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El artista que estafó a los nazis

Han Van Meegeren el gran falsificador

Algo sobre los “expertos”

La creación artística es una de las más viejas manifestaciones humanas, Los objetos de arte más antiguos documentados hasta ahora datan de por lo menos 75.000 años, desde esas lejanas fechas los creadores o artistas han enriquecido el patrimonio espiritual de la humanidad con su trabajo; trabajo que empezó a ser cuestionado de forma sistemática a partir del siglo XVIII por el llamado crítico de arte, una especie que surgió con el ascenso de la burguesía al poder y la transformación de la obra de arte en un objeto con valor de cambio.

El critico quien junto a directores, coleccionistas, curadores y artistas forma parte del llamado Sistema de Arte se erige en el guía, comentador y educador del público. En muchas ocasiones el crítico se pretende infalible y con el poder que ostenta por su vinculación a los medios de comunicación es capaz de hundir o llevar a la cima a un artista. Como de todo hay en la viña del Señor, en el genero de la critica de arte conviven pretendidos y verdaderos expertos; los primeros con su vanidosa prepotencia han hecho más daño que bien; la siguiente es la historia de Han Van Meegeren un dotado artista plástico que despreciado por la critica especializada y calificado de mediocre se entrego en cuerpo y alma a la lucha por demostrar la idiotez de los “expertos”. Una lucha que lo hizo millonario y al final de su vida lo llevó a la cárcel.


Con la uñas pintadas y un ligero maquillaje en el rostro, Hermann Goering Mariscal del Reich bajó a recibir a los invitados que aguardaban en la sala de recepción de su lujosa residencia de Karinhall. El voluminoso jefe nazi se mostraba exultante y no era para menos, aquel día de 1943 mostraría a los asistentes su más reciente adquisición: Un hasta hace poco tiempo desconocido pero legítimo Vermeer localizado en Italia por el acucioso investigador, marchante y artista plástico holandés Han Van Meegeren.


La tela llamada El Cristo y la adultera fue comprada para Goering por su procurador artístico a través de un antiguo amigo del mariscal: el comerciante teutón de arte Alois Miedl, quien residía en los Países Bajos por haber violado la ley nazi de las razas al casarse con una judía. El monto pagado por la obra ascendió a 1.600.000 gulden (7 millones de dólares americanos actuales), una cifra considerable que por supuesto no salió de los bolsillos de Goering.


En 1943 Hermann Goering quien en otra época había sido un dirigente enérgico y laborioso no era más que un figurón forzado del nacionalsocialismo que llevaba una vida apática y suntuosa. Se había convertido en un sujeto extravagante del que se hablaba en voz baja en los altos círculos del poder. Su presencia que resultaba incomoda era sin embargo, por razones de protocolo y política, imprescindible. Se trataba del Mariscal del Reich y segundo hombre en la línea de sucesión, además era el responsable – por lo menos formalmente – del Plan Cuatrienal de Producción creado en 1939 por el Führer para garantizar los insumos necesarios a la guerra.


Sin embargo en la práctica no pasaba de ser un hedonista redomado que se dedicaba a gastar a manos llenas el dinero del estado y a promover el saqueo en los países ocupados para satisfacer sus caprichos de sibarita. Mientras los alemanes sufrían los estragos de la guerra, Goering se alojaba en suntuosos palacios y cotos de caza. El de Karinhall le servía para alojar y exhibir las innumerables obras de arte que había logrado reunir durante la guerra. El Cristo y la adultera óleo atribuido a Jan Vermeer, venía a engrosar la ya abultada lista de firmas que colgaban de las paredes de aquel palacio.


El 25 de agosto de 1943, Goering que de manera constante se mostraba pesimista con relación al papel de su país en la guerra, ordenó trasladar sus pinturas y esculturas a una mina de sal en Austria en donde debían permanecer ocultas. Allí fueron halladas en mayo de 1945 por los soldados del Séptimo Ejercito norteamericano, junto a otras 6.750 obras de arte saqueadas por los nazis. Solo la Colección Goering fue valorada en quinientos millones de dólares de la época. En las entrañas de aquella mina de sal, había además champaña, vinos, coñac, oro y divisas de los países ocupados. La tarea de clasificar aquella enorme cantidad de objetos fue encomendada a la división de Monumentos y Bellas Artes del Ejército de los Estados Unidos que junto a un equipo multidisciplinario de los países aliados debía identificar y devolver a sus legítimos dueños cada una de las piezas.


Telas de Van Gogh, Rafael, Rubens y Rembrandt saqueadas durante el conflicto iban saliendo de las minas para establecer su origen hasta que un buen día los soldados dieron con aquel lienzo firmado por el afamado pintor holandés del siglo XVII, Jan Vermeer; la investigación de la procedencia de El Cristo y la adultera  fue confiada a un experto de los Países Bajos quien con celo profesional se dedicó a escudriñar los papeles y documentos privados de Goering. Lo que descubrió fue una bomba: Resultó que aquella pintura no fue robada como las otras sino que fue adquirida legalmente por medio de una transacción comercial. Aquello indignó al experto holandés pues significaba nada más y nada menos que algún compatriota había vendido la obra maestra al procurador artístico de Hermann Goering; un despreciable acto de colaboración con el enemigo que a su vez constituía un delito de lesa patria.

Han Van Meegeren el gran falsificador
Así que el experto tomó la tela y se presentó con ella ante su gobierno en La Haya. Allí luego de una breve reunión comenzó la cacería del traidor, era necesario dar con el responsable de aquel ultraje para que recibiera un castigo ejemplar. Los holandeses tenían en Jan Vermeer a un héroe nacional quien junto a Rembrandts formaba parte del llamado siglo de oro holandés; la producción artística de estos dos genios había dado lustre internacional a su patria. Sin embargo no iba a ser fácil dar con él. Lo primero que hizo la policía fue ir directamente a la casa del hombre que había vendido el cuadro al agente de Goering, el bávaro Alois Miedl, pero éste había huido a España unas semanas antes; como sabían que Miedl había comprado el cuadro a un tratante de arte en Ámsterdam fueron a buscarlo. En el interrogatorio el hombre insistió en que su papel dentro de toda la trama fue solo el de entregar la pintura a cambio de una comisión.


– ¿Quién le pagó para entregar el cuadro? – preguntó la policía.
– Un hombre llamado Reinstra –
Los funcionarios fueron a buscar al tal Reinstra que resultó ser un hombrecillo de porte cómico pero de mente sagaz que se ganaba la vida como marchante de arte. Éste también negó ser un colaboracionista, solo había sido intermediario en la venta del cuadro; no podía saber que el comprador final era Hermann Goering. Él había recibido el lienzo de Vermeer de manos de otro hombre. Con la paciencia agotada los detectives preguntaron quien era aquel hombre.

– Han Van Meegeren, un artista de Ámsterdam – fue la respuesta.

Cuando por fin dieron con el traidor, aquel resultó ser un hombre muy rico dueño de 50 casas, dos clubes nocturnos y algunas pinturas importantes. Vivía con su segunda esposa en una enorme mansión y tenía todo el aspecto de un viejo cínico: una sonrisa burlona y unos ojos vivaces que miraban al mundo desde un rostro lleno de arrugas con pronunciada calvicie. Su fortuna la había hecho vendiendo 6 desconocidas pinturas de Vermeer que había logrado sacar de la oscuridad gracias a sus dotes de investigador. La primera de ellas era Los discípulos de Emaús y la última El Cristo y la adultera localizadas y vendidas entre 1936 y 1943. Cinco de esas telas ocupaban destacados lugares en los museos de La Haya, Ámsterdam y Rótterdam. A las autoridades por supuesto solo les interesaba el sexto óleo, el que fue vendido a Goering.


– Díganos donde consiguió esa pintura
– Esa la compré en Italia – contestó Van Meegeren
– ¿Cómo? ¿Se atrevió usted a comprar a los fascistas italianos para vender a los nazis alemanes? ¡Considérese arrestado!


A los 57 años Han Van Meegeren aparentaba más edad de la que tenía, el artista durante muchos años sometió su cuerpo a fatigantes jornadas de trabajo, y a un ritmo de vida que acabó con sus nervios. Fumaba copiosamente, era adicto a las píldoras para dormir y alcohólico por lo que cuando se vio privado de aquello por estar detenido llegó a sufrir terribles convulsiones. Los primeros días gritaba histéricamente hasta que cayó en un profundo estado de melancolía. A las tres semanas, sin recibir ninguna explicación fue puesto en libertad; pero a los pocos días fue arrestado nuevamente y llevado al cuartel general de la policía de Ámsterdam. Al caer la tarde los agentes lo sometieron a un feroz interrogatorio que iba a durar toda la noche. Querían hacerle confesar que era un traidor a la patria, un sujeto miserable que sin ningún sentido del decoro había vendido a los nazis un sagrado patrimonio cultural de Holanda: un Vermeer.  Meegeren se negó repetidas veces, miraba a sus captores con un cierto aire burlón y movía su cabeza de izquierda a derecha. ¡No soy ningún traidor! – decía indignado. Los policías insistían, las horas pasaban. Cuando empezaba a salir el sol la pugna parecía estar en un punto muerto; pero de pronto el artista se quebró y de su reseca garganta brotó la verdad.


– ¡Estúpidos! ¡Yo no entregué a los nazis ningún tesoro nacional! Lo que les vendí no fue un Vermeer, sino un Van Meegeren. ¡Esa tela no es más que un Vermeer falsificado por mí! A continuación dictó su confesión; aseguró a los sorprendidos policías que había falsificado seis Vermeer entre 1937 y 1943, cinco de esas falsificaciones las había logrado vender a importantes museos de Holanda y con ello además de ganar un total de 3,2 millones de US$ demostró como se podía engañar a respetados directores de museos y a la comunidad de científicos y críticos encargados de comprobar la autenticidad de las obras. La primera parte de su confesión decía textualmente lo siguiente:

“Arrastrado por los efectos psicológicos de mi desilusión al no verme reconocido por los artistas y críticos de mi país, un día fatal de 1936 decidí demostrar al mundo mi valía como pintor, y resolví hacer una perfecta pintura del siglo XVII”.


Estas palabras que aparecieron en la prensa al día siguiente estallaron como un latigazo en el rostro de los críticos de arte de Europa y América. Sí era verdad lo que decía este loco, su prestigio profesional se vería seriamente comprometido pues en su momento muchos de ellos habían redactado elogiosos ensayos sobre aquellos supuestos Vermeer.  Lo que siguió a continuación fue la locura: para la policía la situación era confusa, sí Van Meegeren decía la verdad solo se trataba de un falsificador, no podía ser ciertamente un colaboracionista; en todo caso había cometido un delito pero ahora de distinta índole. De haber vendido un Vermeer original, era un problema de carácter nacional que solo concernía a los holandeses mas si falsificó pinturas la cosa podía llegar a tener consecuencias internacionales. Las autoridades decidieron convocar a los principales expertos de arte holandeses pues era necesario desenredar aquella madeja. Se les preguntó sí podía ser cierto lo aseverado por Van Meegeren acerca de las 6 supuestas pinturas de Vermeer; los críticos ciertamente no podían emitir un juicio objetivo pues en su momento habían juzgado y aceptado aquellas telas como auténticas, si ahora decían lo contrario quedarían como unos perfectos idiotas y su reputación se iría por el caño.


Desde su celda Van Meegeren gritaba con gozo – “Yo le demostré a esa partida de burros que soy tan bueno como los antiguos maestros, ninguno de ellos fue capaz de ver que se trataba de falsificaciones” – Desde ese momento para la opinión pública no era solo Van Meegeren el que estaba en el banquillo de los acusados, ahora lo acompañaban sus viejos enemigos: los críticos de arte. En las calles y los cafés de todo el planeta el cotilleo estaba servido, ¿Hasta que punto se podía confiar en aquella gente? Se suponía que estaban dotados de un absoluto conocimiento y una total integridad. De su dictamen dependían museos y coleccionistas. Si resultaba cierta la confesión de Van Meegeren quedaría demostrado que muchos de aquellos presumidos hacían una labor superficial juzgando las pinturas con prisa y solo en base a la firma y no al mérito.


La gran pregunta que flotaba en el ambiente era: Los lienzos que colgaban en las paredes de los grandes museos y galerías ¿eran obra de Jan Vermeer o de Han Van Meegeren? El artista pidió ser juzgado como falsificador pero los “expertos” insistían en que debía ser procesado como traidor. No estaba fácil la cosa para las autoridades, ¿qué podían hacer? De pronto a alguien se le ocurrió una idea. Dejemos que este hombre pinte una nueva tela a la manera de Vermeer, bajo la supervisión de la policía y a los ojos de la opinión pública. Esta séptima pintura demostrará si de verdad es capaz de falsificar un antiguo maestro o solo usa una treta para salvarse de la acusación de colaboracionista. Los expertos aceptaron a regañadientes, para el común de la gente la propuesta era una delicia, para Han Van Meegeren se trataba de pintar por su vida.

Han Van Meegeren el gran falsificador
El polémico pintor fue trasladado a un estudio que las autoridades habían incautado y convertido en peculiar celda. Una guardia de dos policías habría de vigilarlo día y noche; se le permitió adquirir todos los materiales necesarios para pintar y se le concedió una ración diaria de vino, sus píldoras para dormir y cigarrillos.  Van Meegeren puso pinceles a la obra pero se quejaba de no poder contar con los materiales exactos ni con el tiempo que había necesitado para hacer las otras pinturas; el juzgado le concedió solo un breve periodo de tiempo para probar que era un falsificador. Sus amigos podían visitarlo y esto en cierta forma le sirvió de aliciente. La obra que decidió pintar se llamó Cristo niño, en el templo con los ancianos, poco a poco fueron apareciendo las principales características del estilo Vermeer: profusión de amarillos y azules, el toque punteado y una técnica bien cuidada. Del resultado final de su trabajo dependían muchas cosas y por eso la tensión habría de mantenerse hasta que concluyera el cuadro.


El gran falsificador del siglo XX

Han Van Meegeren nació el 10 de octubre de 1889, fue bautizado con el nombre de Henricus Antonius Van Meegeren. Comenzó a dibujar a muy temprana edad, actividad que su severo padre no aprobaba en modo alguno, él esperaba que su hijo fuera arquitecto. En la secundaria Van Meegeren conoció a un hombre cuyas ideas lo marcarían de por vida, el profesor Bartus Korteling un declarado admirador de los pintores de la edad de oro neerlandesa quien le enseñó, entre otras cosas el método usado por Vermeer para mezclar y dar cuerpo a sus colores. En 1907 a instancias de su padre ingresó en la Universidad Técnica de Delft para estudiar arquitectura, su estadía en aquel centro de estudios se mantuvo a duras penas pues su verdadero interés estaba en la pintura. En 1913 abandonó la universidad para ingresar en la escuela de artes de La Haya, ese mismo año recibió la Medalla de Oro de su antigua universidad por su obra Estudio del interior de la Iglesia de San Lorenzo.


En agosto de 1914 la Real Academia de Artes de La Haya lo diplomó como dibujante y con ese título tomó el cargo de asistente al profesor de dibujo, empleo que lo ayudaba pues se había casado en 1912 con una compañera de clases con la cual tenía un hijo. Sus primeros años en la pintura los dedicó a la enseñanza y a la creación de carteles e ilustraciones por encargo. En 1917 tuvo su primera exposición importante y dos años después se hacía miembro del Haagse Kunstkring, una exclusiva sociedad de escritores y pintores. Sin embargo, su situación financiera no mejoraba, en 1923 se divorció de su primera esposa y se unió a Jo van Walraven, una divorciada medio española, medio holandesa, con ella se casaría en 1929.


Para esa fecha el prestigio adquirido y la publicación de dos libros con sus dibujos y pinturas le trajeron encargos de la nobleza europea y de millonarios norteamericanos, sus ingresos comenzaban a mejorar pero el triunfo material le acarreó su primer choque con la crítica. En los medios artísticos holandeses flotaba cierta hostilidad contra él; parecía que no podían perdonarle su agudeza, su ingenio y su triunfo financiero; sin embargo la guerra abierta no estallaría hasta que recibió una inmoral oferta de un grupo de “expertos”, – Sí él estaba dispuesto a pagar, ellos los “omniscientes e inapelables” comentaristas de arte hablarían bien de su obra-. Como Van Meegeren rechazó indignado tal propuesta la emprendieron con saña contra él. Desde ese momento lo tildaron de pintor mediocre, imitador sin gracia y de artista de segunda clase. Lo acusaron de haberle dado la espalda a las nuevas tendencias artísticas y de quedarse atascado en el siglo XVII. Como una jauría de hienas la crítica lo fue cercando intentando dar muerte a su carrera por la vía del desprestigio.  Sin piedad lo acosaron por cinco años hasta que un buen día de 1936 Han Van Meegeren decidió tomar venganza.

– “Todos estos críticos de pacotilla – pensó –  andan siempre alardeando de ser versados en los antiguos maestros, presumen de reconocer la originalidad de una obra importante cuando la ven, pero solo se remiten a la firma y a algunos elementos superficiales”. Voy a dejarlos en ridículo, voy a pintar un antiguo maestro, voy a hacer que se arrodillen frente a un lienzo espurio y lo alaben”. Ya verán ellos quien es Han Van Meegeren”.

Con esta obsesiva idea en la cabeza, se sentó a trazar un cuidadoso plan, lo primero era ver a cual de los antiguos maestros podía imitar. Pensó en algunos del Renacimiento pero inmediatamente los descartó, consideró también a Rembrandt pero al final se decidió por Jan Vermeer. La escogencia no fue por puro azar, Van Meegeren tenía sus razones para decantarse por ese maestro en particular: primero que nada lo admiraba, conocía bien su obra, su estilo era más fácil para él y algo muy importante, gran parte de su vida estaba envuelta en el misterio, esto facilitaría posteriormente presentar en sociedad el “descubrimiento” de un nuevo Vermeer.

El paso siguiente sería encerrarse por meses enteros a estudiar al maestro en profundidad, se apoyó en diversas fuentes, revisó incontables libros, desempolvó manuscritos buscando e hilvanando fragmentos de la vida privada de Vermeer. Sorprendido descubrió además que el maestro permaneció en el olvido por casi doscientos años después de su muerte debido a una disputa en vida con un crítico de su época quien luego se negó a incluirlo en la obra El gran teatro de los pintores holandeses, un libro que se convirtió en una especie de libro sagrado de los críticos. En 1865 un exiliado francés se interesó por la obra de Vermeer y se dedicó a buscar sus cuadros para darlos a conocer a las nuevas generaciones salvando así para la posteridad la producción artística de aquel genio.

Completada esta primera fase, Van Meegeren se dedicó a estudiar las pinturas autenticas de Vermeer. En esto descubrió algo que lo ayudaba; en algunos catálogos se hablaba de un total de 36 obras y en otros se hablaba de 40, una discrepancia que le sería útil. Visitó los museos donde se exponían las obras del maestro  y observó detenidamente los colores predominantes, el sentido de las pinceladas, la textura. Notó que Vermeer sentía especial predilección por las cabezas humanas y las pintaba estrictamente de tamaño natural. En sus cuadros, además había elementos que se repetían dando al total de su obra características únicas, como si fueran huellas dactilares: Al fondo casi siempre ponía ventanas con vidrios de colores, una silla con cabeza de león estaba generalmente presente al igual que alfombras arrugadas.


La parte final de su plan era el estudio técnico: necesitaba conocer las características físico químicas de los materiales empleados en el siglo XVII para anticiparse con éxito al estudio que sin duda alguna harían los científicos. Sabía que emplearían rayos X e infrarrojos, que inyectarían alcohol para observar la reacción de los colores y que usarían lámparas de cuarzo para penetrar las distintas capas. Por manuscritos de la época supo que tanto Vermeer como Velásquez empleaban la gomaguta para el amarillo, el lapislázuli para el azul y blanco de zinc. Para obtener en el siglo XX algunos de estos compuestos tuvo que pagar una verdadera fortuna pero lo hizo. En uno de aquellos viejos manuscritos descubrió el tipo de aceite usado por Vermeer para mezclar y adelgazar los colores, sabía que no podía usar el aceite de linaza pues sería descubierto de inmediato. Aprendió que antes de aplicar la pintura debía recalentarla pues así lo hacía Vermeer y que sus pinceles debían tener pelos de tejón en lugar de las cerdas sintéticas de la era industrial. Algo importante que debía tomar en cuenta era el tipo de tela a usar, por medio de tratantes de arte logró conseguir autentico lienzo del siglo XVII, con este detalle su trabajo estaría blindado.

Con toda la etapa de investigación y estudio cubierta, Han Van Meegeren  se retiró a un estudio en Niza para pintar su falso Vermeer. El tema que escogió fue a Cristo partiendo el pan con sus discípulos de Emaús y se decidió por éste pues ahora sabía que Vermeer había trabajado con estudiantes de pintura italianos que pintaron mucho ese tema y llevaron sus lienzos a Italia. Era por tanto muy probable que Jan Vermeer hubiese pintado ese Los discípulos de Emaús y lo haya llevado a Italia y dejado allí durante sus años desconocidos. Van Meegeren “descubriría” ese cuadro gracias a un amigo, acudiría a comprarlo a un precio irrisorio para luego venderlo.

Por siete meses consecutivos Van Meegeren se dedicó a pintar aquel cuadro. Lo hizo febrilmente, cuidando cada detalle, repasando cada centímetro de la tela, respetando escrupulosamente el estilo Vermeer. Tuvo incluso buen cuidado de imitar las grietas que el tiempo produce en las pinturas y cuando consideró terminada la obra, la revisó palmo a palmo. Constató que todo estuviera en su justo lugar y procedió a estampar la firma. Vermeer colocó. Ahora debía dar el paso decisivo: simular haber descubierto aquella tela y darla a conocer al mundo.

Han Van Meegeren el gran falsificador Regresó a Ámsterdam y se presentó en la casa del doctor Abraham Bredius, uno de los más reputados historiadores y expertos de arte para que le diera un certificado de autenticidad de la pintura. Esta parte también la había planeado, escogió acudir donde Bredius pues se trataba de un anciano de noventa años, un hombre cuyas facultades estaban ya seriamente comprometidas y al que nadie consultaba desde hacía mucho tiempo. Sin duda, aquel viejo se sentiría halagado y miraría la obra con buena disposición. Bredius miró la tela y procedió a hacer los exámenes de rutina. Todo estaba en orden, la obra era sin duda autentica, así que el anciano excitado por aquel nuevo descubrimiento de un Vermeer dio su aprobación. Cuando Han Van Meegeren salió de su casa, Bredius se sentó a escribir un artículo que se publicaría luego en una prestigiosa revista de arte inglesa, alabando la obra que acababa de certificar. Para Van Meegeren la mesa estaba servida.


Poco tiempo después los miembros de la Asociación Rembrandt contrataron a cuatro expertos para que examinaran el Vermeer, y estos también declararon su autenticidad. La Asociación pagó a Van Meegeren por aquella tela veinte mil dólares. Cuando el cuadro Los discípulos de Emaús tuvo su primera presentación en sociedad, la totalidad de los críticos expresó sonoros elogios. Todos coincidían en que sin duda alguna aquella era la mejor y más acabada obra de Jan Vermeer.

Esto generaba una enorme satisfacción para Han Van Meegeren, con esto demostraba que aquellos presumidos no eran más que una partida de idiotas, el problema para él estuvo en que no dio a conocer aquello, sino que acicateado por el afán de lucro se dedicó a falsificar más Vermeer que con el mismo procedimiento colocó en diversos museos. En poco tiempo incrementó su fortuna y aumentó su prestigio como investigador y si no hubiese sido por la ocupación nazi de su país quizás nunca hubiera sido descubierto pero sucedió que de las seis pinturas que falsificó vendió 5 y dejo una para él. Una de la que no quiso desprenderse. La colgó en una pared de su casa hasta que un mal día de 1943 apareció por su casa el intermediario Reinstra, éste lo convenció de que le permitiera negociar aquella tela, Meegeren accedió con la condición de que no fuera a venderla a los nazis ocupantes. Sin embargo tres semanas más tarde el cuadro estaba en posesión de Hermann Goering y no se supo más de él hasta que los aliados lo encontraron escondido en aquella mina de sal en Austria.


En el estudio que el estado holandés le asigno como prisión Han Van Meegeren proseguía su trabajo, como había hecho con las seis anteriores falsificaciones pintó ésta con cuidado, a pesar de que no contaba con materiales totalmente exactos. El cuadro Cristo niño, en el templo con los ancianos por fin fue terminado y catalogado por la policía como la “prueba A”. Se nombró un jurado especial de expertos internacionales que debía emitir su veredicto en mayo de 1946, pero un año después seguían debatiendo. Unos decían que esta tela contenía las mismas características de las otras 6 supuestas  obras de Vermeer por lo que era verdad lo que afirmaba Meegeren; pero otros no cejaban en su empeño de negar que aquello fuera posible.

Decían que un borracho como ese no sería jamás capaz de imitar con éxito a un antiguo maestro. El asunto era que si daban la razón a su enemigo al mismo tiempo reconocerían que se habían equivocado en juzgar seis pinturas por las que se pagaron millones debido a que ellos certificaron que eran legítimas, reconocer aquello los pondría en la picota. Con el tiempo algunos miembros del jurado se fueron retirando. Ante la indecisión, al artista le fue concedida una libertad limitada, se le envió a casa mientras salía el veredicto final. En una de las sesiones del juzgado Meegeren reveló datos que lo ponían en evidencia como falsificador: Había usado pintura en base a una resina sintética que no fue inventada sino hasta 1900, las cabezas de los personajes las había pintado deliberadamente 6 centímetros más grandes de lo que lo hacía Vermeer, la silla donde aparecía sentado Cristo en alguno de los cuadros estaba dibujada según la moderna silla de su estudio, presentó los recibos de pago de los tubos de lapislázuli comprados por él a los tratantes de arte de Londres.

Al fin, el 29 de octubre de 1947 Han Van Meegeren fue procesado por el Tribunal de Distrito de Ámsterdam por el delito de falsificación, la fiscalía solicitó que se le condenara a dos años de prisión por fraude. Sin embargo a causa de su frágil salud y seguramente por la simpatía que el reo había despertado en la opinión pública el jurado lo sentenció a solo un año de prisión; pena que nunca pagó pues del tribunal salio para su casa y el tiempo que le quedó de vida se dedicó a pasear, conversar con sus amigos en los cafés y a consumir increíbles cantidades de botellas de ginebra.

La noche del 20 de diciembre de 1947 Han Van Meegeren moría a causa de un ataque cardíaco. Su nombre se había convertido en una leyenda y los críticos que alguna vez lo vilipendiaron quedaron en entredicho, pues al final hasta el más recalcitrante hubo de admitir que se había equivocado.

Publicado el 20 de enero de 2012

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8 comentarios

  1. ¡Es un honor para mi, amigo Pedro que me tenga presente en sus etiquetas! Admirable este gran genio, aunque falsificador y lleno de vicios no se puede ocultar ni dejar de reconocer su gran don en la historia. Gracias amigo Pedro le deseo éxitos infinitos. ¡¡Dios le bendiga!! ¡¡saludos!!

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  2. Te felicito Pedro… Excelente articulo, muy bien documentado. Me impresiona la forma en que te documentas para darnos a conocer historias como estas. Muy astuto e inteligente éste artista… muy buena la lección que le dio a esos críticos engreídos.

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  3. Excelentes cada uno de sus ensayos, redactados con pulcritud y muy bien documentados..Los felicitos convirtiéndome en su asidua lectora… Éxitos amigos

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    • Elimar, de verdad muchas gracias por tus palabras, siempre es un estímulo y un compromiso para nosotros que nuestro trabajo llegue a ustedes. Si bien cada caso tiene su dificultad queda totalmente recompensada con los comentarios que nos hacen proporcionan. Un abrazo y gracias por seguirnos.

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  4. Conozco a un tallador de madera muy alabado en nuestro país. Una experta le visitó en el pueblito donde vivía junto a su familia haciendo tallas policromadas. Adquirió una de ellas y escribió sobre los méritos de ese artista. Resulta que las tallas no eran hechas solo por él sino por varios miembros de su familia. Por supuesto, a nivel local se conoce el asunto pero las tallas, a nivel de museo y mercado se atribuyen al que entrevistó la crítica de arte

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  5. En el mundo, en cada rincón del planeta hay talento innato, tan meritorios y grandiosos como los autores, invetigadores y creadores de éstas crónica. De verdad, que esta historia, real por supuesto, es una de las mejores que he leído, una de las más interesante desde el punto de vista artístico. Qué gran genio, que trataron de opacar y destruir.Al fin, leo, justicia. Pagó un poco por su deseo de venganza.Sin embargo, el mismo hecho de haber ido a la cárcel, le permitió hacer efectivo su plan: que no era más que, ridiculizar a quienes por malsana envidia le hicieron tanto daño, y lo logró.Se hizo justicia por todos lados.Lamentable, que al final el corazón se le haya desgastado.También, noto, que también los nazis recibieron lo suyo al adquirir una imitación.Hoy veo, que la crítica busca hacer daño, en vez de apoyar a tantos genios,como yo,lo digo con modestia, que solo desean una oportunidad.Pero,hay un grupo de perfeccionistas u otro tipo de nazis, que no contribuye en nada a la sociedad.Pedro,Mariana, yo valoro, aprecio y comento el talento que ustedes tienen.Felicidades! Yo también, tengo mi talento, y espero que muy pronto, puedan leer mis libros. Amen.

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