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El Narcocura de San Mateo

El narcocura de San Mateo José Luis Gil Fernández

Madrid, viernes 29 de abril de 1988

Por primera vez en mucho tiempo “Danilo” sintió miedo; un miedo real que le refrigeraba los huesos y le hacía sentir nauseas. No podía estar seguro pues ese mismo día, la Policía Nacional en un operativo relámpago allanó cinco casas en el barrio de Hortaleza e incautó gran cantidad de drogas y dinero en efectivo. Tal vez había sido cosa de rutina – pensó- pero no podía arriesgarse. Decidió que lo mejor era salir de la ciudad. Estaba muy nervioso desde el día anterior cuando lo dejaron esperando en un café del centro de Madrid. Sus colegas le habían dicho que el contacto que venía de Caracas era seguro.

- ¡Que no pasa nada! El tío es sacerdote y nadie va a sospechar de él, incluso ya nos ha traído dos paquetes antes.

Sin embargo, como que sospecharon – pensó “Danilo” – porque no llegó a la cita.

San Mateo, miércoles 27 de abril de 1988

Los feligreses que acudieron aquella mañana a misa con intención de despedir al padre Gil, no imaginaban que aquella sería la última vez que lo verían en mucho tiempo y menos aún podían prever que, en pocas horas, su guía espiritual y generoso benefactor tendría presencia estelar en la crónica roja de los medios nacionales e internacionales.

Desde su llegada a aquel sitio en 1958 José Luis Gil Fernández supo ganarse la estima y el respeto de los sanmateanos, no eran pocas las obras sociales que habían surgido de sus laboriosas manos y más de un feligrés en apuros encontró auxilio y consuelo a la sombra de aquel pío sacerdote nacido en Navarra (España) en 1931.

Ese miércoles, el padre Gil tenía programado un viaje a Madrid, ciudad que muchos vecinos de San Mateo lograron visitar gracias a que el sacerdote era propietario de una agencia de viajes que les cobraba en cuotas los pasajes y la estadía. Al terminar con los oficios del día dedicado a Santo Toribio de Mogrovejo, José Luis Gil Fernández acudió a la casa parroquial para poner a punto su equipaje. Tenía una plaza reservada para el vuelo 716 de Viasa que partiría en la noche con destino al aeropuerto de Barajas y debía ser diligente si quería llegar a tiempo.

El padre entró en su habitación mirando los alrededores antes de cerrar la puerta, quería asegurarse de que no llegara nadie en aquel preciso momento. Estaba muy nervioso, hubiese preferido no tener que hacer aquél viaje, pero ya estaba comprometido y la cifra que le ofrecieron esta vez no era para nada despreciable, por otro lado estaba la confianza que la impunidad infunde al que delinque – Ya lo hice dos veces y no pasó nada – pensó – espero que esta vez todo salga bien. Tomó el paquete que días antes le trajeron desde Cúcuta y con cuidado lo escondió entre su ropa al fondo de uno de los maletines.

Cuando el padre Gil se puso en marcha, el chofer de un automóvil que tenía rato apostado en las cercanías comunicó por radio un escueto mensaje

- El pájaro va en camino.

Madrid, sábado 30 de abril de 1988

“Danilo” abrió la edición del ABC y fue directo a la sección de sucesos. En la columna central de la página 54, una nota de la agencia estatal informaba de los allanamientos del día anterior:

12 detenidos y 3 mil dosis de heroína incautadas en el barrio de Hortaleza

Madrid / Efe

“Tres mil setecientas dosis de heroína, 1.750.000 pesetas, dos hormigoneras sin estrenar, joyas y varias armas fueron incautadas por la policía en cinco viviendas del barrio madrileño de Hortaleza. Agentes de la Policía Nacional y de la Municipal efectuaron, entre las once y las quince horas del viernes, una operación contra la droga en cinco domicilios del citado distrito…”

La nota seguía dando cuenta del destino de los detenidos y de lo incautado, no había allí nada que “Danilo” no supiera; sus contactos ya le habían enterado en detalle de todo aquello. Lo que le puso a temblar fue la información que estaba inmediatamente más abajo despachada desde Caracas dos días antes.

Apresado en el aeropuerto de Caracas con casi dos kilos de cocaína

Caracas. Edgardo de Castro

“El presbítero José Luis Gil Fernández de origen español y con 30 años de residencia en Venezuela, fue apresado por la policía en el aeropuerto cuando se aprestaba a tomar un vuelo con destino a Madrid, con maletas en las que transportaba 21 kilos 435 gramos de cocaína de alta pureza…”

La mula que esperaba la mañana del jueves no llegó porque la atraparon antes de salir de Caracas pensó “Danilo”, terminó de leer la nota del ABC y revisó la edición de El País, Según ambos periódicos, el sacerdote al principio negó su vinculación con la droga, pero luego confesó todo en medio de una crisis de llanto.

- “Todo”, ¿Qué podía ser todo? – pensó “Danilo”.

Lo que sabía por medio de los despachos de prensa era que el cura había confesado y delatado a sus cómplices más cercanos que también habían sido detenidos. También había hablado de los dos viajes anteriores a España. La nota del diario El País recogía declaraciones de un jefe policial que aseguraba que tenían un año tras los pasos de Gil Fernández.

El hombre decidió que lo mejor era convertirse en polvo cósmico; si bien lo de “Danilo” no era más que un seudónimo, no convenía correr riesgos. Lo mejor por los momentos era desaparecer.

narcocura de san mateo

Aeropuerto de Maiquetía, miércoles 27 de abril de 1988

Luego de aparcar su vehículo, el padre Gil estuvo un rato con las manos aferradas al volante; su respiración era agitada y sentía que una corriente gélida le subía desde la parte baja del abdomen hasta las sienes de donde salían gotas de un sudor perlado; necesitaba controlarse; necesitaba disminuir la tensión y el latir vertiginoso de su corazón; no podía entrar al aeropuerto en ese estado. Inhaló y exhaló aire de forma rítmica mientras se estiraba en el asiento hasta que el temblor de sus manos se hizo imperceptible. Solo así salió del auto, estiró las piernas y en gesto rutinario miró a los lados antes de abrir el maletero para tomar su equipaje.

Seguía alterado y para tranquilizarse recordó lo que alguna vez le había dicho su amigo Juan Rojano cuando lo contactó para el trabajo: “Mira chico, tú al contrario de otras personas que hacen esto tienes la ventaja de que por lo menos no debes llevarla dentro del cuerpo y lo más importante siendo sacerdote las sospechas se van a cero. ¿Quién puede pensar que un cura lleva drogas en las maletas? Lo que si debes controlar son los nervios, esos tipos del aeropuerto lo huelen, saben cuando alguien en la fila anda en algo raro por la forma como camina, como se comporta”.

Pensando en esto, Gil Fernández tomó sus valijas y se encaminó hacia el servicio de equipajes de Viasa para consignar el suyo, luego fue a sentarse en los salones de espera; pero ¡Que vaina! Pese a todo lo que hacía para tranquilizarse el aletear de mariposas seguía intacto en la boca de su estomago. –Bien – Pensó Gil mientras arreglaba el alzacuello de su camisa – Si ya pude hacerlo antes, ¿Por qué no puedo lograrlo ahora? Ya falta poco para abordar -. Lo que no podía saber el cura era que la policía tenía un año tras su pista y si no lo había detenido era porque los detectives decidieron esperar a que viajara nuevamente para poder pescarlo en flagrancia; así se evitaban el riesgo y la roncha que implicaba el allanamiento a una casa parroquial. Ahora que tenían al sujeto allí y las maletas a su nombre llenas de droga podían apresarlo.

Cuando José Luis Gil Fernández, párroco de la iglesia Nuestra Señora de Belén, sintió la mano firme que se posaba en su hombro y volteó a ver quien era, creyó que sus ojos se saldrían de las cuencas. Parados a su espalda estaban tres agentes de la Dirección General de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), uno de ellos le hizo una pregunta que en un primer momento no entendió.

El que parecía ser el jefe repitió la pregunta en un tono que lo sacó de las nebulosas.

- ¿Es usted José Luis Gil Fernández?

- Si, – respondió el cura en un silbido – ¿Hay algún problema?

- ¡Tenga la bondad de acompañarnos, tenemos que hacerle algunas preguntas!

Hecho un amasijo de nervios, el padre Gil acató la orden y siguió a los hombres hasta la oficina que la DISIP tenía en el aeropuerto, allí otros hombres aguardaban. Al entrar lo primero que vio fue el equipaje que minutos antes había consignado en la taquilla. Le pidieron que se sentara y el hombre que tocó su hombro afuera se identificó.

- Padre, soy el comisario Oswaldo Granadillos, jefe de la División General de Policía de la DISIP. Le voy a hacer una sola pregunta y espero que me responda con la verdad. ¿Estas maletas son suyas?

El sacerdote, aterrado como estaba, negó de forma estúpida que aquellas valijas le pertenecieran. El comisario con impaciencia repitió la pregunta y Gil de nuevo se negó. En eso estuvieron un buen rato hasta que Granadillos estalló.

- Mire padrecito, no se me haga el bolsa, sabemos que acaba de dejar esas maletas en el servicio de equipajes de Viasa, va a tener que contarnos en detalle quien le suministra la droga, quienes son los que lo ayudan con esto y a quien se la iba a entregar en Madrid.

Granadillos ordenó sacar la cocaína para pesarla, daba exactamente 21 kilos con 435 gramos, Gil miraba todo aquello con terror. Sabía que lo habían atrapado. – Fui un mentecato – pensó – Jamás debí aceptar que me involucraran en esto -.

El cura estaba arrepentido pero ya era muy tarde, ahora estaba allí en aquella sala rodeado de policías con caras de pocos amigos y sabía que por su acción estaría en la picota. ¿Qué irían a pensar ahora aquellas almas devotas que por treinta años habían confiado en él? ¿Qué pensarían sus amigos, sus colegas, sus superiores? A Gil lo aplastaba el enorme peso de la conciencia cuando oyó que el comisario repetía la pregunta. – ¿Son suyas las maletas? – fue entonces que en medio de una crisis de llanto confesó.

Admitió que las maletas eran suyas, confesó que había hecho dos viajes anteriores a España, que en el primero llevó 9 kilos y le pagaron 9 mil dólares, que en el segundo llevó 14 kilos y le pagaron 32 mil dólares y que por esta tercera entrega le prometieron 50 mil dólares de los cuales ya le habían pagado la mitad; el resto se lo daría un tal Danilo el entregar la droga en Madrid. Contó que los paquetes eran llevados hasta la casa parroquial de San Mateo por dos hombres que la traían desde Cúcuta. La droga según dijo era propiedad del capo colombiano Serafín Carvajal. Al final dio los nombres y la ubicación de las personas que lo habían metido en aquel feo negocio: Uno de ellos era su amigo el ex sacerdote, también de origen español, Juan Rojano Martínez, la otra persona vinculada al grupo era la señora Graciela Antonia Ramos de Rojano, esposa del ex cura y un sujeto llamado José Humberto Becerra.

Con los datos suministrados por Gil Fernández, esa misma noche una comisión policial allanó la quinta Ginetta ubicada en la calle Morichal de la urbanización El Marqués, al noreste de Caracas. En aquella vivienda detuvieron a Rojano, a su mujer y a Becerra y se incautó una porción de cocaína. Mientras tanto a 80 kilómetros otro grupo de la DISIP registraba palmo a palmo la casa parroquial de San Mateo, los agentes dieron con más droga, 22 mil dólares y entre las pertenencias del cura unas cartas que en un primer momento calificaron ante la prensa como “otras cosas comprometedoras”. En algunos días se sabría el contenido de las cartas y por que resultaban “comprometedoras”.

El Robín Hood de San Mateo

Con sus poco más de 33 mil habitantes, San Mateo era en 1988 y sigue siendo hoy, una de esas pequeñas ciudades del centro del país a las que se llega por caminos a cuyos bordes se extienden kilómetros de platanales, palos de mango y frondosos samanes. Fundada a mediados del siglo XVII como pueblo de encomiendas por orden del Rey Felipe III, es un lugar apacible que tiene la ventaja de estar relativamente cerca del centro vital del país. Su gente disfruta de la tranquilidad del lugar y de común es muy hospitalaria con el que viene de fuera.

Cuando el joven sacerdote José Luis Gil Fernández llegó allí en 1958, no era más que un pueblito en el que el trinar de las aves se confundía con los joviales saludos de la gente que iba y venía de las labores agrícolas. A Gil Fernández lo designaron como cura párroco del lugar y ejerció su labor con tal celo que treinta años después era a los ojos de tirios y troyanos un líder indiscutible. Los vecinos de San Mateo aprendieron a verlo como uno más de los suyos, lo querían y respetaban porque el cura nunca limitó su labor al terreno puramente espiritual, desde el primer momento se le vio motorizando obras que fueran en beneficio del lugar y de su gente. Organizaba a los jóvenes, les buscaba actividades que los alejaran del ocio improductivo, alentaba y aconsejaba, visitaba a los enfermos. Discutía agriamente con los que detentaban el poder y los conminaba a usar los recursos que manejaban en solucionar los tantos problemas que aquejaban la zona.

Por el tiempo en que fue detenido, los sanmateanos veían en el padre Gil, un seguro alivio a sus penas y un paliativo a sus más urgentes necesidades económicas. Desde hacía unos años, el laborioso cura – nadie sabía cómo- practicaba ante sus feligreses el milagro de la multiplicación del dinero. Era él quien los domingos después de misa repartía bolsas de comida entre los más pobres de su parroquia; el que acudía presuroso con la medicina faltante a la casa del enfermo; el que pagaba de su bolsillo las cuentas de los servicios que estaban a punto de ser suspendidos; el que contrataba y pagaba los camiones cisternas que llevaban agua potable a los barrios que carecían del valioso liquido y el que ayudaba a reparar las viviendas que la precariedad amenazaba con tirar al suelo.

El padre Gil incluso consiguió los recursos para erigir la capilla de la Paz, un nuevo templo que serviría no solo para los oficios religiosos sino como lugar de encuentro y reunión de la comunidad. En San Mateo, todos (o casi todos) amaban al padre Gil, veían en él a un guía, un patriarca protector, un amigo que sabía dar sabios consejos. Solo unos pocos lo veían con malos ojos, entre ellos los miembros de una familia dedicada a la política y que para la época manejaba la Junta Comunal, ellos eran los Rodríguez Obregón, un grupo familiar comandado por el señor Eduardo Rodríguez Obregón y que en varias ocasiones protagonizó ásperas discusiones con el cura. José Luis Gil Fernández los calificaba de delincuentes y los acusaba de ser los “dueños” de San Mateo. Según alegó en una ocasión Reinaldo Rodríguez Obregón, todo el asunto había comenzado cuando su padre, Eduardo, le reclamó al sacerdote por los escándalos que con frecuencia se armaban en la Casa Club Juvenil: “Allí comenzaron los injustos ataques contra mi padre – aseguraba Reinaldo – Él nos provocaba constantemente pero resultó que Dios lo castigó y de acusador pasó a ser el acusado, abusó del poder que le confería la condición de sacerdote y cayó en la manos del narcotráfico”.

narcocura en la ptj

A las 4:30 de la tarde del viernes 29 de abril de 1988, una escolta de 15 agentes de la DISIP trasladó a José Luis Gil Fernández y a sus cómplices hasta la sede de la División contra Drogas de la Policía Técnica Judicial. Ese fue su primer encuentro con la prensa, en la sede policial había un enjambre de reporteros y camarógrafos dispuestos a registrar para sus medios cada detalle de aquel escandaloso suceso. Cuando Gil los vio comenzó a gritar. “¡Que Dios los bendiga a todos… Dios perdona… Dios es puro amor!” Antes las insistentes preguntas solo respondió que ya había declarado todo ante las autoridades. Horas después cuando ya se habían cumplido las formalidades de la entrega de un cuerpo policial a otro, el sacerdote fue conducido por los detectives ante los miembros de la prensa, cuando supo que estaba en vivo frente al país se derrumbó.

Dijo estar viviendo un calvario, expresó su arrepentimiento y en un grito lastimero aseguró que quería morirse.

- “Estoy destrozado. Yo que me encontraba haciendo tanto por la gente pobre”. “Juro que lo siento por mi parroquia, que tanto quiero, deseo volver a mi San Mateo. Díganle a mi pueblo que me perdone. Fui tentado por Satanás y se el daño que le estoy haciendo a la iglesia, merezco un castigo”.

Al día siguiente, una compungida muchedumbre tomó los alrededores de la iglesia y la casa parroquial de San Mateo para orar. Por doquier se veían rostros cenicientos surcados por el dolor y la tristeza, las mujeres lloraban y los hombres se mostraban graves. Ese día no hubo clases en la pequeña escuela porque los niños pidieron a sus maestras que dedicaran el día a rezar por el padre Gil. Una de las maestras recordó:

- No pudimos hacer nada en la mañana, los niños estaban muy inquietos y a petición de ellos rezamos el rosario y elevamos plegarias. Lo que más me impresionó fue la actitud de una niña del 5to grado quien en voz alta pidió a Dios para que el sacerdote no atentara contra su vida.

En cada esquina los vecinos lamentaban la caída en desgracia del que consideraban su guía y protector, ninguno lo condenó solo sentían que a partir de aquel momento no contarían con su oportuno apoyo. Una joven vecina llamada Lisbeth Brito expresó que no sabía lo que pudo pasarle al padre Gil: “Él siempre nos aconsejaba y nos pedía que nos alejáramos del mal camino. Nos decía que debíamos estudiar, prepararnos y nos alertaba sobre los males de la droga. Era un buen hombre y hoy queremos que vuelva porque sin él no hay nada, ni iglesia, misa ni nada”.

La jerarquía de la iglesia por su parte hizo un llamado a la compresión y caridad cristiana para con el padre Gil, el arzobispo de Maracay, monseñor José Vicente Henríquez Andueza se mostró conmovido por la situación que atravesaba el sacerdote e invitó a oral por él. Los integrantes del Concejo Presbiterial declararon que la iglesia estaba dispuesta a prestar toda la colaboración necesaria a las autoridades para el esclarecimiento del caso “sin ningún tipo de presión ni omisiones” y el Cardenal José Alí Lebrún recordó citando a Bolívar “que una acción indigna no nos autoriza para olvidar muchas acciones de virtud”. Algunas otras veces afirmaban que aquello era una retaliación del gobierno de Jaime Lusinchi en contra de la iglesia por las críticas que ésta había hecho al divorcio presidencial y la instalación de la secretaria privada Blanca Ibáñez, (quien entonces tenía relaciones intimas con el presidente) en palacio con todo tipo de prerrogativas.

La noche en que fue presentado a la prensa, Gil Fernández también afirmó que todo lo que había cobrado por transportar la cocaína a España lo había invertido en su parroquia, y acusó a Juan Rojano Martínez de ser el responsable de su incursión en el narcotráfico.

Juan Rojano Martínez, el cura que no quiso estar solo

Nacido como Gil en España, Juan Rojano llegó a Venezuela dos años antes, en 1956. Cursó estudios de Filosofía y Letras en Sevilla al mismo tiempo que realizaba cursos de piano, armonía, composición y dirección de coros. Se graduó en Teología y Derecho Canónico y una vez que estuvo en nuestro país se ordenó como sacerdote. Aquí desempeño el cargo de subdirector del Archivo Histórico Eclesiástico, Estuvo al frente de varias parroquias, la última de ellas la de Ciudad Bolívar donde permaneció por nueve años. Dotado de un espíritu rebelde y libre, no consono con la dogmática y cerrada estructura de pensamiento de la iglesia pronto se vio enfrentado a sus superiores quienes censuraban las ideas expresadas por Rojano. A mediados de los años 60 tuvo que dejar inconclusa la obra llamada “La ciudad de los muchachos” y al poco tiempo decidió ahorcar los hábitos.

En 1968 se casó con Graciela Antonia Ramos con quien al poco tiempo tuvo una hija. En 1975 la editorial Centauro publica su libro Un sacerdote casado se confiesa en el que plasma su posición frente al celibato y otros temas y hace severas criticas a la iglesia católica. Lamentablemente la inteligencia de la que hacía gala parecía no tener vínculo con ningún sentido ético y pronto se vio envuelto en sombrías actividades. En 1984 es detenido en España y luego de purgar condena regresó a Venezuela donde se fijó como meta convencer a Gil Fernández para que incursionara como él en el tráfico de estupefacientes.

Una vez que el padre Gil se embarcó en la aventura, planificaron dos viajes a España con los que obtuvieron jugosas ganancias; embriagados por el éxito y la impunidad decidieron conjuntamente con el cartel colombiano intentar un tercer envío; solo que no contaron con que la policía estaba ya tras los pasos del sacerdote. Un antiguo proverbio árabe reza: Se puede esconder la mano que roba pero no la que gasta y en este caso el padre Gil movido por el deseo de ayudar a su parroquia no escatimó ningún gasto. Llegó incluso al colmo de construir un boulevard frente a la iglesia y así como sus ayudas económicas no pasaron desapercibidas para los pobres tampoco dejaron de estar en conocimiento de las autoridades.

El presbítero José Luis Gil Fernández que fue condenado a diez años de prisión fue trasladado al tenebroso Retén Judicial de La Planta, el ex sacerdote Juan Rojano fue condenado igualmente a 10 años de prisión y fue recluido en el no menos pavoroso Retén de Catia. Graciela Ramos estuvo un año en la cárcel de mujeres de Los Teques al término del cual fue puesta en libertad. Nunca se tuvo noticias del destino que tuvieron los contactos internacionales de esta peculiar banda de narcotraficantes.

Pasadas unas semanas de la detención, el comisario Porfirio Valera, Director de la DISIP reveló que las cartas halladas entre las pertenencias del padre, delataban una supuesta relación intima de éste con una dama de nacionalidad colombiana que se encontraba solicitada por las autoridades. Aquella misteriosa dama jamás apareció, lo único que se supo era que se llamaba Belén.

El indulto

Cinco años después muy poca gente recordaba este caso, habían pasado muchas cosas en el país: Un multitudinario levantamiento popular en febrero de 1989, dos golpes de estado y una huelga general en el 92 y un presidente que acusado de corrupción pendía de un hilo no dejaban al ciudadano común, lugar ni tiempo para pensar en el destino individual de un hombre que había roto las reglas de la institución a la que pertenecía. En medio del escándalo que significaba la destitución de un presidente de la república por presunto manejo doloso de fondos públicos muy poca gente prestó atención a la escueta nota que informaba acerca de tres polémicos indultos otorgados por Carlos Andrés Pérez minutos antes de entregar el despacho. Entre los indultados estaba José Luis Gil Fernández, el narcocura de San Mateo. Luego se supo que un arreglo entre la iglesia y el gobierno permitió el perdón de la pena y su salida a España. Al llegar allá sus superiores que jamás lo sancionaron lo pusieron a trabajar como administrador en dos parroquias, actividad en la que estuvo por diez años hasta que en 2004, con 73 años de edad cumplidos pasó a retiro. Luego se dedicaría a ayudar a su hermano quien también ejercía el sacerdocio en Sevilla. En aquella ciudad condujo programas radiales y televisivos.

Tiempo después de su indulto, José Luis Gil Fernández regresó a San Mateo, donde fue recibido por sus antiguos feligreses con la misma alegría y devoción de siempre, a partir de aquella oportunidad no pasó un año en que no les dispensara una visita con ocasión de las fiestas patronales.

Publicado el 27 de abril de 2012

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11 comentarios

  1. Oh, vaya buena historia. En mi opinión, pienso que no está bien liarse con drogas, es una verdadera m….. no obstante, me pareció noble el uso que le dio el Padre al dinero obtenido con semejente hazaña, lo más parecido a un Robin Hood moderno. Buen articulo, Pedro, nunca decepcionas.

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  2. o este caso lo segui por la prensa ya que su repercucion en el oriente del pais fue tremenda excelente todo el desarrollo en aquellos tiempos mi mama siempre decia dime con quien andas y te dire quien eres caramba otro caso donde la iglesia sale afectada buena narrativa y me entere de cosas que no salieron a la luz publica en aquel tiempo ahy un caso en cantaura sobre una masacre similiar a la masacre del amparo que seria bueno para futuras cronicas pedro a y el caso del avion de santa barbara que se estrello hace poco en el paramo los conejos en merida exito feliz dia hermano y que sigan las cronicas es mi lectura me apasiona seguir el desarrollo de los casos…

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  3. Muy buena su nota, nos hace recordar cosas que estaban dentro del baúl de los recuerdos de nuestra historia, si se quiere delictiva de nuestro país. Bueno.-

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  4. Muy buen reportaje, sería interesante conocer sobre el caso de los Pozos de la Muerte, el Caso Macho Gonzalez, que fueron super sonados en su epoca…

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  5. Que buen comentario. ¡Felicitaciones! el padre Gil me bautizó a mí y siempre me pregunté qué fue de su vida, y gracias, usted me ha informado de una manera veraz y gracias por eso. Otra cosa hay que ver que la autoridad y las leyes van en contra de todo de forma irónica; El padre Gil hizo algo que a los gobiernos regionales ni les interesa, ayudar a los mas necesitados, claro utilizó dinero oscuro, las autoridades en vez de darle a él directamente un ultimátum (me refiero a las autoridades de san Mateo) y dejarlo tranquilo y retirarlo de ese penoso evento, lo que hicieron fue destruirlo, errores los cometemos todos.

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  6. Entre otras actividades del narcocura, esta la violación que fue silenciada por los mojigatos del pueblo.
    Fue de conocimiento publico, una niña hija de un agricultor isleño quien vivía a pocas cuadras de la iglesia, fue violada y atormentada por ese engendro de satanás.

    No puede tener perdón de Dios semejante ser y la iglesia cómplice con su silencio y manejos turbios con otro que debe estar en el infierno: Carlos Andrés Pérez.

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  7. Que recuerdos tan lindos de nuestro padre Gil. Bautizó como a tres de mis hijos. Yo discutía mucho por quienes lo critican. En mi casa lo queremos, si es verdad, fue tentado por Satanás y Satanás no nos puede dominar. Saludos para nuestro muy querido padre Gil y para angelillo su hermano. Carlos Rodríguez San Mateo.

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  8. Excelente relato, le recomiendo algunos acontecimientos como lo son el caso del adolescente que con 15 años asesino a su mamá y a una inquilina que había en su casa. Así como el suicidio de Maye Brand la esposa de Jean Carlos Simancas en la década de los 80.

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  9. De verdad que es un Robín Hood, pero igual la droga daña la vida de los demás. Entonces, para ser un Robin Hood debía quitarle el dinero a los que roban,como políticos y narcos. Hay muchos casos de curas que hacen acciones muy buena por su gente,y la mayoría de ellos son extrajenros, porque los del país están sin nada,viven de la limosna. Hay otros que,lamentablemente se meten a hacer cosas indebidas. En uno de los comentarios, leí que,supuestamente,violó a una niña, si es cierto, aun debería estar en la cárcel. Lo que hizo como narcomula o narcocura, hay que analizarlo desde varias circunstancias,sin embargo, es un delito y muy grave.

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  10. Bueno nunca lo critiqué, fue mi amigo, consejero, una persona muy humanitaria y dejó una huella imborable en mi pueblo histórico.

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