no pudo sino exclamar

– ¡Aurora, por Dios! ¿Por qué esa oposición?

– Ya sabe usted, repito que Hildegart tiene que cumplir una misión en la tierra.

Pedro José Cohucelo seguiría visitando a las mujeres en los días siguientes, tratando de encontrar una forma de mellar la terquedad de Aurora, aunque sin ningún éxito. Diez días antes de su muerte Hildegart fue aislada del mundo. El teléfono le fue cortado, las visitas prohibidas y las salidas a la calle anuladas. Su melancolía creció con el encierro y por más que rogó a su madre que la dejase salir, pues quería enterarse de primera mano de los pormenores de la crisis por la que atravesaba la República, no pudo sino seguir enclaustrada.

Las peleas se hicieron cotidianas, gritos y amenazas se filtraban por los muros. Hildegart clamaba por su libertad y Aurora maldecía a “las influencias externas” que corrompieron su obra. Imprecaba a H.G. Wells y a Havellock Ellis a quienes acusaba de encabezar una “conspiración internacional” que buscaba arrebatarle a su criatura.

Aurora entendió que su experimento había naufragado la noche en que su hija le anunció la decisión de separarse de ella, para emprender a solas una gira por el país. La perturbada mente de la mujer sabía cuál debía ser el siguiente paso y actuó en consecuencia.

La última pelea

La noche del jueves 8 de junio de 1933 una nueva disputa tuvo lugar en casa de las Rodríguez. La criada Julia Sanz asistía muda y aterrada a la misma desde su habitación. En aquella última pelea, Hildegart ratificó a su madre la decisión de salir del nido. La joven, para sorpresa de Aurora, se las había arreglado para dar algunos pasos en ese sentido y ya tenía hasta un sitio donde quedarse: la casa de doña Emilia Rincón, una anciana que era amiga de ambas mujeres.

Según narró Julia en el juicio que se dio un año después, la discusión se prolongó hasta la medianoche. Al parecer compañeros de partido de Hildegart le habían hecho la observación de que el asesoramiento y la persistente supervisión de Aurora la perjudicaban al frenar su pleno desarrollo. – Eres muy inteligente y laboriosa – le decían – pero la influencia de tu madre te afecta.

Para animarla a tomar la decisión, le ofrecieron realizar una gira propagandística por España, necesaria según ellos en la delicada circunstancia que atravesaba el país. La controversia salpicada de insultos, amenazas y llanto cesó cuando Aurora juró a su hija que se mataría el mismo día que ella la abandonara. La firmeza en la mirada de su madre convenció a la chica, que la abrazó prometiéndole que ya nunca la dejaría. Hildegart se fue a dormir. En su habitación Julia se echó la cobija encima convencida de que la refriega había concluido.

Aurora, por su parte, tomó un vetusto revolver que ocultaba de antiguo en la casa y subió a la azotea.

cintillo

Velilla aclara pero oscurece

Dos días después de la muerte de Hildegart, se recibió una llamada telefónica en la redacción del “Heraldo” pidiendo comunicación con don Manuel Fontdevila, director del vespertino. La llamada procedía de Barcelona y la hacía el escritor y político catalán Abel Velilla.

– Mi deseo es aclarar la información aparecida en su diario en la que se me vincula con la infortunada muerte de Hildegart Rodríguez.

Don Manuel solicitó a su interlocutor que le dejara tomar nota taquigráfica y al tener libreta y pluma en mano le pidió proseguir. Un bufido llegó por el pesado tubo del aparato y a continuación se oyó la voz metalizada y un poco nerviosa de Velilla.

– Soy el primer sorprendido. La señorita Hildegart me fue presentada en el Círculo Federal y con ella sostuve un brevísimo dialogo; pero sin que en nuestra fugaz conversación hubiera otra cosa que la más elemental cortesía. Jamás le escribí carta alguna y mucho menos hice petición de su mano por una sencilla razón: mis afectos están comprometidos.

La declaración recogida y publicada en la edición del sábado 10 de junio, la contradecían sin embargo tres personas que conocían íntimamente a Hildegart: don Pedro Cohucelo, la señora Guerrero de Echeverría y Julia Sanz, ésta última declaró bajo juramento acerca de esa relación en el juicio que se le siguió a la parricida.

No obstante, es necesario dejar constancia de la versión dada por otros testigos, en descargo de Abel Velilla. El redactor policial del diario “La Libertad” pudo saber por algunos vecinos que días antes del asesinato, Aurora encontró entre los papeles de su hija un pequeño lote de cartas, escritas por la misma joven, en las que simulaba una relación con Velilla. En la correspondencia imaginaria, la chica le decía al catalán que tenía fervientes deseos de reanudar los deliciosos días vividos con él en Madrid.

¿Podía tratarse entonces de fantasías provocadas por la mente de una joven castrada en su sexualidad? ¿Algún inocente juego que la ayudaba a drenar las naturales tensiones provocadas por sus necesidades afectivas? Fuera como fuera, la relación con Velilla, supuesta o real marcó el destino de Hildegart.

Susto de medianoche

Un estruendo despertó a los vecinos de Galileo 57. Hildegart y Julia se levantaron al mismo tiempo de sus camas para encontrarse en el pasillo con mirada interrogante. Afuera se oían voces alarmadas de gente que subía por las escaleras. Las jóvenes salieron al descansillo, justo para situarse entre los vecinos y Aurora que sostenía un humeante revolver entre sus manos. El pasmado tumulto miraba intrigado a la mujer que sin inmutarse soltó:

– ¡Que no pasa nada, hombre! Solo subí a probar esta cosa, a ver si funcionaba. En estos tiempos que vivimos una tiene que estar preparada, más en nuestro caso que somos tres mujeres viviendo solas. Hay que protegerse.

Un murmullo de condena se desprendió de la masa y cada quien regresó a su casa dando un portazo. Hildegart preguntó a su madre qué pasaba y ella la tranquilizó repitiendo lo que había dicho antes. Pasado el susto, la joven se fue a dormir sin saber que iba a su último sueño.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

El sepelio

A las diez de la mañana del sábado 10 de junio los doctores José Alberich y Cipriano Rodrigo, asistidos por Don Felipe Martín practicaron la autopsia a Carmen “Hildegart” Rodríguez. Apreciaron dos heridas de bala en la región malar, una en el pómulo derecho que provocó salida de la masa encefálica y otra en la región esternal, que atravesó un pulmón. “Las cuatro heridas son mortales de necesidad”, apuntaron en el informe.

Terminada la diligencia, el cadáver fue trasladado a capilla ardiente en el Circulo Federal de la calle de Echegaray donde militantes y dirigentes de su partido, acompañados por las damas de la Unión Republicana Femenina y personalidades de Acción Cívica se disponían a encabezar el acto fúnebre. A las 6 de la tarde del mismo día, los restos mortales de Hildegart, rodeados de una multitud, partieron por la carrera de San Jerónimo hasta el cementerio que habría de acogerlos.

El juicio

Una vez constituido el tribunal, el secretario José Ayllón procedió a leer las conclusiones provisionales de la fiscalía y de la defensa. En la primera se imputaba a doña Aurora de parricidio con premeditación y alevosía, más porte ilícito de arma y en la segunda se le calificaba de irresponsable y paranoica. El fiscal pidió pena de 30 años de reclusión mayor por el parricidio y un año de reclusión menor por el porte ilícito de arma. La defensa, por su parte solicitó la eximente primera del Código Penal debido a que la procesada sufría de un estado de paranoia pura permanente.

Desde su asiento, Aurora aprobó con una sonrisa la petición de la fiscalía y rechazó con un evidente gesto de desagrado la conclusión de la defensa.

Las tres horas siguientes el estrado sería ocupado por la acusada quien debía responder a las preguntas del juez, a las del fiscal y a las de la defensa, pero por momentos el acto perdía las apariencias de un juicio y tomaba las de la prédica de algún místico extraviado. La mujer contó su vida entera; la relación con sus padres y hermanos; la experiencia con su sobrino; la concepción de la idea de tener una criatura con la cual redimir al mundo; la niñez de Hildegart, sus logros académicos y los primeros tropiezos. Los asistentes recibieron además una clase gratuita de Eugenesia hasta que llegó el momento crucial de narrar su versión sobre el crimen y sus causas.

Aurora entrecerró los ojos como para meditar bien lo que iba a decir, apretó en sus manos el pequeño ramo de claveles rojos y comenzó a rememorar:

– Mi hija me había pedido mil veces que la matase. “Sé valiente, hija mía—le respondía yo siempre—, y sé tú la que te des la muerte.”

“Me falta decisión, mamá. De veras te suplico que acabes con mi vida.”

“Ante insistencia tan reiterada y angustiosa, le prometí complacerla. En la madrugada del día de su liberación, Hildegart se despertó una vez y viéndose aún viva, me dijo: “¿Todavía no, mamá?”. – Duerme, bien mío, que te juro que no has de despertar más. Dos horas después, cuando la vi sumida en el sueño más profundo, tomé el revólver, apliqué su cañón en la sien de mi hija y disparé con certera serenidad para que no sufriera.”

El murmullo de espanto que recorrió la sala provocó una mirada colérica en la mujer, quien luego sin más y con la misma frialdad que demostró siempre concluyó el relato

“Su deseo estaba cumplido. Tres disparos más hice sobre su cuerpo para evitarle sufrimientos inútiles. Y así acabó todo.

No me arrepiento en absoluto de mi obra. Cien vidas que tuviera Hildegart, otras tantas le quitara, antes de verla hundida en el fango de la prostitución dorada y sirviendo de presa a la concupiscencia y las malas artes de los hombres.”

Era esa la versión que había construido la trastornada mente de Aurora y la que repitió hasta que la historia le perdió la pista.

La prueba pericial

Concluido el interrogatorio a la procesada, tocaba el turno a los médicos psiquiatras de la defensa y de la fiscalía quienes debían evacuar las pruebas periciales. Se dio la palabra a los expertos que trabajaban para la defensa; los doctores José Miguel Sacristán y Miguel Prados. Estos expusieron su conclusión: Aurora Rodríguez presentaba una personalidad fuertemente egocéntrica, inadaptada y rígida con residuos de un pensamiento infantil que revelaba una “personalidad anormal”. Según el diagnóstico clínico, la acusada tenía un temperamento equizotímico con rasgos degenerativos paranoicos e ideas delirantes. Se trataba en resumen de una megalómana perteneciente al grupo de los “reformadores de la sociedad”; para ellos la mujer era una paranoica incurable, peligrosa y por consiguiente irresponsable de sus actos.

Por su parte, los médicos llamados por el representante del Ministerio Público alegaron estar ante una mujer que aunque tenía ideas extrañas, se daba perfecta cuenta de cuanto hacía por lo que no era una enferma paranoica pura y era por tanto responsable.

Al ver que aún faltaba la argumentación de los peritos y la prueba testifical, el presidente del tribunal suspendió la vista por lo avanzado de la hora, convocando para el 25 de mayo a las diez de la mañana.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

El caso Blanquita Gassó

Hay en la historia criminal de España un caso que presenta algunas semejanzas con el que hoy narramos. Ocurrió 50 años antes, en 1883. Blanquita Gassó una hermosa e inteligente joven, escritora como Hildergart, era la hija de un rico comerciante madrileño que la celaba excesivamente. El hombre que enviudó muy pronto, ejerció los roles de padre y madre con una peculiar mezcla de mimo y rigor. Cuando su hija creció, convirtiéndose en una atractiva señorita que llamaba mucho la atención por su belleza y talento, Gassó extremó la vigilancia. La muchacha no podía dar un paso sin que su padre estuviera con ella. Jamás la dejaba sola en casa, si salía al café o a cualquier reunión con amigos la llevaba consigo.

En una ocasión, atormentado por los celos, el padre trató sin éxito de desfigurar el rostro de la chica. Cuando se le preguntó la razón de aquella agresión respondió que su deseo era que la muchacha quedara fea para que ningún hombre se fijara en ella.

A los pocos días, una mañana también como en el caso de Hildegart, el comerciante entró en la habitación donde dormía su hija y la mató a tiros; pero al contrario de lo que hizo Aurora, al verla muerta, Gassó se llevó el arma a la sien y se suicidó.

Conclusión

El juicio comenzó media hora después de lo previsto con la continuación de la prueba pericial médica. Aurora Rodríguez acudió sosteniendo nuevamente entre sus manos un ramo de claveles rojos. En la primera parte de ese día tocaba a los psiquiatras argumentar sus tesis ante la defensa y la fiscalía. El acalorado debate se prolongó hasta la una de la tarde cuando tocó desfilar a los testigos, en el primer grupo estuvieron Julia Sanz, Laura García, Benigna Carvallo y Emilia Caballero Rincón, sus declaraciones fueron breves. A las cuatro y media de la tarde, luego de un receso de dos horas, 8 testigos más fueron llamados al estrado.

Al caer la noche todo había terminado. Luego de que el fiscal y el defensor presentaron sus conclusiones definitivas, el jurado tras una corta deliberación dictó veredicto de culpabilidad. Don Francisco Fabié procedió entonces a dictar sentencia:

– Condeno a la acusada, doña Aurora Rodríguez Carballeira a purgar la pena de 26 años, ocho meses y un día de reclusión.

Las palabras del juez se elevaron como la espuma de una ola en el rumor emocionado del público para ir a estrellarse entre los integrantes del jurado.

– Con su venia señor Presidente, pero nos parece que la pena es excesiva.

Con el humor del que quiere terminar rápido una mala faena, Don Francisco Fabié prometió tramitar un indulto para rebajarla.

La sala se fue vaciando hasta que solo quedó la figura erguida de Aurora, serena, con el ramo de claveles rojos a la altura del pecho, entonces, Pedro Massa periodista de “Crónica” se acercó hasta ella para obtener su impresión de lo sucedido.

– ¿Qué ha querido usted simbolizar con ese manojo de flores?

– Que el recuerdo de mi hija no se aparta ni se apartara nunca de mí. Cerrados para siempre por mis propias manos aquellos ojos brillantes y puros, ¿en qué cosa mejor puedo clavar los míos que en esta gracia de la tierra que es un clavel?

– ¿Qué juicio le merece la sentencia?

– La encuentro lógica, dentro de las normas espirituales al uso. Lo que celebro en ella más es que se me haya reconocido la lucidez, la responsabilidad de mis actos, que no se haya querido inutilizar mi obra con una demencia estúpida que no padezco.

– ¿Y ahora?…

– A vivir cuanto me reste de vida entre los nobles muros de una prisión, donde me propongo seguir mi apostolado con más fervor y más entusiasmo que nunca.

Epilogo

Aurora Rodríguez Carballeira estuvo recluida en el antiguo caserón de Quiñones hasta que una madrugada de octubre de 1933 fue trasladada, junto a un centenar de sus compañeras a la nueva cárcel de mujeres de Madrid. Dos años después de su condena su rastro se perdió en las brumas de la guerra civil española. Algunos creían que la mujer se había fugado, otros que había sido excarcelada en medio del caos de la contienda. La realidad fue menos novelesca: Doña Aurora terminó sus días en el manicomio de Ciempozuelos en la soledad a la que le condujeron sus actos.

El asesinato de Hildegart por su madre Aurora Rodríguez

Referencias:

De Guzmán, Eduardo. “Aurora de sangre (Vida y muerte de Hildegart)” Editorial G. del Toro Madrid 1973.

Moreiro, Julián. “Españoles excesivos” Editorial EDAF. Madrid 2008

Arrabal, Fernando. “La Virgen Roja” Editorial Seix Barral, S.A. Madrid 1987

Martínez Sada, Rosa Cal. “A mi no me doblega nadie: Aurora Rodríguez, su vida y su obra”. Ediciós do Castro, D.L. Madrid 1991

Fernán Gómez, Fernando. “Mi hija Hildegart” (Cine) 1977

Prensa consultada:

Crónica, Heraldo de Madrid, La Voz, La Libertad, ABC, Luz y Mundo Gráfico entre junio de 1933 y mayo de 1934

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4 comentarios

  1. espectacular este caso.

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  2. Como todos los artículos de este blog, simplemente espectacular. la larga espera se justifica al leer crónicas impecables como las aqui publicadas

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  3. Interesante historia, hoy dìa hay padres que quieren planificar la vida de sus hijos en vez de dejarlos que sean ellos los que escojan lo que quieren ser.

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  4. Es inaudito que una madre asesine a su propia hija. Que le quite la vida a una chaval brillante. No puede haber justificación ni motivo para este horrendo crimen. No solo destruyó la vida de una joven escritora, sino que se destruyó así misma. Y, por cierto, una escritora que también se decepcionó del llamado “socialismo”. Historia digna de ser vista en el cine…Pedro, le envié dos email.

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