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CSI: Bertillon

La biografía de Alfonso Bertillon el precursor de la criminalistica

En un bosque cercano a la ciudad de París el grupo de agentes de la Sûreté examinaba cuidadosamente un cadáver reportado algunas horas antes; se trataba del cuerpo de un hombre que había sido ultimado a golpes de manera salvaje. Al morir lo doblaron en dos y lo ataron con una cuerda para finalmente envolverlo completamente en papel alquitranado. Los detectives se miraban confusos, ninguno de ellos abrigaba esperanza alguna de llegar a identificar a aquel infortunado; planteadas así las cosas, estaban prácticamente ante un crimen perfecto pues si no lograban determinar la identidad del sujeto su asesino estaría a salvo de la justicia.

Cuando menos ese parecía ser el desenlace hasta que Alfonso Bertillon, director del Departamento de Identificación Judicial de la policía francesa, llegó a la escena del crimen. Lo primero que hizo fue escuchar atentamente a sus colegas, luego sacó su microscopio portátil y se agachó a inspeccionar el cuerpo. Miro todo cuidadosamente y unos minutos después se reunió con sus hombres.

– La persona que tenemos acá laboraba como contable – comenzó su exposición- Sus manos no muestran señal alguna de haber ejecutado trabajos manuales. Observen que su manga derecha esta más limpia que la izquierda, eso se debe a que los contables protegen el brazo con el que escriben con una manga especial, lo que contribuye a que la de la camisa esté casi nueva. Éste hombre fue golpeado en la cabeza desde atrás con un palo. Lo asesinaron en una bodega grande, lo arrastraron a una segunda habitación llena de aserrín, carbón y arena, luego lo ocultaron temporalmente en una tercera habitación completamente cerrada y sin ventilación. Todo esto fue hecho en alguna casa cercana al río Sena.

Ante la expresión de asombro de los otros detectives, Bertillon explicó como había llegado a aquella hipótesis:

– Con el microscopio pude ver en la parte de atrás del cuello de la camisa de la víctima, dos parásitos ciegos, una rara especie de artrópodo que solo puede vivir en habitaciones cegadas. En la chaqueta hay bacilos que causan la fermentación alcohólica, esto demuestra que sus ropas estuvieron en alguna habitación donde se almacena vino. El aserrín y el carbón nos hablan del sótano donde suele almacenarse esta bebida y la arena es típica de las riberas del Sena. Así que lo que debemos hacer es lo siguiente: Primero, averiguar si algún contable ha desaparecido recientemente, eso nos dará la identidad. Luego debemos buscar una casa junto al río, con sótanos en los que almacenen vinos y una habitación muy oscura que esté llena de parásitos ciegos. Si conseguimos todo eso tendremos al criminal.

Con estas pistas los hombres se pusieron a trabajar de inmediato, comenzaron un barrido por las casas comerciales y financieras de la ciudad y a los tres días hallaron que en una de éstas, uno de sus empleados tenía una semana sin acudir a trabajar. Se trataba de Charles Tellier, conocido por su alto sentido de la responsabilidad; por lo que su ausencia resultaba muy extraña. Los agentes de la Sûreté registraron el hogar de Tellier e interrogaron a sus amigos y relacionados, de esta manera llegaron hasta monsieur Cabassou, propietario de un conocido restaurante ubicado a la orilla del Sena.

La biografía de Alfonso Bertillon el precursor de la criminalistica

Cabassou estaba casado con una atractiva pelirroja, Bertillon acudió a interrogarlos personalmente. Cuando estos le dijeron que conocían a Tellier, el agudo detective intuyó que estaba cerca de resolver el crimen; pero había un problema: en aquella casa no había sótano, o por lo menos eso parecía.

Bertillon decidió volver de madrugada y a hurtadillas registró los alrededores palmo a palmo. Antes del amanecer halló una trampa y una escalera que conducía a un sótano secreto. Se trataba de una habitación grande llena de barriles de vino, en una de las paredes había una mancha de sangre. Una puerta llevaba a una segunda habitación con el suelo cubierto de aserrín y trozos de carbón, de este cuarto se podía pasar a otro a través de una bien disimulada entrada en el muro, esta tercera habitación estaba totalmente cegada, la débil luz de la lámpara que llevaba le mostró miles de parásitos en las paredes y el techo, Bertillon sacó su microscopio y con éste estableció que era la misma clase de artrópodo ciego encontrado en la ropa de la víctima.

Cabassou intentó huir cuando el director del Departamento de Identificación Judicial y sus hombres acudieron a arrestarlo, pero fue rápidamente aprehendido y confesó: Resultó que al enterarse que Tellier mantenía relaciones con su esposa, lo llevó hasta la bodega de vinos bajo engaño con la promesa de darle a probar un exquisito caldo; teniéndolo allí a su merced lo asesinó y luego preparó el cuerpo de tal manera que no pudiera ser identificado; monsieur Cabassou hubiese logrado el crimen perfecto de no haber sido por la capacidad de observación y análisis de Bertillon y su convencimiento de que la ciencia podía ser un excelente aliado de la investigación criminal.

Al momento de resolver el caso Tellier, Alfonso Bertillon contaba con el reconocimiento y la estima de los franceses y personas de otros países; pero no siempre fue así, en una época no muy lejana, Bertillon no era más que un oscuro empleado de la Sûreté al que muchos miraban como un fracasado.

Nació en 1853, en el seno de una familia de científicos, su padre fue Louis-Adolphe Bertillon, médico parisiense que tenía como hobby analizar los huesos del cuerpo humano, en especial la calavera y en base a su estudio elaborar estadísticas fisiológicas; su hermano, Jacques era igualmente médico y estadístico. Solo Alfonso no lograba encontrar la profesión o el oficio que lo motivara; pasó sin éxito por tres distintas escuelas y fracasó en varias ocupaciones que iban de empleado bancario hasta maestro de escuela. Deambuló por varias ciudades de Francia, Escocia e Inglaterra buscando asentarse y de cada uno de esos sitios salió con las tablas en la cabeza.

Cuando ya la gente lo consideraba una suerte de errabundo sin destino, Alfonso fue llamado a cumplir el servicio militar obligatorio, lo destinaron a Clermont-Ferrand sitio donde se ubicaba el 139 Regimiento de Infantería, pasaba la mayor parte del tiempo sin ocupación concreta y aburriéndose como ostra hasta que empezó a asistir a las clases nocturnas que impartían en la escuela de medicina de la universidad local. Allí supo que compartía algo con su padre, la fascinación por el estudio de las calaveras humanas.

En los siguientes meses se dedicó a medir y clasificar centenares de calaveras y pronto se encontró estudiando al resto de huesos del esqueleto humano. Su interés creció cuando notó que tanto la calavera como los huesos tenían características únicas en cada persona. Se dedicó entonces a compilar estadísticas, que lamentablemente no pudo completar pues su servicio militar terminó y tuvo que volver a casa.

 

De regreso a una existencia poco estimulante, Bertillon se sintió un poco perdido, le contó a su padre lo que había hecho y éste se mostró complacido pero en tono realista le advirtió que debía ganarse la vida:

– Esta muy bien todo esto del trabajo desprendido a favor de la ciencia, solo que antes debes conseguir dinero. – fue su frase lapidaria-.

Louis-Adolphe apeló a los amigos para conseguirle un trabajo a su hijo. Fue así como en marzo de 1879, con 26 años de edad, Alfonso Bertillon ingresó a trabajar al cuartel general de la Sûreté en París. Su cargo era insignificante y su labor detestable y tediosa; consistía en anotar la descripción física de los delincuentes arrestados para el caso de que fueran nuevamente apresados. Esto era importante porque la justicia francesa preveía severos castigos para los reincidentes, pero el método que se utilizaba era del todo inútil pues las descripciones eran muy generales y al final eran archivadas de cualquier forma, por lo que nunca eran utilizadas. Alfonso estuvo varias veces tentado a renunciar, sentía que estaba perdiendo el tiempo pero de pronto recordó su trabajo con los esqueletos en la escuela de medicina de la universidad de Clermont-Ferrand y decidió consagrarse a mejorar aquel estúpido sistema.

A comienzos de siglo XVIII, cuando alguien cometía un delito por primera vez su piel era marcada con un hierro al rojo vivo, si era recapturado en la comisión de otro delito, aquella marca en la piel lo condenaba a tres posibles destinos: una larga temporada entre rejas, un viaje sin retorno a la tenebrosa Isla del Diablo y en el peor de los casos la pena capital por vía de la horca o la guillotina. Con el tiempo aquel terrible sistema fue abolido y de pronto los cuerpos policiales se encontraron sin posibilidad cierta de reconocer a los reincidentes. A estos criminales les bastaba con alterar su apariencia física y modo de vestir para escapar de los duros castigos. Era frecuente que delincuentes habituales fueran puestos rápidamente en libertad por carecer de un eficaz sistema de identificación.

Bertillon pensó en el descubrimiento que había hecho, ninguna calavera es igual a otra, se podían alterar los rasgos físicos externos pero no los huesos. Se dedicó entonces a revisar sus notas y a estudiar sus estadísticas; por estas últimas logró establecer que entre los veinte y los sesenta años, algunas partes del cuerpo no varían. En ese lapso de tiempo la anchura de la cabeza, el dedo medio izquierdo y la oreja derecha conservan el mismo tamaño. Igualmente descubrió que solo en la oreja había 20 signos distintos e inmutables.

Contento por haber concebido tan revolucionario sistema de clasificación, al que bautizó como Antropometría fue a proponerlo al director de la Sûreté, un acre funcionario llamado Andrieux; aquel ni siquiera se tomó la molestia de revisar la propuesta, de forma despectiva tomó los papeles y los arrojó a la cara del sorprendido Bertillon, ordenándole que se retirara de su oficina.

Recuperado de la desagradable sorpresa inicial y convencido de la eficacia de su método, Bertillon se sentó a revisarlo, trató de mejorar algunos detalles de la presentación eliminando algunas cosas y agregando otras. Cuando creyó que lo había corregido, se presentó de nuevo ante Andrieux. El arrogante jefe al ver de nuevo a aquel insignificante empleado proponiendo cambios radicales en el trabajo policial perdió la paciencia y lo echó sin más ni más de la oficina. Luego le envió una nota al padre de Alfonso en la que le exigía que hablara con el hijo y lo convenciera de abandonar aquella ridícula idea, de no hacerlo sería despedido.

Preocupado por la suerte de su hijo menor, Louis-Adolphe lo llamó a conversar en la casa paterna; pero Alfonso lejos de mostrarse arrepentido presentó a su padre un resumen del método que había creado, al ver aquello el viejo médico se sintió fascinado. Se convirtió en el primer defensor y promotor de aquel sistema de clasificación. Fue a visitar al jefe Andrieux para tratar de convencerlo pero aquel no quería saber absolutamente nada del fulano método. Se mantuvo en sus trece:

– O Alfonso Bertillon se despide de su absurda idea o yo lo despido a él.

Ante esta disyuntiva Bertillon decidió guardar silencio y pasar agachado, sabía bien lo que tenía entre manos, pero si quería que algún día su método fuera aplicado tendría que permanecer en la Sûreté y esperar mejores tiempos. Los años pasaban y Alfonso continuaba en su aburrida e ineficaz labor, por momentos perdía la paciencia y pensaba seriamente en el retiro, pero algo lo mantenía allí; ese algo era la necesidad de ver materializado su sueño, sabía que algún día la idea que había concebido sería implementada y con esto vendría el reconocimiento.

La biografía de Alfonso Bertillon el precursor de la criminalistica

Para fortuna de Alfonso, al jefe Andrieux le llegó la hora del retiro. Fue sustituido en el cargo por un hombre más flexible y amable llamado Camescasse, éste accedió a escucharlo, lo hizo con atención y respeto, al final admitió que entendía la importancia de la propuesta y conmovido ante la fogosidad de su subalterno decidió proponerle un trato.

– Monsieur Bertillon, le voy a conceder tres meses para demostrar en la práctica que su sistema de identificación es realmente eficaz, si en ese lapso usted ha capturado por lo menos a un reincidente, le prometo que la Sûreté adoptara ese método de manera permanente; ahora bien, si en tres meses no logra nada deberá olvidarse de todo y no molestarnos más. Ese es el trato que le ofrezco. ¿Esta usted de acuerdo?

Bertillon aceptó y de inmediato se puso a trabajar, sabía que tres meses era muy poco tiempo y no podía desaprovechar ni un solo segundo.

A finales de los años 40 del siglo pasado aún existía la pequeña oficina que le fue asignada a Bertillon y que éste inauguró la mañana del 13 de diciembre de 1882. Fue en aquel lugar donde se comenzó el primer sistema científico del mundo para la clasificación de criminales. Los sujetos eran sentados en una silla giratoria y se les tomaban fotografías de frente y de perfil, hoy día se conserva una que se hizo tomar el propio Bertillon el 22 de agosto del año 1900. Esa foto era insertada en una ficha en la que se asentaban algunos rasgos biométricos de la persona. Bertillon y sus hombres medían cuidadosamente la cabeza, la oreja derecha, el dedo medio izquierdo, el antebrazo izquierdo y el pie izquierdo; igualmente se anotaban detalles como el color exacto de los ojos, las pecas y las cicatrices. A medida que avanzaba en el trabajo Bertillon se iba haciendo conciente de las debilidades de su sistema, ni los jóvenes menores de 20 años ni las personas mayores de 60 estaban representadas en él. Por otra parte estaba el factor humano, algunos operadores tomaban las medidas de forma descuidada y esto incidía en las probabilidades de identificación posterior.

Cuando ya habían pasado dos meses Bertillon comenzó a preocuparse, la fecha límite del trato ofrecido por Camescasse estaba próxima, si en el poco tiempo que quedaba no identificaba a algún reincidente tendría que olvidarse de todo el asunto y regresar a su antiguo escritorio y a la perspectiva de una labor que él sabía inútil.

A finales de febrero de 1883, Bertillon veía las agujas del reloj como una tríada de espadas de Damocles, ya le quedaba muy poco tiempo. Para colmo de males el jefe le dispensó una visita.

– Monsieur, vengo a recordarle nuestro acuerdo, si al termino del mismo no ha logrado nada tendremos que desmantelar todo esto y usted regresará a sus labores habituales.

La situación para Bertillon era angustiosa, cuando de pronto un agente se presentó a la comisaría con un detenido. El agente depositó una pistola sobre la mesa de Camescasse y señalando al detenido informó:

– Marcel Dupont, robo a mano armada

Camescasse le ordenó que lo pasara a la oficina de identificación de Bertillon. El hombre que decía llamarse Dupont tenía unos 30 años, la nariz corta y aplastada y el cabello rojizo.

Cuando estuvo ante Bertillon éste procedió a medirlo y luego fue a cotejar las medidas con las que tenía archivadas. Fue revisando cuidadosamente cada tarjeta hasta que llegó a una perteneciente a un tal Martin, arrestado por robo unas semanas antes. Las medidas de la oreja, el dedo medio y el antebrazo de Martin coincidían exactamente con las de Dupont, Bertillon tembloroso se fue hasta donde estaba el detenido y lo enfrentó:

– Monsieur Martin. ¿Reconoce usted estas fotografías? Le fueron tomadas la última vez que estuvo aquí

Dupont las miró y con voz calma respondió

– Ese hombre se parece a mí pero su nariz es más larga.

– Por supuesto, usted alteró su nariz pero en lo que respecta a su estructura ósea no puede hacer nada ¡Haga el favor de leer las medidas usted mismo!

Al verse enfrentado con aquellas evidencias Dupont admitió que realmente se llamaba Martin y que había estado detenido allí anteriormente por robo a mano armada.

La confesión del detenido causó revuelo no solo en la Sûreté sino en toda París, la prensa quería conocer a Bertillon y obtener pormenores de su revolucionario método. El insignificante empleado se vio de pronto colmado de honores e invitaciones a recepciones y banquetes. Ese primer año fueron aprehendidos cuarenta y nueve reincidentes, el segundo año la Sûreté consiguió capturar a 241 criminales y antes de cumplir la década el sistema de Bertillon atrapó a tres mil quinientos reincidentes. En 1885 el jefe Camescasse oficializó la creación del Departamento de Identificación Judicial y colocó a Bertillon al frente de la misma.

El sistema que pronto fue llamado Bertillonismo fue adoptado por otros países, su creador era constantemente invitado a dictar conferencias en ciudades de Europa y América, realmente asistió a pocas pues sufría de un congénito y paralizante miedo escénico y prefería quedarse en su oficina de París a perfeccionar su método.

La reina Victoria le confirió una medalla y el zar Nicolás II de Rusia le envió como regalo un reloj de oro. En una ocasión fue visitado en su laboratorio por el príncipe Eduardo de Inglaterra. Alfonso Bertillon luego de introducir aquella nueva rama de la antropología se dedicó a perfeccionar otros métodos policiales, entre ellos la fijación fotográfica de la escena del crimen y la observación y deducción.

Con el trabajo que desarrolló a lo largo de su carrera contribuyó a resolver sonados casos de la época, uno de ellos fue emblemático: en 1913 un italiano llamado Perugia logró robarse la Mona Lisa del Louvre y la llevó a Italia; cuando la famosa pintura fue recuperada y regresada a Francia habían dudas sobre su autenticidad; podía ser que el ingenioso delincuente hubiese hecho un cambio para quedarse con el original del maestro Da Vinci. Afortunadamente, Bertillon en su continuo afán de mejorar los sistemas fotográficos había tomado algunas ampliaciones de la pintura en la que se notaban muy claramente las pinceladas, gracias a esto se pudo determinar que efectivamente el cuadro recuperado por la policía italiana era el original.

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Sin embargo no todo fue perfume de rosas en la carrera de Alfonso Bertillon, la historia recuerda dos amargas experiencias vividas por el detective francés, la primera que casi dio al traste con su sistema de identificación y clasificación de criminales ocurrió en los Estados Unidos. Un delincuente llamado Will West fue detenido y enviado a la prisión de Leavenworth, allí se le asignó el número 3.426. Cuando lo estaban procesando de acuerdo al sistema de Bertillon, uno de los operadores pensó que aquel West le era familiar. Ese rostro lo había visto antes; de inmediato él y el jefe interrogaron al detenido, le preguntaron si había estado antes allí, cosa que el hombre negó de plano. El operador seguro de que el sujeto que interrogaban era un reincidente se fue a revisar los archivos. Vio con satisfacción que efectivamente había una ficha con el nombre de William West, clasificada bajo el número 2.626. Curiosamente tanto la fotografía como las medidas de la ficha coincidían plenamente con el detenido. West admitió que aquel hombre de la foto se parecía mucho a él y que incluso llevaba su mismo nombre, pero volvió a negar que alguna vez hubiese estado detenido en aquella prisión. Indignado por la terquedad del detenido, el operador revisó los datos completos de la ficha; en aquella cartulina se asentaba lo siguiente: William West. Ingresado en esta institución el 9 de septiembre de 1901 por asesinato. El detective reflexionó por un instante, se dio cuenta que por la naturaleza del crimen cometido (homicidio), el sujeto que aparecía en la ficha no podía estar en libertad, a menos que se hubiese evadido y en aquella cárcel no había habido fugas en los años recientes.

Enviaron a un agente a la celda donde debía estar el William West de la ficha. En minutos los dos hombres estaban frente a frente. Will West, número 3.426 y William West número 2.626. Aquellos dos hombres no eran gemelos, no eran ni siquiera parientes, sin embargo tanto sus cuerpos como sus rostros eran idénticos, cuando se verificaron las medidas de las fichas éstas coincidían en cinco de cada once puntos y solo diferían unos milímetros en los seis puntos restantes. Aquel descubrimiento significó un duro golpe para el Bertillonismo, que si bien no fue totalmente descartado tuvo que ser sometido por su creador a una completa revisión.

Finalmente se logró establecer estadísticamente que de cada trece medidas, los riesgos de confusión eran del 1 por 4.194.304 y por cada catorce medidas tomadas eran del 1 por 268.435.456. Si bien no era correcta la afirmación primaria de Bertillon en el sentido de que no hay dos personas completamente idénticas en su estructura ósea y en su fenotipo, su sistema no era completamente descartable.

A partir de ese momento Alfonso Bertillon se dedicó a introducir mejoras en el mismo, aunque inicialmente había sido enemigo del proceso de identificación dactilar sistematizado por su colega y amigo, el inglés Sir Francis Galton decidió adoptarlo plenamente para sus fichas, creó la fotografía de las huellas dactilares y perfeccionó un polvo blanco que servía para recogerlas. Gracias a estas mejoras, la policía francesa logró la primera captura en Europa de un criminal por el método de las huellas dactilares, esto ocurrió en octubre de 1905 y el sujeto arrestado fue un ex convicto homosexual llamado Scheffer quien había asesinado a su amante cuando éste decidió abandonarlo; para su infortunio dejó las huellas de sus dedos marcadas en el cristal de la ventana que rompió para introducirse a la casa.

La biografía de Alfonso Bertillon el precursor de la criminalistica

El otro caso que resultó siempre mortificante para Bertillon, tuvo que ver con uno de los procesos judiciales más famosos de la historia, el caso Dreyfus. Resulta que en la primera etapa del proceso, Bertillon fue llamado para estudiar la caligrafía de uno de los documentos supuestamente escritos por Dreyfus y que resultaba incriminatorio; el sabueso francés que no estaba muy familiarizado con el estudio caligráfico afirmó que el acusado era indudablemente el autor de aquel documento. Más tarde cuando el pobre Dreyfus fue reivindicado se reveló que la carta que se esgrimió como prueba en su contra había sido falsificada por el mayor Henry quien terminó suicidándose. Aunque Bertillon no fue el único experto que se equivocó en el estudio de las pruebas del juicio insistió tercamente que su trabajo había sido correcto y científico.

Para finalizar debemos decir que pese a esta fea mancha en su carrera como oficial de la Sûreté, la vida de este hombre vista en perspectiva es un ejemplo de aplicación y estudio.

Alfonso Bertillon murió en Suiza el 13 de febrero de 1914, su funeral efectuado tres días más tarde paralizó al país galo. Su vida que había comenzado en tonos grises y oscuros adquirió con el tiempo y gracias a su perseverancia los colores más vivos del círculo cromático. En esta época de informática, GPS, comunicación celular y en la que los detectives de todo el planeta cuentan con los más avanzados sistemas, es bueno recordar a los pioneros. Aquellos que como Alfonso Bertillon abrieron la senda para el reconocimiento de los métodos científicos como excelentes auxiliares de la investigación criminal.

Referencias:

Bertillon Suzanne, Vie d´Alphonse Bertillon. Editorial Gallimard. Paris, 1941

Rhodes Henry, Alphonse Bertillon, padre de los métodos científicos de detención. Londres 1954

Publicado el 22 de octubre de 2011

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2 comentarios

  1. Excelente historia, como un simple estudio con los anos s llegan a perfeccionar hasta llegar a la innovadora tecnologia q contamos hoy! Y una moraleja q queda q siempre la gente mas despreciada e ignorada son los q mas q s desenvuelven mejor con perseverancia y paciencia! Excelente relato

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  2. Muy importante e interesante esta historia. Solo leyendo se aprende la historia, los hechos que han hecho posible las trasformaciones del presente.

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