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Cuando el amor remontó el Orinoco

Vera Loucach y Georges Pantchenko

Una fresca mañana de 1957, Vera Loucach se despidió de su esposo Georges Pantchenko quien iba a trabajar en la demarcación de los límites entre Venezuela y Brasil, no pasó mucho tiempo sin que le llegara el rumor de que Georges se había extraviado en la selva; aquella noticia congeló su sangre pero no su corazón.

Al verse ante aquella tragedia, el fuerte carácter de la chica la decidió a emprender acciones para ir al rescate de su pareja. Buscó entre sus amigos quien quisiera acompañarla obteniendo solo negativas y evasivas. Algunos de sus amigos trataron de persuadirla de su alocada idea, advirtiéndole sobre todos los riesgos que podía encontrar en la selva; entre ellos, según sus prejuiciados criterios, el peor de todos: La amenazadora presencia de los “salvajes” indígenas que habitaban por aquellos parajes.

La negativa actitud mostrada por sus amistades no logró aplacar en Vera el deseo de recuperar a su esposo; por el contrario su empeño creció y trató de buscar en su memoria a la persona que fuera capaz de secundarla en la aventura.

En sus cavilaciones recordó al joven Américo Pino, antiguo amigo de su esposo. Pino vivía en la región de Barlovento en el estado Miranda, le propondría que la acompañase. Américo recibió la propuesta a través de un telegrama y su respuesta no se hizo esperar: “Espéreme. Yo voy con usted”.

A los pocos días de saber que Georges estaba extraviado, su esposa volaba en compañía de Américo rumbo a Puerto Ayacucho al sur de Venezuela. Una vez allí, fueron muchos los que intentaron en vano hacerle ver los riesgos: Podía morir de hambre o atacada por los peces caribe; en cada caño encontraría caimanes al acecho; en el mejor de los casos podría ahogarse en las profundidades del gran río.

Según le decían, era mejor esperar paciente al regreso de su esposo o resignarse a su muerte. Solo que la decisión de la mujer enamorada hizo oídos sordos a las advertencias y consejos, ella iba resuelta a encontrar a Georges.

Con tozudez logra conseguir al Capitán Néstor Sánchez en un embarcadero ubicado a 80 kilómetros de la carretera de Samariapo. Sánchez le cede el bongo “La Tongolele”, vieja embarcación, utilizada años antes en la Expedición Franco-Venezolana a las cabeceras del Orinoco.

No fue hasta sino hasta pasado un mes de recibir la infausta nueva del extravío de Georges, que Vera logra embarcar en compañía de Américo Pino, un Guardia Nacional, un indígena brasilero y otro indígena de la tribu de los Guahibos llamado Saturnino, quien seria el encargado de navegar por el vasto Orinoco.

La última información que se tenía de su esposo era que salió de la frontera de Brasil, en compañía de seis hombres, y que de estar con vida se encontraría posiblemente en La Esmeralda, en el Alto Orinoco, a más de dos mil kilómetros de distancia de su punto de partida.

Crónicas del Tánatos Crímenes en Venezuela

El viaje había comenzado con dificultades, debido al peso de la comida, los enseres y el pasaje. Al cuarto día de marcha debieron detenerse en la población de San Fernando de Atabapo para reparar el motor y tratar de reforzar el bongo cuya madera estaba podrida, permanecieron allí 15 largos días luego de los cuales pudieron retomar la marcha que los llevaría 2.000 kilómetros por las caudalosas aguas.

Navegaban de día y descansaban en las noches. Durante la travesía se toparon en varias oportunidades con los tan temidos “salvajes” y Vera pudo ver como las historias de sus amigos no tenían base en la realidad; los habitantes de aquellas regiones no solo era gente pacifica sino por encima de todo, seres sabios que convivían en perfecta armonía con la naturaleza.

Un día, el piloto Saturnino, le hizo notar la presencia de un grupo de aborígenes que los observaban con gran curiosidad desde la copa de unos árboles, para sorpresa de Vera tenían puestos unos grandes sombreros de paja, luego supieron que les fueron regalados por misioneros norteamericanos que habían fracasado en el intento de evangelizarlos. Vera los miró con curiosidad y le pidió a Saturnino que la llevase hasta la orilla. Allá conversaron con los aborígenes que resultaron ser miembros de la tribu Guaica. En un momento Vera se percató de que uno de los más jóvenes tenía una herida en la mano, con amabilidad se dispuso a curarle aplicándole mercurio-cromo. Finalmente se despidieron y continuaron su viaje.

Desde otro lugar del río y sin mayor preocupación, un hombre blanco pilotaba otro bongo y por casualidad se topó con el mismo grupo de indígenas, notó con curiosidad la mancha carmesí, aun presente en la mano del joven. Le preguntó que le había ocasionado aquella singular coloración, el muchacho le contó de su encuentro con una joven rubia que navegaba por el agitado río en compañía de un pequeño grupo. La intuición se hizo presente y la angustia invadió al hombre, que no era otro que Georges Pantchenko.

En su desespero el joven emprendió la búsqueda de la mujer descrita, con la convicción de que no podría ser otra que su esposa, quien de seguro estaría expuesta a cualquier peligro. Trató de acelerar su viaje lo más que pudo, olvidándose de comer, bañarse o descansar; su único fin era encontrar a Vera.

Pasado los días y luego de haber tenido que estar anclada durante 9 de ellos en una ribera rocosa por las fuertes tormentas que amenazaban con voltear a la Tongolele, Vera casi llegaba a la frontera del inmenso Brasil. Era temprano en la mañana cuando recibió el llamado de un hombre desde otra embarcación, la chica emocionada comprobó que el que la llamaba era su esposo.

Una vez dado el tan anhelado encuentro volvieron sobre su ruta, atravesando el Río Negro, Casiquiare, La Esmeralda, San Fernando y finalmente Puerto Ayacucho donde tomaron un avión de regreso a casa. Ya en el aire, observando la inmensidad del Orinoco, Vera reflexionó y supo que en la travesía no sólo había encontrado a su esposo, sino que pudo conocer otra cultura, aprendió sobre una gente y un lugar del que solo sabía por escritos contaminados de racismo y prejuicios y lo más importante de todo demostró que ni toda el agua contenida en tan inmenso cauce podía apagar el fuego de una mujer decidida.

 

Publicado el 16 de noviembre de 2013

Texto: Mariana Alarcón

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20 comentarios

  1. Muy bueno, muy romántico, faltó un muertecito por ahí, pero de todas formas excelente, amigos:

    Salud y suerte.

    G.

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  2. Buenas tardes,
    La historia que ustedes relatan yo la conocía por ser su hija, quisiera no mas darle dos datos, primeramente el Sr. Américo Pino trabajo con mi padre y siempre fue un gran amigo de la familia, Américo murió joven (su madre me dio en Barlovento el primer café de mi vida), después de su muerte mi madre conservo religiosamente todas sus correspondencias diciendo que escribía tan bonito, que cualquiera que fuese el sujeto siempre resultaba ser un poema. El segundo dato es, que en esa época el jefe de mi padre o sea el jefe de la demarcación de límites en el Ministerio era el gran matemático venezolano el Dr. Francisco Duarte, fue el que dio las autorizaciones necesarias a mi madre, este señor tuvo varios coloquios con la presencia de Einstein, me acuerdo de la pelea que él tuvo con su señora, ya que esta le dio la autorización al servicio de usar una vajilla de plata con varias firmas entre otras la de Einstein, para darle de comer al gato!
    Les pido disculpas por los acentos pero mi claveado no es en español, un gran abrazo a toda Venezuela, Antonieta

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    • Antonieta, fui muy amigo de tu hermano Gregorio y siempre en el colegio, donde estudiamos juntos, contaba ese cuento. Parecia como un cuento de aventuras de tu Mamá, me acuerdo porque a veces compartia con mi Mamá la llevada y la traida al colegio, Muchos saludos.

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  3. Ya esta historia me dio ideas para realizar un guión cinematográfico que sería digno en nuestras salas de cine. De verdad gracias por subir esta reseña.

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  4. como dicen ,cada quien tiene su dia escrito,no era el de esa inocente mujer a los peligros que se expuso

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  5. Estupenda historia amigos del tanátos, demuestra que el ser humano enamorado rómpe cualquier adversidad, sea hombre o mujer, y que las realidades son elocuentes pero nunca imaginativas.

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  6. He quedado atónito con esta historia. No cabe la duda que, relatos como este no aparecen publícados tan fácil, sobre todo, porque acá se narran hechos reales, historías con sus protagonistas, por cierto, que gran aporte, poder leer el comentarío de un miembro de esa familia tan valíente,y leer la agnedota sobre la vajilla que llevaba la firma del gran sabío y científíco Einstein…Reciban mi sincero agradecimiento Pedro y Maríana. Esto que han plasmado,es digno de ser llevado al cine. Me gustaría comunicarme con usted,amigo Pedro.

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  7. Hola

    Yo conocí muy bien a George Pantchenko y a su Esposa Vera. Vivian en las alturas de Caracas en una casa llena de recuerdos de sus aventuras (hasta había una canoa en el pasillo de la entrada). A Vera le encantaban las orquídeas y tenia un jardín realmente bello. Georges era una persona muy humilde y generosa. Recordando los buenos tiempos pasados con el en la finca la Encantada (Guarico). Saludos desde Suiza. A. Lainé

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  8. Buena narración. Felicitaciones.

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  9. ¡¡Acabo de encontrarme con una hermosa y grata sorpresa!! Permítame presentarme… Mi nombre es victoria y soy nieta de Vera y Georges Pantchenko! Gracias por ese relato sobre mis abuelos… Permítame decirle como concluyó la historia de amor de mis dos abuelos: Después de 57 años de matrimonio, felices con sus altos y sus bajos, el 18 de diciembre del 2002 Mi abuela Vera sufrió un infarto y murió en los brazos de mi abuelo. El 6 de mayo del siguiente año Georges se fue con ella. ¡¡Cada día que la sobrevivió la lloró y extrañó!! Nunca conocí amor como el de ellos dos… Gracias. Por cierto vi un comentario de A. Lainè… Cuantos recuerdos hermosos!! Ils me menque chaque jour!!

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  10. Excelente, definitivamente el amor todo lo puede.

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  11. Una maravilla, la constancia, la perseverancia y el amor todo lo logran.
    Un abrazo fraternal

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  12. Oye que gran historia,…los grandes amores verdaderos como estos… quedan muy grande escritos.

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  13. Debo confesar que el comentario de Victoria Pantchenko acerca del final de la hermosa vida de sus abuelos me ha hecho llorar. Gracias a ella por sus comentarios. A los autores de este blogg solo puedo decirles que me quito el sombrero ante la excelente calidad en narrar este material historico. Mi unica queja es que me han convertido en un adicto de este sitio, pues mis ratos libres en el trabajo en vez de dedicarlos a compartir con mis colegas los dedico a este sitio. Se les agradece el esfuerzo. saludos desde Noruega.

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  14. excelente

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  15. ¡Saludos! Espero y ruego que este canal de historias y anécdotas se mantenga aun activo… Mis más sinceras felicitaciones por tan increíbles relatos, de éste en particular no sólo me impresiona la historia en si, la cual es muy hermosa y fascinante; pero más aún me impresiona que familiares directos de los protagonistas encontrasen esta historia dentro del mar inmenso que es la web y nos dejen constancia de la veracidad de la historia y más aún compartan las notas y datos finales sobre las mismas… Solamente queda decir IMPRESIONANTE…. ¡¡¡Saludos!!!

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  16. Me queda es felicitarlos por tan bella historia y lo bien relatada. Investiguen sobre el militar que mató por aquellos años a unas inocentes mujeres en Guri , estado Bolívar. Quisiéramos saber qué pasó en realidad

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